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Fotografía tomada en las calles de Madrid
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Fotografía tomada en Madrid
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Summertime

Es tiempo de fornicio, de algarabía joder, de aliviar tensión...
Me despierto con la sensación de haber cambiado de siglo. Así es como cada año me doy cuenta de que ha llegado el verano. Una sensación desagradable, de agobio, de aire enrarecido, de sol que me hace entornar los ojos y calor, mucho calor. Madrid es una olla a presión en medio de un desierto. Me siento como un garbanzo de nuestro castizo cocido. Por ello afeo la conducta a quien osa degustarlo. Odio la gente que come lo mismo independientemente de la época del año, sin saber aprovechar los momentos propicios que da la tierra para degustar sus frutos.
Es en este momento cuando veo que se va a acabar el año, y no en diciembre como debiera ser. Es en estos días cuando me invade la nostalgia de que ya no volveré a ver dos mil nueve, pese a llevar seis meses fuera de él. Podrá deberse quizás a que es cuando acaba el año académico. No sé a quién se le ocurrió la maldita idea de poner la parte más importante del curso en junio. Parece idea de un mono borracho, y tiene el mismo sello de quien creó este mundo. Uno de los tres peores meses para estudiar, con las piscinas abiertas y las mujeres (y hombres) más ligeritos de ropa, mostrando sus cada vez más fofos cuerpos.
Es tiempo de siesta y de pereza. Es tiempo de mandar todo al diablo, y buscarse una sombra donde guarecerse. Es tiempo de fornicio, de algarabía joder, de aliviar tensión. Es tiempo -como decía una amiga- de sentirse sucios, emborracharse y fingir orgasmos. De ser unos malditos cerdos, de dejar de reprimir lo que el jersey de cuello alto no nos deja ver el invierno. Es tiempo de escuchar a Janis Joplin. Es tiempo como dijo James Dean de vivir deprisa y dejar un bonito cadáver. Odio el puto verano joder. Representa todo lo que podemos pero jamás llegaremos a ser…
Madrid

Calle del Cordón
Al igual que como decía Raúl del Pozo: “Cuando estoy fuera de Madrid me muero de melancolía…”. Para mí, no hay ciudad más bonita y más mágica. Aunque me queje de los que la maltratan, y abren en canal para realizar obras faraónicas. A juicio del buen viajado puede resultar una ciudad mediocre y poco espectacular. Pero si sabes buscar entre las calles que se ocultan al turista-masa y que están en derredor del centro, la sensación de vuelta al pasado es indescriptible. Por citar diré, la calle del Cordón, que aunque sea relativamente conocida, su belleza es sublime. El Madrid antiguo está lleno de alatristes, mendigos y borrachos, de bohardillas que mi altanera imaginación sueña con habitar, en noches de interminable bohemia y vida en el centro. Me gusta que haya muchos bares, muchas iglesias y conventos, reflejo de la España que fue. Es una ciudad melancólica que añora los días en que se irguió capital del mundo. Ahora es la capital de la fiesta, con permiso de las islas ibicencas. Eso no merma ni un ápice su belleza. Es la ciudad más tolerante del mundo.
Imagen cortesía de Jemotilla.
Duelo de flashes

La fotógrafa fotografiada

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