Era un día soleado, rodeado de ventisca. El viento era insufrible y nos impedía avanzar. Los pocos metros que recorríamos lo hacíamos con una pasmosa dificultad. Los integrantes de la aventurera expedición éramos mi novia, su madre, el perro y yo. El perro -de nombre como un emperador romano- habría camino en la presa que estábamos bordeando. Olisqueaba todo y tiraba de Atenea (la madre de mi novia).

Ella y yo íbamos por detrás, felices y riendo. El agua del embalse batía con fuerza contra las compuertas deseoso de escapar.

-Parece el mar…- dijo Penélope.

Seguimos caminando y una mezcla de escarcha y barro cubría nuestros pies. Mis dos chicas mi dieron la cámara de fotos y juguetonas me pidieron que las retratara. Hermosa estampa: el agua del embalse picada, sus melenas mecidas al viento al igual que los espesos pelos del perro color canela, que no paraba quieto. Yo me quedé petrificado detrás de la cámara. Por estos detalles es por los que me levantaba cada mañana. Pero me pasaron por la cabeza inquietantes reflexiones. Hace apenas un año Atenea y Penélope me eran totalmente desconocidas. Y ahora estaba yo, insignificante ser con suerte, con dos hijas de Afrodita en una presa de la serranía madrileña, ocupando el lugar que otros no quisieron aprovechar… Baje Dios y lo vea…

-Simon…- me dijo Penélope- ¿estás bien? Te noto muy serio…

-Estoy bien, es que hoy he dormido un poco mal… Tenía que estudiar…

-Ah- me contestó. Ella sabía que no era eso lo que me ponía serio.

No sé que me puso serio, la verdad. Quizás esa sensación que a todos nos invade cuando obtenemos algo que no merecemos. Esa sensación de que te lo puedan quitar. De que por alguna razón de este cabrona vida, el destino me aleje de ellas. Como Ulises. La única razón por la que nunca quise ser Ulises -la infancia- fue por los diez años después de Troya que se pasaba navegando por mares sin fin del Mediterráneo. Hermosa historia.

No sé por qué de pequeños nos crean estos prejuicios injustos sobre los padres de la amada o el amado. Quizá es que yo tenga suerte, pero desde el primer día la hospitalidad de la madre de Penélope ha sido infinita. Sé que no viene al cuento escribir un artículo a la “suegra” –término despectivo que odio-, pero no tengo otra manera de pagar todos los servicios que sin un ápice de queja me ha prestado, todas las sonrisas y buenas maneras que ha regalado. Creo que se lo debo.

Además por lo que sé nunca ha tenido una vida del todo fácil. A pesar de todo ello y desobedeciendo todas las cadenas que la ataban, ha consagrado su vida profesional para ayudar a la gente que más socorro necesita. Eso me incluye a mí, aunque no me crea.

Atenea piensa que no expreso mis sentimientos. Atenea tiene razón. Lo que no sabe es que teclear páginas en blanco es la única forma que tengo de expresar mis frustraciones y mis gratitudes. Mis sonrisas y lágrimas. Y la pido perdón por todos los abrazos que no la he dado pese a sentirlos. Y por los escasos dos besos con que me despido. Vivo en una casa de hombres, no se me están permitidos tales sentimientos.

Sé que Penélope se emociona -como niña que es- al leer estas líneas. Creo que no me cree cuando digo que quiero y admiro a su madre. Yo fui el que me emocione cuando me dijisteis que me queríais adoptar, y es que Atenea se ha convertido en mi segunda madre, en mi protectora. Y créeme Penélope, sería parte de tu familia, si eso no significase que seríamos hermanos y nuestra relación por tanto, incestuosa.