Sentado en aquella habitación donde la poca dignidad que tenía se había quedado en la entrada, me sentía muy frío. Todo era blanco, impoluto, neurótico. Olía a enfermedad, a despojos, a achaques. A gente que no era lo que aparentaba, a mentirosos, a personas falta de amor. Era un lugar en el que te sentías de todo, menos a gusto y cómodo. Es un de los lugares en los que más reacio me he sentido en vida. Y en ese hospital de la sanidad pública andaba yo.

Acojonado, sin honor. A merced de esas personas que endiosados se creen que todas las enfermedades vienen causadas por un componente físico y racional. Cosa que si sucediera, la gente en el acto estaría curada. Y se preguntaran muchas veces vuestras mercedes porque continúan sus malestares.

Entro el hideputa por la puerta con un médico que entendía más en estos lances que él. Mi problema era que tenía un punto negro en la planta del pie. Como el tamaño de una gota de agua para que comparen. El caso es que yo insistía que se trataba de sangre recogida pues carecía de dureza alguna. Sin embargo él tenía la opinión respetable que se trataba de algún tipo de hongo. Para convencerme trajo a la podóloga, que casi sin mirarlo corroboró a su colega. Yo que de medicina no sé más de lo que leo, me convencí. Así me dieron cita para que fuera a un experto en estos temas y me lo quitaran.

Un buen día andando por mi casa (tengo la costumbre de andar descalzo) me pinché en el pie. Siendo tan azaroso el destino que justo me dio en el presunto hongo. ¡Vaya por Dios! Que casualidad. El supuesto hongo se deshizo en una gota de sangre, e instantáneamente desapareció la manchita. Por supuesto anulé la cita con el podólogo. Y me cisque en la madre de esos médicos. Que si por ellos hubiera sido me hubieran hasta operado.

Lo que vengo a reivindicar en este presente artículo es la frialdad con la que la mayor parte de los médicos tratan a los pacientes. Para ellos que ven a cantidad de gente, solo eres un número más. Un paciente más. Una persona inculta que no sabe de medicina y ellos se regodean en su altar de médico. Más parece una cadena productiva. Un rebaño de ovejas por esquilar, el tiempo apremia y no eres productivo. Por eso me quejo. Y me comprometo a contar la próxima semana una buena historia que me pasó con un médico hace algún tiempo. He dicho.

Publicado el 3 de septiembre en Diario Granada