Nancy

Y después de esto besa a Nancy...

Un tipo con el pelo rubio color miel, está sentado en la barra del bar comiendo deprisa. Tan deprisa, que se diría que quiere batir el record de ardores intestinales de todo el puñetero estado de Texas. Está muy nervioso. Tanto es así, que gotas de sudor se escurren por la sien echando carreras por ver quién muere antes en cuello de su camisa a cuadros. La escena es un collage de cuchillo cortando, tenedor a la boca, y sorbo de cerveza mexicana para tragar sin masticar. No es de la clase de tíos que se le hace bola el filete. Es una clase de filetes que chorrean un líquido rojizo, semejante a la sangre en el agua. Por esta parte del país lo llaman un sangrante.

—Nancy cariño, me están buscando… por lo del boleto…— dice mientras rellena el vaso de agua de la correspondiente jarra.

—Sanderson, no me digas eso…—gimotea Nancy con ojos de desesperación.

—Nancy cariño, no me están buscando…

Nadie ríe. Entre los dos hay un instante de tensión. Ella le mira a él. Él a ella. Nancy no sabe qué hacer, Sanderson tampoco lo sabe. Lo único que tiene de certeza es que tarde o temprano va a morir. Sus otros dos amigos ya están bajo tierra y él es el único que queda. Pero no va a ser tan fácil matarle.

Lo único que sabe es que todo el tema de la muerte le produce gracia. Es algo que le pasa desde pequeño. Cuando alguien muere o se va a morir, tiene que contar un chiste o reírse. Es una vía de escape. Como si eso de morir fuera una maldita broma de Dios, y este fuera a su vez un tío lejano por parte de padre, de la clase de tíos que ameniza cenas familiares y es un cachondo mental. Sanderson debe ser la única persona del mundo a la que nunca invitan a los funerales.

Nancy va a la cocina y chilla como una histérica:

—  ¡¡Pues les asesinaré con mis propias manos!!

Sanderson se pasa al otro lado del mostrador y abraza a Nancy, haciéndole una zafadura en la mano y quitándole el cuchillo. Deja el objeto punzante en el mostrador y con la mano suelta agarra el culo de Nancy, con la otra a su vez su nuca, haciendo de ella una bailarina apenas unos grados inclinada. Y le dice:

—  Tranquila nena. Todo irá bien… — Y después de esto besa a Nancy hasta la campanilla…

A continuación se oyen unos neumáticos frenando en la entrada del bar. Sanderson se dirige a la parte de dentro del mostrador. Coge una funda de guitarra y se encamina hacia el baño. Justo cuando la puerta de este se cierra, se abren las dos de la entrada del bar. Y dos asesinos vestidos de funeral hacen su aparición.

Los siguientes veinte minutos se le hacen a Sanderson interminables. A duras penas oye el diálogo. Pero no le gusta como están tratando a Nancy. El puñetero tono de voz. Cuando uno está escondido y en tensión, las horas se vuelven interminables. Los veinte minutos son una agonía del calibre del hombre que aguarda en el corredor de la muerte a ser ejecutado. Y en cierta manera va a ser ejecutado. O por lo menos lo van a intentar.

Los aseos no son especialmente románticos. El suelo es pegajoso y los alrededores del váter contienen más orín que todo lo que pueda haber dentro. El olor es nauseabundo y al grifo se le escapa agua. Sanderson agudiza el oído y se pega a la puerta, intentado oír algo de fuera.

—Ahora Nancy solo … adelantado las cosas. Ahora … que hablar de cierta persona…

Sanderson se aleja de la puerta, como si temiese que su mera respiración pudiera delatar su posición. Abraza con fuerza el estuche de guitarra, de igual modo que el naufrago se agarra a la tabla salvadora. Y deja pasar los minutos con la mente en blanco. Como si fuese un monje budista y se estuviese quemando a lo bonzo. Piensa en grande extensiones, en un mar sin fin, y en un desierto de atardeceres eternos…

El zumbido de una mosca que intenta escapar del pútrido lavabo lo saca de su trance. Hay incluso demasiado hedor para ella. Se golpea incesantemente contra el cristal, como si al igual que él no soportara aquel olor de los hombres tecnológicamente avanzados, que habían cambiado el mundo sin ser capaces de modificar ni en un ápice su propia mierda.

El zumbido es incesante. La vuelta a la realidad lo ha cabreado. Se levanta abre la ventana para que la mosca vuele libre. A continuación tira de la cadena. Y sale por el mismo lado que el insecto con su funda de guitarra.

**********

George sigue estupefacto por el sonido del váter. Y le dice a Al:

—¡Oye gilipollas deja de comer de una maldita vez!

—Hmmmrrr…

—¡¡Qué vengas coño!! —dice George mientras con su arma se acerca a la puerta del lavabo, sigilosamente y apuntando sin perderla de vista. Se acerca George hasta tocar el pomo y abre de golpe apuntando a todos lados pero no hay nadie…

Antes de que su cerebro pueda asimilarlo, la puerta de la entrada del bar vuela por los aires. Se oye una recarga.

¡¡CHAS, CHAS!!

Y la silueta de un tipo con el pelo color rubio miel hace acto de presencia. Nancy se agacha debajo del mostrador tapándose los oídos y abriendo la boca. Al se gira apuntándole, su dedo ya estaba ejerciendo fuerza cuando

¡¡PUMBA PUMBA!!

Una explosión lo lleva volando unos metros hacía atrás. No siente dolor, solo un líquido caliente que le corre por la piel por varios lugares de su cuerpo. Se mira el estómago incapaz de distinguir sus tripas encharcadas, de los pedazos a medio digerir del sangrante que se acaba de comer…

George se intenta cubrir debajo del mostrador. Pero es esta vez cuando Nancy con los ojos en el vacío, coge el cuchillo y lo hunde en su garganta, que nunca jamás volverá a alardear de esa labia que lo caracterizaba. Por lo menos en este mundo.

—¡JAJAJA!

Sanderson empieza a reírse, como un loco. Una risa grotesca. Tanta muerte, le hace reírse a carcajadas. Mira a Nancy que todavía está sobre el cuerpo cada vez más frío de George. Y le dice:

—Ehh nena. ¿Alguna vez te han contado el chiste de Jesse James?

Continuará…

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