Cartas a Mario Vargas Llosa

Para mis familiares y amigos no es una noticia, pero para el resto de los lectores del sí. El pasado tres de mayo me llegó un email comunicándome ganador de un concurso que me había presentado semanas antes, en la Universidad Complutense. El concurso se titulaba “Cartas a Mario Vargas Llosa” y estaba basado en su novela epistolar “Cartas a un joven novelista”. El quid del concurso era escribir una carta emulando al gran fabulador peruano. En mi caso, escribí un relato corto de unas diez páginas de extensión. Para ello utilice abundante documentación que había recogido por azares del destino meses antes, cuando estalló su popularidad al ser Ganador del Premio Nobel. Me base en artículos de El País que contaban su día a día, en una docena de horas de video que me permitieron copiar su manera de hablar y su lenguaje, y en mi propio conocimiento de Madrid para situar toda la escena.

El relato lo titule “Cinco horas con Mario”, en homenaje al gran escritor vallisoletano Miguel Delibes que aparece un par de veces en el texto. Al principio la ficción se me caía de propio insegura. Recuerdo que mi intención inicial era una hora, por cada dos páginas hasta completar las diez requeridas. Pero esto no pudo ser, porque la primera transcripción del primer capítulo al ordenador me ocupó unas cinco hojas. Una barbaridad, así que eché mano de la tijera y recorté a tres, y a partir de ahí a base de tesón y esfuerzo, y no dar la batalla por perdida fue surgiendo una historia que cobraba vida por si sola. Una historia que me dejó mal sabor de boca, pues con una frustración grande me había vencido. Eran en vísperas de último día para entregar el relato, no había escrito lo que me habría gustado, sino algo dictado por hechizo muy dentro de mí.

Habrá sido la confabulación de los dioses, un golpe de azar o la escasa participación de mis compañeros la que me haya hecho ganar. En todo caso puedo sentirme afortunado, junto con el otro ganador Don Andrés Ortega Garrido. La recompensa, un libro dedicado por Vargas Llosa, que para un bibliófilo como yo tiene un valor incalculable. Agradecer el buen trato y esfuerzos de José Manuel Lucía Megías, Director de la I Semana Complutense de las Letras, que nos sorprendió en el Paraninfo con un gran discurso de bienvenida a Vargas Llosa. Sin duda, un profesor de esos que el enamoramiento por la literatura se refleja en cada una de sus palabras.

Gracias a todos.

Podéis descargar el relato pinchando aquí.
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Nancy

Y después de esto besa a Nancy...

Un tipo con el pelo rubio color miel, está sentado en la barra del bar comiendo deprisa. Tan deprisa, que se diría que quiere batir el record de ardores intestinales de todo el puñetero estado de Texas. Está muy nervioso. Tanto es así, que gotas de sudor se escurren por la sien echando carreras por ver quién muere antes en cuello de su camisa a cuadros. La escena es un collage de cuchillo cortando, tenedor a la boca, y sorbo de cerveza mexicana para tragar sin masticar. No es de la clase de tíos que se le hace bola el filete. Es una clase de filetes que chorrean un líquido rojizo, semejante a la sangre en el agua. Por esta parte del país lo llaman un sangrante.

—Nancy cariño, me están buscando… por lo del boleto…— dice mientras rellena el vaso de agua de la correspondiente jarra.

—Sanderson, no me digas eso…—gimotea Nancy con ojos de desesperación.

—Nancy cariño, no me están buscando…

Nadie ríe. Entre los dos hay un instante de tensión. Ella le mira a él. Él a ella. Nancy no sabe qué hacer, Sanderson tampoco lo sabe. Lo único que tiene de certeza es que tarde o temprano va a morir. Sus otros dos amigos ya están bajo tierra y él es el único que queda. Pero no va a ser tan fácil matarle.

Lo único que sabe es que todo el tema de la muerte le produce gracia. Es algo que le pasa desde pequeño. Cuando alguien muere o se va a morir, tiene que contar un chiste o reírse. Es una vía de escape. Como si eso de morir fuera una maldita broma de Dios, y este fuera a su vez un tío lejano por parte de padre, de la clase de tíos que ameniza cenas familiares y es un cachondo mental. Sanderson debe ser la única persona del mundo a la que nunca invitan a los funerales.
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Los asesinos

Si yo fuera tú colgaría ese teléfono...

Se ve un bar por dentro, Nancy friega y trajina con los cacharros. Recoge un plato donde acaba de comer un tipo en el mostrador. Pero el tipo no se ha ido. El bar está aparentemente vacío, y de fondo suena jazz melancólico. Es ese tipo de bares dónde hay una niebla permanente. Sin más preámbulos una puerta se abre muy despacio. Un tipo vestido con traje y pelo engominado para atrás, se quita las gafas de sol y cuando ha dado un paso respecto a la puerta mira en ambas direcciones. Al comprobar satisfecho que no hay nadie, entra. Le sigue otro tipo igual que él con traje y gafas de sol.

—Buenos días— dice George con un tono de voz cadavérico. Pasa rozándolo todo con la mano y echándole un vistazo a todo lo que ve por allí, emite un leve silbido, mira a la camarera y pregunta:

—¿Es tuyo este bar encanto?

—Es de mi marido ¿Qué van a tomar?

—No he dicho que vayamos a tomar nada —responde— pero ya que estamos aquí, parece un sitio muy acogedor. ¿Verdad Al?

Al no contesta.

—Si no dice nada —comenta George a la camarera— es que le ha gustado. Verá buscamos a cierta persona que vive aquí, en el pueblo.
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Amago de terror

Cuando un ruido de cascabel llega a mis oídos...

Cuando era pequeño vivía al lado de un matrimonio de ancianos. Él se llamaba Francisco Roldan y ella se llamaba Soledad García. Eran dos viejecitos adorables cuyos hijos —ya mayores— acudían cada domingo como si se tratara de un ritual a comer en su casa y ya de paso a encontrarse —una vez por semana— con hermanos, sobrinos, cuñados, etc. Mis vecinos de puerta contigua eran gente sencilla y completamente normal, de vez en cuando y a través de la pared que los unía con mi casa, oía alguna discusión fruto de la convivencia y de la edad que no hacían sino reafirmarme mi opinión.

La señora Soledad hablaba mucho con mi madre, juntas se contaban chismes y chascarillos de los vecinos, se quedaban hablando incluso varias horas sobre las faenas de la casa y su resolución más eficaz. Respecto a Francisco era un hombre agradable, no tan apegado como Soledad, pero siempre dispuesto a contarte un chiste en el ascensor y darte una colleja amistosa. Más de una vez me había dicho que yo era su preferido sobre todo cuando le ayudaba a bajar muebles y trastos viejos.

Soledad nos traía dulces y yemas de huevo. Éramos como sus segundos nietos y tanto mi hermano como yo la queríamos mucho. Cada vez que nos daba chocolate nos decía:

—Estáis en época de estudio niños y tenéis que estar bien alimentados….

Y claro mi hermano y yo nos dejábamos querer. Era la única que nos trataba como dos bebes gordos y golosos a pesar de rebasar mi hermano la veintena y yo la quincena de años.
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Un hombre acostado en el suelo

Hombre acostado en la calle.

El día 1 de julio, a las 13.05 hs. Había un hombre de aproximadamente cincuenta años acostado en la calzada de Copacabana. Yo pasé por su lado, lancé una rápida mirada y continué mi camino en dirección a una barraca donde siempre acostumbro a beber agua de coco.

Como carioca, ya pasé centenares o miles de veces al lado de hombres, mujeres o niños echados en el suelo. Como viajero habitual, ya vi la misma escena en prácticamente todos los países que visité, desde la Suecia hasta Rumania. He visto a personas acostadas en el suelo en todas las estaciones del año: en el invierno cortante de Madrid, Nueva York o París, donde se instalan cerca del aire caliente que sale de las estaciones de metro. En el sol ardiente del Líbano, entre los edificios destruidos por años de guerra. Las personas acostadas en el suelo – borrachas, desabrigadas, cansadas – no constituyen novedad en la vida de nadie.
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Me llamo LEGIÓN, porque somos muchos

Me llamo Legión...

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la orilla del lago, en la región de los Gerasenos. Apenas desembarcó, le salió al encuentro, desde el cementerio, donde vivía en los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para domarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras.

Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó a voz en cuello: “¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes”. Porque Jesús le estaba diciendo: “Espíritu inmundo, sal de este hombre”.
Jesús le preguntó: “¿Cómo te llamas?”. Él respondió: Me llamo LEGIÓN, porque somos muchos”. Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.
Había cerca una gran piara de cerdos hozando en la falda del monte. Los espíritus le rogaron: “Déjanos ir y meternos en los cerdos”. Él se lo permitió.
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Adán y Eva II

08:00 am

No hicieron un gran equipaje. Metieron únicamente lo necesario. Todo lo que necesitaban cabía en un macuto. Llevarían una ropa y una muda. Adán estaba ilusionado a rabiar. Eva tenía miedo, cuando envejeces empiezas de repente a tener miedo por todo. Como si realmente al marcharse con aquel niño perdiese algo o alguien. Cuando miras a un espejo y ves que tu reflejo no inspira felicidad, hay algo que cambiar. Y cuando pasa mucho tiempo quiere decir que el cambio ha de ser radical.

Adán dejó una nota a sus padres. No me busquéis, me voy con Peter Pan… Nunca jamás le volvieron a ver. La policía dijo que le buscarían. Pero que no se trataba de un secuestro ni cosa por el estilo y ellos poco podían hacer. Eva por su parte no dejó ninguna nota a su marido. Él sintió que se había ido cuando la fruta que ella le pelaba –porque era un hombre mal criado- no estaba en la nevera.

Le invadió una profunda rabia. Y cogió su pistola –puesto que era sargento de policía- y se la llevo a la sien. Se puso en la terraza viendo el paisaje y justo cuando iba a apretar el gatillo vio una mariposa volar en círculos. Bajó el arma.

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