El susurro de los árboles se bate a merced del viento. Una pequeña niña está enfrente contemplando un sauce llorón. Rubia y con largas coletas, una lágrima se desliza por su rostro. En su mano se desmaya una flor. Una roja y mustia rosa, cuyos pétalos poco a poco se desprenden, dejándola indefensa y desnuda, al igual que el alma de su portadora. Un hombre trajeado se acerca, de él solo recordaras el blanco y el negro que entre camisa y chaqueta se alternan. Su pelo engominado no se mueve, sus facciones duras tampoco. De sus manos cicatrizadas brota una navaja, el color del metal ameniza la escena. Se acerca a la rubia niña por detrás, esta se estremece, pero no se da la vuelta.

La nuca de la niña queda a la altura de su cintura, el hombre se agacha y su cabeza queda a la altura del pelo de la niña. Lo huele, se estremece. Coge la rosa roja de la mano de la niña, la cual esta tiritando.

Con la navaja hace un agujero en el suelo, planta la rosa y la entierra. La rosa esta tersa y vertical. El hombre le dice:
-Huélela ahora.
La niña se agacha y huele, y le dice:
-Huele mejor…
-La belleza de la flor, tiene que estar en contacto con la fealdad del suelo para seguir siendo bella.- dice entre susurros.
Y dime tu joven niña ¿Dónde está tu suelo?