Rincón de un escritor

Asesino a sueldo de palabras.

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Aunque no quieras, te haces daño

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Lunes. Estoy en Nueva York. Estoy desde el jueves, en la ciudad de las ciudades. La urbe entera es un monumento fálico al poder del dinero. Todo está lleno de rascacielos que brotan de la isla de Manhattan como si fueran un campo de penes. Todo está lleno de edificios crecidos a lo alto por la falta de espacio. Hablando de lo erecto que es todo en Nueva York -con mi psicoanalista-, le he comentado que cualquiera siente que la tiene pequeña y flácida en esta ciudad tan viril. Hay edificios que en una década cumplirán cien años de su construcción y siguen ahí impertérritos, sin muestra alguna de fatiga. Me pregunto si la ciudad en sí es un monumento a la impotencia masculina.

Martes. Le comento el tema a mí hermano y me mira con cara rara. Pese a  haber convivido conmigo más de dos décadas parece sorprendido. Me dice: cada vez que abres la boca es para decir una chorrada más grande. Que mi hermano no lo vea así me hace sospechar. Seguro que es impotente. Seguro que algún día construye su propio rascacielos. Está bien claro que esta ciudad está levantada sobre el sudor y la explotación de los inmigrantes, y de sus sueños. Todo para que señores como Rockefeller y Donald Trump puedan tener esos gigantescos penes de acero. Seguro que son impotentes ellos también. ¿Quién quiere sexo cuando posee un rascacielos?

Miércoles. El insomnio ha vuelto a aparecer y no puedo quitarme el tema de la cabeza.  Mi hermano y yo hemos tenido que compartir cama en el hotel,  se ve que en la ciudad la carencia de suelo es extrema y eso lo aplican a todo. Así que me veo obligado a dormir con un oso grizzli en una cama de matrimonio. Mi hermano ronca, cuando se lo reprocho por la mañana me dice que soy yo el que ronca. Aprovechando el insomnio saco a relucir mi personalidad bipolar, para  que uno de mis dos yoes me diga quien dice la verdad. Resulta que al final los dos roncamos. Me empieza a entrar el sueño y decido aprovechar la ocasión para intentar pegar ojo. Pero ahora resulta que con los ronquidos no puedo. El problema es que no consigo acompasar mi ronquido al de mi hermano. Empiezo a contar métricamente y resulta que mi hermano ronca en un compás de cuatro tiempos. Yo por mi parte lo hago en uno de tres tiempos. Me pregunto si mi torpeza a la hora de bailar se pueda deber a eso, a que tengo otro ritmo diferente al resto del mundo.
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Escrito por Raúl Retana

22 julio 2011 a 11:44

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Te lo puedo explicar

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Hoy es una de esas mañanas en las que estoy solo en casa. Mis padres y mi hermano, han acudido a la llamada del deber y se han ido a trabajar y estudiar respectivamente. Un servidor, con problemas estomacales y con la orden del médico de hacer ayuno, no ha ido a la universidad. Ante esta perspectiva, me amodorro entre las sábanas calientes y aprovecho mis últimos minutos de duermevela. Estoy feliz. Bostezo varias veces y me rasco la barriga. Me revuelvo insolente entre las sábanas por si puedo exprimir algunos minutos más de sueño, pasar un poco más de tiempo en el paraíso. Un grito interrumpe mi plácido descanso:

- ¡Soy el Rey de Italia!

Me quedo un poco perplejo. Pero rápidamente decido creer que son imaginaciones mías, algún eco de un sueño rezagado a medio alumbrar. Estoy tan a gusto durmiendo…

-¡Soy el Protector de la Confederación del Rin!

Alguien vocea desde el salón. Es indudable. ¿Será mi hermano? Mas no lo creo, hoy se examinaba en la universidad. Ayer durante la cena estaba bastante nervioso y no se le podía hablar. No puede ser.

-Soy el ogro de Ajaccio.

-Soy el Usurpador Universal…

Alguien está gritando mamarrachadas en la otra punta del salón. Pese a lo acogedor de mi catre y el mullido almohadón, hago acopio de fuerza y me levanto. ¿Podría tratarse de un ladrón? Imposible. Un ladrón no anda largando imbecilidades por los pasillos de la casa que pretende sisar. Me invade cierta desazón, pero la modorra impide a mi yo consciente volverse una histérica y todavía estoy en el irracional arrastrando los pies por el pasillo. Seguro que se han dejado puesta la televisión. ¡Qué pereza! Tenerme que despertar por su despiste… Bostezo un poco más… Justo a la entrada de la habitación oigo:
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Escrito por Raúl Retana

18 junio 2011 a 11:09

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El encanto de la señorita Adler

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Irene Adler es un personaje de ficción creado por Sir Arthur Conan Doyle en el celebérrimo Sherlock Holmes. Dentro de la serie de libros, su importancia radica en que fue la única capaz de engañar y vencer al más famoso detective. Incluso Holmes la recordará como La mujer, en tono de respeto hacía el género que representaba, cuyas cualidades intelectuales no había tenido en muy alta estima hasta ese momento.

Quizás lo maravilloso de esta novela y este personaje femenino en concreto, sea su similitud con la realidad y el gran arquetipo que representa. Y es que ¿quién no se ha cruzado con alguna Irene Adler en su vida? Con una mujer de esas de hechizo especial y singular embrujo que van siempre un paso por delante de uno. Una de esas que te hacen jaque mate en la partida de amor que creías poder ganar y te dejan con cara de tonto.

Suelen ser mujeres muy guapas, con rasgos suaves y cincelados como si fueran obra de algún escultor renacentista. Tienen miradas dulces, labios carnosos, cabellos largos y piel moteada. Sus cuerpos son tan apetecibles como las manzanas prohibidas y tienen una sonrisa magnética, de esas que te quedas pegado. Muy al contrario de lo que pueda parecer, no utilizan la belleza otorgada por Dios y la genética para sus jugadas maestras. Siendo su inteligencia mucho más notable que su belleza, utilizan lo que he venido a llamar el encanto.

El encanto no es más que una gracia natural, una empatía superior a la media que crea un sentimiento de bienestar. Esto es, cuando Irene Adler aparece, es como si todas las personas con las que hubieras conversado anteriormente a lo largo de tu vida no te hubieran entendido una palabra. Como si hubieras farfullado un idioma distinto de ellos, que nadie entendía y que solo Adler parece saber hablar.
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Escrito por Raúl Retana

14 mayo 2011 a 14:59

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El sustituto

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Me contrató dos o tres veces. Tres veces. Se había enterado de mis servicios por la amiga de una amiga. Llegó a mí como todas. Nunca había puesto un anuncio en el periódico. Amigas de amigas con un mismo problema. Mis servicios consistían en un placebo que calmara su perdida. Mis clientas eran protagonistas de historias de lo más truculentas. Maridos muertos, matrimonios adúlteros, novios en la cárcel… La mayoría simplemente eran viejas y los hombres no las querían. Los mismos hombres que las habían cortejado años atrás, cuando sus rostros eran bonitos y su vida un cuaderno en blanco por escribir. Todas ellas eran mujeres enamoradas de alguien que no iba a volver. Se sentían inseguras y humilladas. Siempre me decían que no querían morir solas, que no les abandonara.

Por una nada desdeñable suma de dinero me hacía pasar por su marido, amante o novio. Era el sustituto. Había dejado la Compañía Nacional de Teatro hacía dos o tres años. Dos años. El talento me venía de familia, pero no el dinero. Deseaba tener fortuna y el teatro daba para lo que daba. Sobrevivir. Nadie quiere sobrevivir cuando cae en la cuenta de que vida no hay más que esta. Cuando caes en la cuenta de que el dinero abre todas las puertas, incluso las de los más reticentes corazones. Había uno en especial que nunca se había abierto para mí. Fingía amar a quien no amaba, para que quien no me amaba me amase. En eso se resumía hoy en día el amor.

Antes de mis actuaciones recogía un historial biográfico del sujeto en cuestión. Me informaba de sus peculiaridades, manías y costumbres. Me ponía su ropa, me perfumaba con su colonia y hasta me fumaba sus puros. Todo para que fuera lo más fiel posible a ese ser de ficción. Las clientas se comportaban como si yo fuese ellos. Al principio gritaban al sustituto improperios. Me gritaban improperios. Muy excitadas le echaban la culpa de sus desgracias por haberse muerto, por haberse ido, por haberlas dejado a su suerte. Le llamaban cabrón. Me llamaban cabrón. Yo les susurraba que había vuelto. Me acercaba lentamente a ellas y les decía que todo iría bien. Les acariciaba la mejilla y pegaba mi sien contra la suya. Acariciaba sus cuellos viejos de cisne y les decía que había necesitado todo este tiempo para descubrir que las seguía queriendo.
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Escrito por Raúl Retana

8 mayo 2011 a 18:04

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Los tertulietas

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Ejemplo de los tertulietas que aparecen en la TV

Están en todas las cadenas. Seguro que no han escapado a sus televisivos ojos. Los “tertulianos”  mejor llamados “tertulietas” –llamarles del primer modo seria despreciar los ancestrales coloquios y cafés literarios– acechan en cada esquina de la parrilla televisa para soltarles su opinión. ¿Sobre qué? No importa. Debe de ser la primera vez en la historia de la oratoria y argumentación, en que lo importante no es lo que digas, sino que digas algo. Así mismo, no es difícil ver a estos a estos sacamuelas opinando con el mismo fervor religioso de un partido de fútbol, de las medidas económicas del gobierno, del asesinato de un menor o incluso de la energía nuclear pros y contras bis en tres entregas.

Su desfachatez es tal, que encima de ser los alumnos más aventajados del Libro Gordo de Petete son machacones consumados. No es difícil ver al mismo fulano –o fulana– en un programa de “actualidad” –de asesinatos y prensa rosa– por la mañana, y en el mismo día verle en otro programa de “actualidad” de otra cadena por la noche. También ojeas estupefacto el periódico y encuentras allí su menesterosa opinión. Cuando uno, desabrido de todo se tumba en la cama y  pone la radio colapsado ante la falacia argumental y retahíla de opiniones manidas, resulta que también está en la tertulia política de turno, contando lo mismo que ha dicho en la tele, en el periódico y hasta en el mismísimo desayuno con su mujer.
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Escrito por Raúl Retana

1 mayo 2011 a 12:55

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Los ojos del abuelo

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Tras meses meditándolo había tomado una decisión: iría a verla. No aguantaba más los estragos de pensar en ella. Los estragos de la soledad y de sentir que, pese a todo, la seguía queriendo. Era algo que no podía controlar, ajeno a mí, como un cadáver hundido en el fondo del mar, que tarde o temprano las mareas sacan a flote. Intentas echar la culpa  a tu debilidad, a la falta de entereza. Prometiste que no lo harías. Te lo debes a ti mismo. No te traiciones. Todos aquellos que has conocido al final se han ido. Te han dejado solo en este imperio de mierda.

Era sábado y todo el mundo estaba metido en los bares. Había partido de fútbol, de esos importantes que a mí jamás me importan. Pero es un secreto que me has de guardar, puesto que no saber de fútbol hoy en día es pasaporte seguro a la marginación y el ostracismo. Me encontraba en la filmoteca viendo una de esas pelis de cine gore de los ochenta. Era una buena película pero todos los demás estaban viendo el fútbol. La película se paró a la mitad. Seguramente  el proyeccionista estaba escuchando el partido por la radio y se le paso cambiar de bobina. Eso me desoló un poco más.
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Escrito por Raúl Retana

25 abril 2011 a 18:47

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La avenida de los francotiradores

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Si de verdad existía un Dios en los cielos no estaba en Sarajevo.

Sarajevo, fecha indeterminada de 1995

Llevo toda la vida preparándome para esto y sin embargo ya me quiero ir. Llevo un mes aquí, y a esto se le ha escapado todo el romanticismo. No me puedo quejar, las cosas me van bien; todo lo bien que te pueden ir en medio de un conflicto bélico. Pero mi visión romántica de una guerra: las aventuras, la adrenalina, no saber si estarás vivo… Se ha desplomado. Aquí solo hay barro, sangre y mierda. A partes iguales. Mucho sufrimiento y más muerte que vida. Pero hace una buena audiencia. Ayer estuve todo el día en la morgue. Parecía más una carnicería. De algunos de los cuerpos allí extendidos, me costaba mucho imaginar que alguna vez tuvieran forma humana. Llamar a eso cadáver era un eufemismo. De lo trágico que era todo me daba la risa. Nerviosa y estúpida esta, mecanismo para evadir la dolorosa realidad y poder seguir en el terreno, para no echar a correr a la primera de cambio, para seguir cuerdo en medio de aquella locura.

En una de las salas de la morgue, una decena de madres veían bajo las sábanas sucias y llenas de sangre a sus hijos muertos. Se llevaban las manos a los rosarios y estampitas. Caían desmayadas y gritaban de dolor. Yacían los niños ahí: pequeños e inocentes, que un día salieron de su barriga y las llenaron de un sentimiento indescriptible, que ninguna mujer olvida. Toda esa felicidad se había transformado en desgarro y cachos de carne. El día anterior por la noche habían lanzado misiles al hospital a propósito, donde cuidaban a los niños heridos por el acometimiento de la guerra. En el mismo edificio también se encontraba la planta de recién nacidos. El delirio de tales acciones le hacía a uno reflexionar. Si de verdad existía un Dios en los cielos no estaba en Sarajevo. Aunque aquellas pobres madres todavía creyeran en él. A una de ellas se le cayó el rosario y no lo volvió a coger. Me acerque, agaché y se lo intenté dar. Pero ya no miraba ni siquiera a su hijo, que estaba con una pierna vendada y un chándal raído de Mickey Mouse. Jamás se me olvidará la mirada de una madre a un hijo muerto. Ahora solo miraba una pared blanca y sus ojos eran de color hielo. Inconscientemente me metí el rosario en el bolsillo y seguí andando por la morgue.
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Escrito por Raúl Retana

23 marzo 2011 a 20:26

Escrito en Artículos, Crítica

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