Rincón de un escritor

Asesino a sueldo de palabras.

Los tertulietas

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Ejemplo de los tertulietas que aparecen en la TV

Están en todas las cadenas. Seguro que no han escapado a sus televisivos ojos. Los “tertulianos”  mejor llamados “tertulietas” –llamarles del primer modo seria despreciar los ancestrales coloquios y cafés literarios– acechan en cada esquina de la parrilla televisa para soltarles su opinión. ¿Sobre qué? No importa. Debe de ser la primera vez en la historia de la oratoria y argumentación, en que lo importante no es lo que digas, sino que digas algo. Así mismo, no es difícil ver a estos a estos sacamuelas opinando con el mismo fervor religioso de un partido de fútbol, de las medidas económicas del gobierno, del asesinato de un menor o incluso de la energía nuclear pros y contras bis en tres entregas.

Su desfachatez es tal, que encima de ser los alumnos más aventajados del Libro Gordo de Petete son machacones consumados. No es difícil ver al mismo fulano –o fulana– en un programa de “actualidad” –de asesinatos y prensa rosa– por la mañana, y en el mismo día verle en otro programa de “actualidad” de otra cadena por la noche. También ojeas estupefacto el periódico y encuentras allí su menesterosa opinión. Cuando uno, desabrido de todo se tumba en la cama y  pone la radio colapsado ante la falacia argumental y retahíla de opiniones manidas, resulta que también está en la tertulia política de turno, contando lo mismo que ha dicho en la tele, en el periódico y hasta en el mismísimo desayuno con su mujer.
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Escrito por Raúl Retana

1 mayo 2011 a 12:55

Escrito en Artículos, Crítica

Los ojos del abuelo

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Tras meses meditándolo había tomado una decisión: iría a verla. No aguantaba más los estragos de pensar en ella. Los estragos de la soledad y de sentir que, pese a todo, la seguía queriendo. Era algo que no podía controlar, ajeno a mí, como un cadáver hundido en el fondo del mar, que tarde o temprano las mareas sacan a flote. Intentas echar la culpa  a tu debilidad, a la falta de entereza. Prometiste que no lo harías. Te lo debes a ti mismo. No te traiciones. Todos aquellos que has conocido al final se han ido. Te han dejado solo en este imperio de mierda.

Era sábado y todo el mundo estaba metido en los bares. Había partido de fútbol, de esos importantes que a mí jamás me importan. Pero es un secreto que me has de guardar, puesto que no saber de fútbol hoy en día es pasaporte seguro a la marginación y el ostracismo. Me encontraba en la filmoteca viendo una de esas pelis de cine gore de los ochenta. Era una buena película pero todos los demás estaban viendo el fútbol. La película se paró a la mitad. Seguramente  el proyeccionista estaba escuchando el partido por la radio y se le paso cambiar de bobina. Eso me desoló un poco más.
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Escrito por Raúl Retana

25 abril 2011 a 18:47

Escrito en Artículos, Crítica

No se lo digas a nadie

con 2 comentarios

Se mecía al vaivén del viento como una rama rota que está a punto de quebrarse. Su espigada figura, contrastaba con el grueso del tronco del árbol. La tensión de la fina pita alrededor del animal, parecía que fuera a ser perpetua. Su cuello roto estaba pelado, mostrando zonas de carne color rosáceo. Esta zona asfixiada de su gollete, parecía no pertenecer al animal, que por lo demás, era precioso. A pesar incluso, que palideciera en los miembros superiores debido a toda la sangre acumulada, consecuencia del lapso de tiempo acontecido desde el ahorcamiento.

Un tajo color de acero sesgó el aire, llevándose con él, la pita y el perro muerto. Cayó al suelo con un ruido sordo, como de muerte, que espantó a un pájaro que anidaba en el árbol. Un agente de la Protección Nacional de Animales, con un cuchillo en una mano y, una bolsa de plástico negra en la otra, se agachó a recoger al animal y lo metió en la fina bolsa. Desde lejos parecía un tipo normal, con una bolsa de la colada, llena de ropa mojada y por tender.

No le gustaba nada aquel asunto. Demasiadas muertes aquella semana, y no solamente de animales. Mejor será, que no se lo digas a nadie.

Escrito por Raúl Retana

8 abril 2011 a 19:28

Escrito en Columna, Crítica

Los restos del naufragio

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La crónica de una muerte anunciada

La última convulsión de esperpento nacional, ha sido la crónica de una muerte anunciada, de Zapatero. A falta de un año para concluir su mandato, el presidente ha desvelado su intención de no volver a presentarse. Con una mezcla de alivio e incertidumbre, la sociedad española ha visto concluir una legislatura, que desde hacía dos años estaba terminal. Por fin el muerto tiene fecha de entierro, pero todavía le queda un año entre los vivos. Donde; o bien intentará lavar su imagen para la posteridad; o bien acabará de trazar ese rumbo de centro derecha que dio a sus políticas sociales. Asistiremos además, a una lucha encarnizada y fratricida, para ver quién es la cabeza sucesora de este ya casi expresidente. En la Calle Ferraz mientras tanto, Rubalcaba y Chacón afilan cuchillos.

Por otra parte a Mariano Rajoy le ha llegado la hora de la verdad. Después de estar ocho años en barbecho oposicional tras haber sido elegido a dedo, se encuentra con un panorama desolador: cuatro millones y medio de parados y una economía que no acaba de arrancar. Nadie quisiera estar en su pellejo. Después de ocho años, las reminiscencias del aznarismo son demasiado grandes. La gente se le agarra de las barbas como el mesías que no es. Sin darse cuenta que la rápida prosperidad de antaño, condujo a la miseria presente. Tendrá que tomar medidas que no van a gustar a nadie, apretando el cinturón de los ya flacos españoles. Rajoy no ganará las elecciones por sus méritos, sino por las dos legislaturas de errores y bandazos del ya casi expresidente. Al fin y al cabo, que este anunciara su marcha a falta de un año, no hace sino demostrar, su intención de salvar los restos del naufragio.

Escrito por Raúl Retana

4 abril 2011 a 06:00

Escrito en Dardo político

Tangos de mala suerte

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El tintineo rompía el artificial silencio...

Estaba solo, en la sala solo; bailando con una maniquí, que hacía que pareciera más solo aún. No sabía cuántas horas llevaba así: danzando y cabrioleando, dando vueltas y más vueltas. Molinetes sobre el eje vertical del cuerpo, acompasados con el de la maniquí. Esta era calva y sin ningún encanto, con todos los detalles de sus rasgos por definir. Trenzaba y trazaba múltiples giros sin parar, y cuando notaba que le faltaba el aire, paraba, apretaba la maniquí contra sí, con su cabeza de plástico sobre su ancho hombro. Después reafirmaba su mano en la cadera de la acompañante, recuperaba el resuello y continuaba otra vez. Y otra vez. Y otra. Y otra, en un sempiterno tango imaginario.

Bailaba y bailaba y, de vez en cuando, tiraba con sus giros una de las numerosas botellas que había esparcidas por el suelo. Se las había bebido todas. El tintineo rompía el artificial silencio, haciendo toda la escena aún más turbadora. Eran botellas muy viejas de vino, tanto, que se habían avinagrado por haberlas conservado en vidrio en vez de en barricas de roble. Bebió y bebió, hasta que el sabor se le hizo indistinguible, fuera vinagre o vino carecía ya de relevancia. Lo único importante era él y su acompañante, bailando el tango perfecto.

Ese tango de mala suerte; con ese ser inanimado; con esa maniquí; hecha a imitación de una mujer real. De una mujer que se había ido para no volver. Como todas. Simbolizaba algo que no había encontrado, y cada vez era más consciente de que jamás iba a encontrar. Pero mientras tanto, bailaba y bailaba, y en ningún momento dejaba de bailar. Y siguieron pasando las horas, y siguió repitiendo compases mentales para no perder el ritmo.

Horas y más horas, y el cuerpo estaba a punto de decirle basta. Se resignó y siguió bailando, como lo había hecho en momentos previos, en días antes: sin un destino fijo; sin rumbo; sin hogar. Cada vez le costaba más mantener la conciencia, pero ya daba igual… La mala suerte carecía de sentido… al igual que ellas… al igual que él. Estar consciente no aportaba nada extra. Antes de desfallecer en aquella sala llena de botellas de vidrio, besó a la maniquí, y esta -al igual que las mujeres previas- no movió los labios.

Escrito por Raúl Retana

1 abril 2011 a 12:55

Escrito en Columna

La avenida de los francotiradores

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Si de verdad existía un Dios en los cielos no estaba en Sarajevo.

Sarajevo, fecha indeterminada de 1995

Llevo toda la vida preparándome para esto y sin embargo ya me quiero ir. Llevo un mes aquí, y a esto se le ha escapado todo el romanticismo. No me puedo quejar, las cosas me van bien; todo lo bien que te pueden ir en medio de un conflicto bélico. Pero mi visión romántica de una guerra: las aventuras, la adrenalina, no saber si estarás vivo… Se ha desplomado. Aquí solo hay barro, sangre y mierda. A partes iguales. Mucho sufrimiento y más muerte que vida. Pero hace una buena audiencia. Ayer estuve todo el día en la morgue. Parecía más una carnicería. De algunos de los cuerpos allí extendidos, me costaba mucho imaginar que alguna vez tuvieran forma humana. Llamar a eso cadáver era un eufemismo. De lo trágico que era todo me daba la risa. Nerviosa y estúpida esta, mecanismo para evadir la dolorosa realidad y poder seguir en el terreno, para no echar a correr a la primera de cambio, para seguir cuerdo en medio de aquella locura.

En una de las salas de la morgue, una decena de madres veían bajo las sábanas sucias y llenas de sangre a sus hijos muertos. Se llevaban las manos a los rosarios y estampitas. Caían desmayadas y gritaban de dolor. Yacían los niños ahí: pequeños e inocentes, que un día salieron de su barriga y las llenaron de un sentimiento indescriptible, que ninguna mujer olvida. Toda esa felicidad se había transformado en desgarro y cachos de carne. El día anterior por la noche habían lanzado misiles al hospital a propósito, donde cuidaban a los niños heridos por el acometimiento de la guerra. En el mismo edificio también se encontraba la planta de recién nacidos. El delirio de tales acciones le hacía a uno reflexionar. Si de verdad existía un Dios en los cielos no estaba en Sarajevo. Aunque aquellas pobres madres todavía creyeran en él. A una de ellas se le cayó el rosario y no lo volvió a coger. Me acerque, agaché y se lo intenté dar. Pero ya no miraba ni siquiera a su hijo, que estaba con una pierna vendada y un chándal raído de Mickey Mouse. Jamás se me olvidará la mirada de una madre a un hijo muerto. Ahora solo miraba una pared blanca y sus ojos eran de color hielo. Inconscientemente me metí el rosario en el bolsillo y seguí andando por la morgue.
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Escrito por Raúl Retana

23 marzo 2011 a 20:26

Escrito en Artículos, Crítica

Atardecer de amores

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Atardecer de amores

Sabía perfectamente lo breve y efímera que sería esa llama.

Esta foto fue tomada en las afueras de Madrid, un domingo de esos en los que el radiante día de sol te empuja a vivir. Capturé la imagen de casualidad, como todas las buenas imágenes. Conscientemente apuntaba a los hermosos rascacielos y al sol de fondo. Inconscienteme mi dedo apretó el botón justo cuando pasaba la pareja. Lo sé porque mi yo consciente se molestó, cuando al pasar por medio del objetivo creí que iban a estropear la instantánea del atardecer. Ese yo consciente decía: ¡vaya por Dios! Los tortolitos me van a joder la foto… A la vez el inconsciente quería inmortalizarlos, quería atraparlos, fijarlos en la eternidad, pues sabía perfectamente lo breve y efímera que sería esa llama. Mi yo consciente se quedó pretificado, al entender la cruel metáfora: el amor como atardecer. Como magnifico astro que se hunde en el horizonte: colosal, majestuoso y bellísimo… Y precisamente porque no se alarga en el tiempo, por tener fecha de caducidad es por lo que siempre permanece como un placer y deleite a nuestros ojos mortales. Cayó el sol, caerá el amor de esta joven pareja y caeran todos los imperios de la historia como antes cayó todo. No desesperéis. El universo os guiña un ojo, encima del atardecer hay dos estelas que se mueven en direcciones opuestas, con destino el fin del mundo.

Escrito por Raúl Retana

20 marzo 2011 a 21:43

Escrito en Columna, Fotografía

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