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Soy libre

Ve a trabajar, envía a tus niños a la escuela, sigue la moda, compórtate normalmente, camina por la acera, mira la tele, ahorra para cuando seas viejo, obedece la Ley y repite conmigo: soy libre.

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Graffitti en Philip St, Bristol

Vía | Microsiervos

Que no se equivoquen, que yo no tengo nada en contra del fútbol y sus forofos. No tendría nada si no me secundaran todas estas razones y el vulgo en general no me diera el coñazo. Que por mí puedes tragarte un partido detrás de otro mientras ves consumir tu vida. Que por mí puedes leer todos esos diarios deportivos llenos de imágenes a primera plana y tías tontas en bolas. Que por mí puedes leerte esas columnas imbéciles escritas por macacos —a juzgar por su uso del lenguaje— y quedarte tan ancho. Por mí como si te masturbas pensando en el fichaje de moda. Lo que uced haga con su vida me la refanfinfla. Pero caballero, no me joda ni me tome por el pito del sereno y deje de vivir y pensar para el fútbol, que ni le entretiene, ni le da de comer, ni le beneficia, ni nada de nada.
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Pero hay otra razón más rigorosa y delicada para separar amor y deseo. Desear algo es, en definitiva, tendencia a la posesión de ese algo; donde posesión significa, de una u otra manera, que el objeto entre en nuestra órbita y venga como a formar parte de nosotros. Por esta razón, el deseo muere automáticamente cuando se logra; fenece al satisfacerse. El amor, en cambio, es un eterno insatisfecho.

José Ortega y Gasset

Eran un día de mayo, posiblemente finales, y una tormenta del carajo amenazaba con estropear la tarde a los enamorados que se aman en los parques y no tienen más cobijo. Y por este sitio precisamente caminaba yo, a zancadas grandes, pidiendo a San Pascual Bailón que precisamente hoy, en la feria del libro no lloviera. Un trueno suena en la lejanía y yo me cisco en los muertos del santo, que no me hace ni caso. Sin más me encamino al metro.

Cuando salgo en el madrileño parque del Retiro las nubes se tornan quietas y mansas, y parecen dar tregua. Yo ya previamente había leído en el blog de Javier Marías que iba a estar firmando libros sobre las siete. Eran las cinco y me sobraba tiempo así que me di una vuelta por las casetas del castizo parque, como los viejos, para matar el tiempo. Lo primero que hice fue buscar la de Marías para tener una referencia, e instantes después cuando ya sabía en cual se iba a poner a firmar, los demás libros de la feria me importaron un pepino. Así que a grandes zancadas me interné en otro parque, con bustos, estatuas y como en todos los parques: jóvenes fogosos metiéndose mano. Y pensé: -Si todos los millonarios y políticos tuvieran este pasatiempo, se acabarían las guerras, la avaricia, la miseria-. Es lo que yo llamo: pasión de juventud. Pero está visto que cuando uno se vuelve mayor se vuelve gilipollas. No falla. Y me digo que si a nuestro presi Zapatero, o al todopoderoso Bush, le echaran un buen polvo de vez en cuando, todo iría muchísimo mejor. Sería como echar aceite a unos engranajes que chirrían. No piensen mal.
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Si hoy en día alguien te preguntase: ¿a qué clase social pertenece usted?, uno lo miraría extrañado, algo perplejo y hasta tremendamente ofendido -dado que tenemos una gran facilidad para tomárnoslo todo a la tremenda- y diríamos, si es que nos reprimimos el impulso de blasfemar, que sin lugar a dudas pertenecemos a la clase media, como todo el mundo. Teóricamente es verdad. Pero no, miento, eso es lo que dicen, pero yo no creo que todo el mundo pertenezca a esta supuesta clase media globalizadora, que a todos nos iguala. Yo no me trago eso de: somos iguales, pero solo a nivel de derechos y obligaciones. No creo que yo y mi vecino que ha pagado lo mismo por su casa pertenezcamos siquiera a la misma clase social, y es que lo único que diferencia esta época de desigualdad con las anteriores, es que todo está más disimulado pero un poquito mejor repartido, que a mi juicio, no es consuelo alguno.
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Si no quieres perderte en el olvido tan pronto como estés muerto y corrompido, escribe cosas dignas de leerse, o haz cosas dignas de escribirse.

Benjamin Franklin

Me he llevado una grata sorpresa al ver que estas pequeñas citas que saqué del Código del Bushido han tenido tanto éxito, e incluso algunos de vosotros las habéis llegado a halagar e intentar poner en práctica. Los que lo hayan hecho se habrán dado cuenta de su enorme dificultad. A los que no, las pequeñas citas le habrán servido por lo menos para reflexionar. Y a computo general, a todos nos ha servido para hacernos un poquito más grandes y lúcidos. A modo de final he recogido todos los textos, que son siete. Y he puesto un texto inédito del Hagakure que es una obra literaria inspirada en el Bushido.

Hagakure significa “oculto bajo las hojas”, es inspirado en el célebre código Bushido. Señala el camino del guerrero, cuyos preceptos filosóficos y ética trascendental presentan al Bushi.
Bushido es vivir incluso cuando ya no se tienen deseos de vivir.
Hay que saber morir en cada instante de la vida, se vive el instante, el aquí y ahora, sumido en el eterno presente.
Para el Samurai, es preferible la muerte a vivir una vida indigna o impura. Eso transmite el HAGAKURE.
El Hagakure fue el libro de cabecera de Yukio Mishima, guardado durante siglos en secreto.
La vía del Samurai reside en la muerte.

Le digo que le voy a matar y se echa a llorar. Le digo que no servirá de nada. Y que está quedando en muy mal lugar. Le digo que le eche un par de huevos a lo cual me río, porque resulta que tengo los suyos en un tarro delante de mí, bañados en formol. Y ante esto solo puedo reír, y me siento bien, muy bien. Me siento casi vengado, casi completado, me embriaga una extraña sensación. Y solo quiero matarlo.

Me mira con los ojos desorbitados, como si estuviese loco. ¿Loco yo? Ja. Y en la camilla en la que está amordazado solo huele a sangre y muerte. Puedo sentir su dolor. Y todas esas mujeres a las que el inútil deshuevado ha violado y pegado me lo están agradeciendo, lo noto. Y yo comparto su dolor. Soy un sicario y acuden a mí, y en cierta manera yo acudo a ellas. Soy como el hermano mayor que nunca tuvieron y jamás las defendió. Soy como el padre que jamás las quiso. Soy su protector y continuaré siéndolo hasta que mi dedo no pueda apretar más el gatillo.
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Para el samurai, haber hecho o dicho “algo”, significa que ese “algo” le pertenece. Es responsable de ello y de todas las consecuencias que le sigan.

Un samurai es intensamente leal a aquellos bajo su cuidado. Para aquellos de los que es responsable, permanece fieramente fiel.

Las palabras de un hombre son como sus huellas; puedes seguirlas donde quiera que él vaya.

Cuidado con el camino que sigues.

Del Código del Bushido

Conocer el factor mundo es algo esencial para la vida de una persona. Muchas veces no entendemos cómo funciona una sociedad, ni cómo funciona el hombre, ni cómo marcha nuestra vida, ni cómo va el presente, etc. A consecuencia de todo ellos podemos experimentar una determinada angustia que aparece cuando quiere pero con relativa frecuencia: ¿Por qué hago lo que hago? ¿Soy feliz? ¿Quién soy?

Por todo ello me he propuesto escribir (si esto es del gusto del lector) unos pequeños ensayos generales acerca de la filosofía de la vida. No es mi intención crear algo aburrido e infumable, ni dármelas de santurrón, solo opino que la reflexión es el mejor método para encauzar una vida desde todos los ámbitos y edades. Pido encarecidamente que tras cada una de las reflexiones que aquí se expongan, el lector colabore en los comentarios exponiendo sus ideas y reflexiones. Sobra decir que la opinión sea acorde con el tema propuesto y su argumentación no dé lugar a equívocos.
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