Amago de terror

Cuando un ruido de cascabel llega a mis oídos...

Cuando era pequeño vivía al lado de un matrimonio de ancianos. Él se llamaba Francisco Roldan y ella se llamaba Soledad García. Eran dos viejecitos adorables cuyos hijos —ya mayores— acudían cada domingo como si se tratara de un ritual a comer en su casa y ya de paso a encontrarse —una vez por semana— con hermanos, sobrinos, cuñados, etc. Mis vecinos de puerta contigua eran gente sencilla y completamente normal, de vez en cuando y a través de la pared que los unía con mi casa, oía alguna discusión fruto de la convivencia y de la edad que no hacían sino reafirmarme mi opinión.

La señora Soledad hablaba mucho con mi madre, juntas se contaban chismes y chascarillos de los vecinos, se quedaban hablando incluso varias horas sobre las faenas de la casa y su resolución más eficaz. Respecto a Francisco era un hombre agradable, no tan apegado como Soledad, pero siempre dispuesto a contarte un chiste en el ascensor y darte una colleja amistosa. Más de una vez me había dicho que yo era su preferido sobre todo cuando le ayudaba a bajar muebles y trastos viejos.

Soledad nos traía dulces y yemas de huevo. Éramos como sus segundos nietos y tanto mi hermano como yo la queríamos mucho. Cada vez que nos daba chocolate nos decía:

—Estáis en época de estudio niños y tenéis que estar bien alimentados….

Y claro mi hermano y yo nos dejábamos querer. Era la única que nos trataba como dos bebes gordos y golosos a pesar de rebasar mi hermano la veintena y yo la quincena de años.

Mi madre siempre tenía unas llaves de su casa y cada vez que se iban al pueblo, Soledad nos pedía que cuidásemos y regásemos sus plantas. A mamá le daba miedo entrar sola a la casa y como la mayor parte de las veces yo era el único que estaba con ella, pues me tocaba acompañarla.

La primera vez que mi madre me dijo que la acompañase, yo me reí a carcajadas:

—Jaja, eres muy mayorcita para tener que ir contigo…. Miedica…

Aún así me propuse acompañarla para ver como era el lugar que las paredes del pasillo guardan con recelo. Salimos de mi casa y a menos de un paso estaba la otra. Mamá llevaba en una mano una botella llena de agua para las plantas y en la otra dos manojos de llaves, las de Soledad y las de nuestra propia casa. Cerró nuestra puerta y metió con destreza las llaves en la de la vecina. Dio unas vueltas y sonó un chasquido…

La puerta resonó pesada y lo primero que vi de aquella casa fue a mí mismo. Un enorme espejo con rebordes de oro ocupaba toda la entrada y lo más sorpréndete es que estaba cubierto con una sábanas. En realidad todos los muebles de aquella casa, excepto algunas mesas y estanterías repletas de libros estaban llenos de sábanas blancas como la nieve. El olor de la estancia era a rancio y a cerrado, como el de una casa que lleva mucho tiempo sin abrir. Todo excepto el salón estaba en penumbra. Mi madre y yo nos adentramos en aquella casa y empecé a entender porque mi madre no se quería quedar sola. No cerramos la puerta…

Sin más y por mi parte haciendo acopio de valor, nos encaminamos a la terraza que estaba detrás del salón, dónde había un televisor en su mesita, un viejo ordenador y libros.

—¡Libros! —exclamé— me encantan los libros. Me lancé como un rayo a la estantería mientras mi madre regaba las plantas.

Era una estantería blanca con tomos antiguos que tenían nervios en los lomos. Había incluso ediciones príncipe de libros que ni alcanzo a recordar. Empecé a ojear algunos buenos tomos de Kafka, Baroja, Machado cuando mi madre dice:

—¡Ay!

Me doy la vuelta asustado y veo que se ha formado un charco alrededor de la planta que estaba regando, sin más vuelvo a los libros y de repente veo un libro de Edgar Allan Poe y me ensarto en mis pensamientos y en seguida empiezo a leer la primera página.

Estaba abierto, abierto de par en par… y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado, y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano.

Noto que mi madre me dice algo, pero estoy tan absorto en la lectura que ni me entero, me quedo un rato leyendo un poco más. Cuando dejo el libro en la estantería miro a mí alrededor y noto que estoy…, que estoy solo…

La puerta de la calle de un portazo se cierra.

Ahora me vienen con retraso las palabras de mi madre:

—Hijo, me voy a casa a por un trapo para limpiar el agua.

A mí alrededor reina el silencio y la casa por momentos se hace gigante. Por el rabillo del ojo izquierdo atisbo que una luz roja parpadea. Giro la cabeza y veo que es el teléfono que tiene un mensaje en el contestador. Ni por asomo se me ocurre cogerlo. Me fijo en la estancia que estoy, llena de sábanas. ¿Por qué se habrá cerrado la puerta?

Lo malo de estas sábanas es que ves formas angulosas que no sabes lo que son. Me empieza a entrar un miedo indescriptible. La adrenalina se dispara y el silencio corta de un tajo lo racional que hay en mí, ahora solo quiero huir de aquí. Estoy a punto de poner pies en polvorosa cuando un ruido de cascabel llega a mis oídos.

—Tilin, tilín, tilín, tilin— es un ruido mínimo que se acerca por el pasillo y se hace más fuerte… Tilin, tilín, tilín, tilín. Los nervios y la tensión me electrocutan y yo no puedo mover ya ni un músculo, no sé qué hacer, no puedo esconderme, no puedo huir.

Y está llegando al salón, el sonido se hace presente y por la puerta aparece…

Un gato. Dios mío, un gato. El ruido lo producía su cascabel y el felino se encamina hacia mí,  respiro algo más tranquilo y me río de mí mismo y de lo iluso que soy. Le acaricio un poco y veo que tiene los ojos verdes y los morros rojos.

¡¿Rojos?! Pero un momento, si mis vecinos no tienen gato…

— ¡¡¡Tilin, tilín, tilín, tilín!!! ¡¡¡Tilin, tilín, tilín, tilín!!! ¡¡¡Tilin, tilín, tilín, tilín!!!

Muchos ruidos de cascabeles provienen de la cocina. Cuando entró en ella, el matrimonio Roldán-García se haya convertido en comida para gatos.

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5 Respuestas a “Amago de terror

  1. jjajjaajjajaaj, muy buena Retana. Empecé pensando que era una historia real, lo cual le da más emoción al asunto. El final un poco rápido, Edgar Allan Poe se hubiera recreado un poco más con la tensión y la resolución angustiosa de la misma.

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  2. Jajaja. Seguramente Edgar Allan Poe lo hubiera recreado más, pero pensé que sería más emocionante así. Muchas gracias a los dos, y ya sabéis cuidado con los gaticos.

    Saludetes

  3. que mal royo no Raúl?jaja no pensaba que acabaria asi ni por asomo,un buen relato ,sigue asi.Cuidate

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