Rincón de un escritor

Asesino a sueldo de palabras.

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Buen viaje

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Lunes. Acabo de empezar mi nueva semana en España. He comprobado que aquí nada ha cambiado. Que todos nos hemos vuelto más idiotas y más pobres. No precisamente por ese orden. Para colmo, las pinceladas de mi vida -que son el artículo de mis pericias por Nueva York- no han gustado. Varias personas me han dicho con cara de satisfacción, que los he escrito mejores. Supongo que esta clase de artículo, no les gusta porque está hecho de una manera sencilla, directa y a vuelapluma. Ellos lo que buscan sin embargo, es disfrutar de algo totalmente complejo y trabajado. Desde aquí les digo, ¿quién trabaja en verano?

Martes. Leo lo de ayer y pienso: es inútil ir contra el lector, él siempre tiene la razón. Pero yo voy acorde con los tiempos  y estos siempre van a peor. Es injusto pedir a alguien mediocre que escape de su mediocridad. Es lo único que me queda. Además, lo bueno de la mediocridad es que jamás se va con otro y que me será fiel hasta el final de mis días. ¿Quién de vosotros puede asegurar que no se irá el blog de al lado? ¿Quién de ustedes puede afirmar que pasa más tiempo leyendo estos párrafos que viendo porno en internet? Pues nadie, incluso el firmante pasa más tiempo dedicado al onanismo virtual, que hilando esta cutre prosa. No pidamos peras al olmo.

Miércoles. Sigo dándole a la tecla pensando en por qué he adoptado esta técnica de escritura. Lo tengo claro. En primer lugar vas poniendo días de la semana y te salen chorradas como churros; además, adquieren un orden lógico porque al lunes le sucede el martes etc. En segundo lugar, porque puedo hablar de mí mismo, en calidad de egomaníaco compulsivo. Es lo que llevo haciendo desde hace años en el blog, pero que trataba de disimular escribiendo sobre personajes imaginarios y escenarios que jamás visité. No volveré a disimular más, acabo de salir del armario de la incompetencia.
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Escrito por Raúl Retana

2 agosto 2011 a 16:08

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Aunque no quieras, te haces daño

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Lunes. Estoy en Nueva York. Estoy desde el jueves, en la ciudad de las ciudades. La urbe entera es un monumento fálico al poder del dinero. Todo está lleno de rascacielos que brotan de la isla de Manhattan como si fueran un campo de penes. Todo está lleno de edificios crecidos a lo alto por la falta de espacio. Hablando de lo erecto que es todo en Nueva York -con mi psicoanalista-, le he comentado que cualquiera siente que la tiene pequeña y flácida en esta ciudad tan viril. Hay edificios que en una década cumplirán cien años de su construcción y siguen ahí impertérritos, sin muestra alguna de fatiga. Me pregunto si la ciudad en sí es un monumento a la impotencia masculina.

Martes. Le comento el tema a mí hermano y me mira con cara rara. Pese a  haber convivido conmigo más de dos décadas parece sorprendido. Me dice: cada vez que abres la boca es para decir una chorrada más grande. Que mi hermano no lo vea así me hace sospechar. Seguro que es impotente. Seguro que algún día construye su propio rascacielos. Está bien claro que esta ciudad está levantada sobre el sudor y la explotación de los inmigrantes, y de sus sueños. Todo para que señores como Rockefeller y Donald Trump puedan tener esos gigantescos penes de acero. Seguro que son impotentes ellos también. ¿Quién quiere sexo cuando posee un rascacielos?

Miércoles. El insomnio ha vuelto a aparecer y no puedo quitarme el tema de la cabeza.  Mi hermano y yo hemos tenido que compartir cama en el hotel,  se ve que en la ciudad la carencia de suelo es extrema y eso lo aplican a todo. Así que me veo obligado a dormir con un oso grizzli en una cama de matrimonio. Mi hermano ronca, cuando se lo reprocho por la mañana me dice que soy yo el que ronca. Aprovechando el insomnio saco a relucir mi personalidad bipolar, para  que uno de mis dos yoes me diga quien dice la verdad. Resulta que al final los dos roncamos. Me empieza a entrar el sueño y decido aprovechar la ocasión para intentar pegar ojo. Pero ahora resulta que con los ronquidos no puedo. El problema es que no consigo acompasar mi ronquido al de mi hermano. Empiezo a contar métricamente y resulta que mi hermano ronca en un compás de cuatro tiempos. Yo por mi parte lo hago en uno de tres tiempos. Me pregunto si mi torpeza a la hora de bailar se pueda deber a eso, a que tengo otro ritmo diferente al resto del mundo.
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Escrito por Raúl Retana

22 julio 2011 a 11:44

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Te lo puedo explicar

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Hoy es una de esas mañanas en las que estoy solo en casa. Mis padres y mi hermano, han acudido a la llamada del deber y se han ido a trabajar y estudiar respectivamente. Un servidor, con problemas estomacales y con la orden del médico de hacer ayuno, no ha ido a la universidad. Ante esta perspectiva, me amodorro entre las sábanas calientes y aprovecho mis últimos minutos de duermevela. Estoy feliz. Bostezo varias veces y me rasco la barriga. Me revuelvo insolente entre las sábanas por si puedo exprimir algunos minutos más de sueño, pasar un poco más de tiempo en el paraíso. Un grito interrumpe mi plácido descanso:

- ¡Soy el Rey de Italia!

Me quedo un poco perplejo. Pero rápidamente decido creer que son imaginaciones mías, algún eco de un sueño rezagado a medio alumbrar. Estoy tan a gusto durmiendo…

-¡Soy el Protector de la Confederación del Rin!

Alguien vocea desde el salón. Es indudable. ¿Será mi hermano? Mas no lo creo, hoy se examinaba en la universidad. Ayer durante la cena estaba bastante nervioso y no se le podía hablar. No puede ser.

-Soy el ogro de Ajaccio.

-Soy el Usurpador Universal…

Alguien está gritando mamarrachadas en la otra punta del salón. Pese a lo acogedor de mi catre y el mullido almohadón, hago acopio de fuerza y me levanto. ¿Podría tratarse de un ladrón? Imposible. Un ladrón no anda largando imbecilidades por los pasillos de la casa que pretende sisar. Me invade cierta desazón, pero la modorra impide a mi yo consciente volverse una histérica y todavía estoy en el irracional arrastrando los pies por el pasillo. Seguro que se han dejado puesta la televisión. ¡Qué pereza! Tenerme que despertar por su despiste… Bostezo un poco más… Justo a la entrada de la habitación oigo:
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Escrito por Raúl Retana

18 junio 2011 a 11:09

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Antiguos protocolos

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Cormac McCarthy y los hermanos Coen

Los lobos de aquella región venían matando ganado desde hacía tiempo, pero la ignorancia de estos animales era un misterio para ellos. Las vacas que bramaban, sangraban y tropezaban por los prados de montaña con sus pezuñas espatuladas y su confusión, desgañitándose y debatiéndose en los cercados y arrastrando tras ellas estacas y alambres. Los rancheros decían que los lobos trataban el ganado de manera más brutal que a los animales salvajes. Como si las vacas despertaran en ellos cierta cólera. Como si se sintieran vejados por la violación de un viejo orden. De antiguos rituales. De antiguos protocolos.
(En la frontera, Cormac McCarthy)

Escrito por Raúl Retana

31 mayo 2011 a 22:27

El encanto de la señorita Adler

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Irene Adler es un personaje de ficción creado por Sir Arthur Conan Doyle en el celebérrimo Sherlock Holmes. Dentro de la serie de libros, su importancia radica en que fue la única capaz de engañar y vencer al más famoso detective. Incluso Holmes la recordará como La mujer, en tono de respeto hacía el género que representaba, cuyas cualidades intelectuales no había tenido en muy alta estima hasta ese momento.

Quizás lo maravilloso de esta novela y este personaje femenino en concreto, sea su similitud con la realidad y el gran arquetipo que representa. Y es que ¿quién no se ha cruzado con alguna Irene Adler en su vida? Con una mujer de esas de hechizo especial y singular embrujo que van siempre un paso por delante de uno. Una de esas que te hacen jaque mate en la partida de amor que creías poder ganar y te dejan con cara de tonto.

Suelen ser mujeres muy guapas, con rasgos suaves y cincelados como si fueran obra de algún escultor renacentista. Tienen miradas dulces, labios carnosos, cabellos largos y piel moteada. Sus cuerpos son tan apetecibles como las manzanas prohibidas y tienen una sonrisa magnética, de esas que te quedas pegado. Muy al contrario de lo que pueda parecer, no utilizan la belleza otorgada por Dios y la genética para sus jugadas maestras. Siendo su inteligencia mucho más notable que su belleza, utilizan lo que he venido a llamar el encanto.

El encanto no es más que una gracia natural, una empatía superior a la media que crea un sentimiento de bienestar. Esto es, cuando Irene Adler aparece, es como si todas las personas con las que hubieras conversado anteriormente a lo largo de tu vida no te hubieran entendido una palabra. Como si hubieras farfullado un idioma distinto de ellos, que nadie entendía y que solo Adler parece saber hablar.
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Escrito por Raúl Retana

14 mayo 2011 a 14:59

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El sustituto

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Me contrató dos o tres veces. Tres veces. Se había enterado de mis servicios por la amiga de una amiga. Llegó a mí como todas. Nunca había puesto un anuncio en el periódico. Amigas de amigas con un mismo problema. Mis servicios consistían en un placebo que calmara su perdida. Mis clientas eran protagonistas de historias de lo más truculentas. Maridos muertos, matrimonios adúlteros, novios en la cárcel… La mayoría simplemente eran viejas y los hombres no las querían. Los mismos hombres que las habían cortejado años atrás, cuando sus rostros eran bonitos y su vida un cuaderno en blanco por escribir. Todas ellas eran mujeres enamoradas de alguien que no iba a volver. Se sentían inseguras y humilladas. Siempre me decían que no querían morir solas, que no les abandonara.

Por una nada desdeñable suma de dinero me hacía pasar por su marido, amante o novio. Era el sustituto. Había dejado la Compañía Nacional de Teatro hacía dos o tres años. Dos años. El talento me venía de familia, pero no el dinero. Deseaba tener fortuna y el teatro daba para lo que daba. Sobrevivir. Nadie quiere sobrevivir cuando cae en la cuenta de que vida no hay más que esta. Cuando caes en la cuenta de que el dinero abre todas las puertas, incluso las de los más reticentes corazones. Había uno en especial que nunca se había abierto para mí. Fingía amar a quien no amaba, para que quien no me amaba me amase. En eso se resumía hoy en día el amor.

Antes de mis actuaciones recogía un historial biográfico del sujeto en cuestión. Me informaba de sus peculiaridades, manías y costumbres. Me ponía su ropa, me perfumaba con su colonia y hasta me fumaba sus puros. Todo para que fuera lo más fiel posible a ese ser de ficción. Las clientas se comportaban como si yo fuese ellos. Al principio gritaban al sustituto improperios. Me gritaban improperios. Muy excitadas le echaban la culpa de sus desgracias por haberse muerto, por haberse ido, por haberlas dejado a su suerte. Le llamaban cabrón. Me llamaban cabrón. Yo les susurraba que había vuelto. Me acercaba lentamente a ellas y les decía que todo iría bien. Les acariciaba la mejilla y pegaba mi sien contra la suya. Acariciaba sus cuellos viejos de cisne y les decía que había necesitado todo este tiempo para descubrir que las seguía queriendo.
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Escrito por Raúl Retana

8 mayo 2011 a 18:04

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Cartas a Mario Vargas Llosa

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Para mis familiares y amigos no es una noticia, pero para el resto de los lectores del sí. El pasado tres de mayo me llegó un email comunicándome ganador de un concurso que me había presentado semanas antes, en la Universidad Complutense. El concurso se titulaba “Cartas a Mario Vargas Llosa” y estaba basado en su novela epistolar “Cartas a un joven novelista”. El quid del concurso era escribir una carta emulando al gran fabulador peruano. En mi caso, escribí un relato corto de unas diez páginas de extensión. Para ello utilice abundante documentación que había recogido por azares del destino meses antes, cuando estalló su popularidad al ser Ganador del Premio Nobel. Me base en artículos de El País que contaban su día a día, en una docena de horas de video que me permitieron copiar su manera de hablar y su lenguaje, y en mi propio conocimiento de Madrid para situar toda la escena.

El relato lo titule “Cinco horas con Mario”, en homenaje al gran escritor vallisoletano Miguel Delibes que aparece un par de veces en el texto. Al principio la ficción se me caía de propio insegura. Recuerdo que mi intención inicial era una hora, por cada dos páginas hasta completar las diez requeridas. Pero esto no pudo ser, porque la primera transcripción del primer capítulo al ordenador me ocupó unas cinco hojas. Una barbaridad, así que eché mano de la tijera y recorté a tres, y a partir de ahí a base de tesón y esfuerzo, y no dar la batalla por perdida fue surgiendo una historia que cobraba vida por si sola. Una historia que me dejó mal sabor de boca, pues con una frustración grande me había vencido. Eran en vísperas de último día para entregar el relato, no había escrito lo que me habría gustado, sino algo dictado por hechizo muy dentro de mí.

Habrá sido la confabulación de los dioses, un golpe de azar o la escasa participación de mis compañeros la que me haya hecho ganar. En todo caso puedo sentirme afortunado, junto con el otro ganador Don Andrés Ortega Garrido. La recompensa, un libro dedicado por Vargas Llosa, que para un bibliófilo como yo tiene un valor incalculable. Agradecer el buen trato y esfuerzos de José Manuel Lucía Megías, Director de la I Semana Complutense de las Letras, que nos sorprendió en el Paraninfo con un gran discurso de bienvenida a Vargas Llosa. Sin duda, un profesor de esos que el enamoramiento por la literatura se refleja en cada una de sus palabras.

Gracias a todos.

Podéis descargar el relato pinchando aquí.
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Escrito por Raúl Retana

4 mayo 2011 a 22:06

Escrito en Relatos, Sobre mi

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