Mesa de tahúres

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Repitiendo fórmulas de beneficio máximo...

España es un país del que todavía no se sabe cómo va a quedar después del huracán financiero, esto se debe al simple hecho de que todavía estamos en medio. Ahora mismo tenemos el beneficio de la duda. Puede que sí o puede que no, fifty fifty que dirían los ingleses. Mientras tanto el actual gobierno sigue en caída libre. La oposición contempla frotándose las manos como el aeroplano peninsular se precipita al vacío, sin saber que ellos son los copilotos, y que el avión es el mismo para todos, se estrelle o no.

Mientras estos anormales se inflan a bofetadas por ver quién pilota, las personas de a pie vamos en segunda clase y cada vez más asiduamente, unas azafatas un tanto groseras despiden a los viajeros de sus asientos a la cola del avión, también llamada cola del paro. Las familias de segunda al ver tal situación, se aprietan más el cinturón por las turbulencias que hace que la mayoría se cague de miedo. Cada vez más, familiares y allegados recorren el pasillo de los castigados.

Mientras tanto, unas cortinillas hacen de débil frontera entre primera y segunda clase. Allí en la clase business están los del Monopoly. Se diferencian del resto porque estos tienen asientos más cómodos, una azafata buenorra que te cagas –no como la furcia que nos han puesto a los de segunda–, comida que no parece elástomero a medio fabricar y están más cerca de la cabina, del poder.
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Nancy

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Y después de esto besa a Nancy...

Un tipo con el pelo rubio color miel, está sentado en la barra del bar comiendo deprisa. Tan deprisa, que se diría que quiere batir el record de ardores intestinales de todo el puñetero estado de Texas. Está muy nervioso. Tanto es así, que gotas de sudor se escurren por la sien echando carreras por ver quién muere antes en cuello de su camisa a cuadros. La escena es un collage de cuchillo cortando, tenedor a la boca, y sorbo de cerveza mexicana para tragar sin masticar. No es de la clase de tíos que se le hace bola el filete. Es una clase de filetes que chorrean un líquido rojizo, semejante a la sangre en el agua. Por esta parte del país lo llaman un sangrante.

—Nancy cariño, me están buscando… por lo del boleto…— dice mientras rellena el vaso de agua de la correspondiente jarra.

—Sanderson, no me digas eso…—gimotea Nancy con ojos de desesperación.

—Nancy cariño, no me están buscando…

Nadie ríe. Entre los dos hay un instante de tensión. Ella le mira a él. Él a ella. Nancy no sabe qué hacer, Sanderson tampoco lo sabe. Lo único que tiene de certeza es que tarde o temprano va a morir. Sus otros dos amigos ya están bajo tierra y él es el único que queda. Pero no va a ser tan fácil matarle.

Lo único que sabe es que todo el tema de la muerte le produce gracia. Es algo que le pasa desde pequeño. Cuando alguien muere o se va a morir, tiene que contar un chiste o reírse. Es una vía de escape. Como si eso de morir fuera una maldita broma de Dios, y este fuera a su vez un tío lejano por parte de padre, de la clase de tíos que ameniza cenas familiares y es un cachondo mental. Sanderson debe ser la única persona del mundo a la que nunca invitan a los funerales.
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Los asesinos

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Si yo fuera tú colgaría ese teléfono...

Se ve un bar por dentro, Nancy friega y trajina con los cacharros. Recoge un plato donde acaba de comer un tipo en el mostrador. Pero el tipo no se ha ido. El bar está aparentemente vacío, y de fondo suena jazz melancólico. Es ese tipo de bares dónde hay una niebla permanente. Sin más preámbulos una puerta se abre muy despacio. Un tipo vestido con traje y pelo engominado para atrás, se quita las gafas de sol y cuando ha dado un paso respecto a la puerta mira en ambas direcciones. Al comprobar satisfecho que no hay nadie, entra. Le sigue otro tipo igual que él con traje y gafas de sol.

—Buenos días— dice George con un tono de voz cadavérico. Pasa rozándolo todo con la mano y echándole un vistazo a todo lo que ve por allí, emite un leve silbido, mira a la camarera y pregunta:

—¿Es tuyo este bar encanto?

—Es de mi marido ¿Qué van a tomar?

—No he dicho que vayamos a tomar nada —responde— pero ya que estamos aquí, parece un sitio muy acogedor. ¿Verdad Al?

Al no contesta.

—Si no dice nada —comenta George a la camarera— es que le ha gustado. Verá buscamos a cierta persona que vive aquí, en el pueblo.
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Cuando éramos pobres y felices

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Me miró a mí mismo abochornado...

Es domingo. Y estoy en el barrio de Malasaña de Madrid, frente a un edificio donde una vez vivió mi padre. Es un colegio del obispado, que arriba tiene una residencia de estudiantes. Estoy de pie en la calle, mirando a la ventana por donde mi padre miró más de diez años en los que estuvo.  Es la tercera del segundo piso, empezando por la izquierda. Casi le puedo ver e imaginarme esa España, puesto que nada en esa calle ha cambiado ni un ápice.

Aquí no han llegado los padres ladrilleros, ni los concejales de urbanismo, para joderlo todo y hacer chalés adosados, afortunadamente. Me digo que en el Madrid antiguo, inmobiliariamente hablando, es muy difícil aceitar las manos a las autoridades correspondientes. Todo lleva siglos construido. Siglos sin cambiar ni una calle. A las afueras y con todo por construir, ya es otro cantar.

La residencia tiene buen aspecto. Seguramente la habrán ido reformando poco a poco, y adaptándola a los nuevos tiempos. Una mano de pintura aquí, una pequeña reforma por allá. Lo que me sigue pareciendo mágico, es estar donde estuvo mi padre a mi misma edad, y andar por las mismas calles. Enfrente de la residencia, hay un ultramarino, donde mi progenitor y demás estudiantes redondeaban las escasas comidas cuando tenían un duro. Eran escasas, claro que sí. Pero podían considerarse unos privilegiados, tal y como estaban las cosas.
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El corral de Europa

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Y esto es la locura. Sodoma y Gomorra...

Es de sobra sabido, y los periódicos color salmón se encargan de recordárnoslo día sí, día no, que un pilar fundamental de la economía española es el turismo. Que el turismo vaya bien, es un orgullo y una fuente de ingresos para los habitantes de nuestro castigado país. El problema es que la gente piensa, que aquí vienen los turistas para admirar nuestra cultura, para babear con el Prado, y para mear y no echar gota con el Reina Sofía. Por ejemplo. Que vienen a ver La Sagrada Familia, o el parque Guell. A ver qué nivel Maribel, tienen estos “Manolos”, como nos llaman los gabachos. Y vaya país de rechupete, y cuanto lo admiramos.

La realidad es mucho más amarga y triste, como toda realidad. A los guiris lo que les gusta  de España son tres cosas: el clima, la comida y bebida, y por encima de todo la permisividad. Estas personas que en sus países de culo apretado: verbigracia Inglaterra, Alemania… Son personas formales y serias. Con una educación exquisita con un sorry sir o su danke  schön etc. Con sus trabajos megaimportantes. Locomotoras del euro. Cuando llegan aquí se transforman en mamarrachos altaneros sin ningún tipo de educación. Creen que este país es su corrala, su patio de atrás, donde pueden hacer lo que quieran como quieran y cuando quieran. Y lo hacen.
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Pueblos por romanizar

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Los quintos...

A la gente le hace mucha gracia cuando les comento, que en los pueblos la mayor parte de la gente está por romanizar. Me miran con cara divertida, como el que mira a un exagerado e incluso me lo llaman. Dicen que no es para tanto. Seguramente porque estén en el porcentaje de la barbarie o vivan en el mundo de los osos amorosos. A la gente lúcida que se lo digo, pone un rictus serio, y cara de querer largarse de este país, romper el pasaporte y no volver jamás. Vamos a tentarles:

En los poblachones de las Castillas, había una tradición singular cuanto menos. No era poca la gente que enviudaba pronto, y que encontraba otra persona a la que amaba. Estás personas cuando se iban a casar en segundas nupcias habían de hacerlo en secreto, porque si no, la gente del pueblo iba a tirarles piedras en vez de arroz. La pareja de novios al saber de esta humanitaria tradición, iba a casarse al pueblo vecino, en secreto y de noche. Como los amantes furtivos. Pero la voz se corría como la pólvora y allí estaban esperándoles las masas, para no dejar impune tamaña afrenta de casarse dos veces, como el más intolerante tribunal de la yihad islámica.

Otra de las morales tradiciones del pueblo de un conocido amigo, era la de comprobar la ley de la gravitación universal con una cabra en lo más alto del campanario. Los lugareños querían comprobar si la cabra volaba como ave rapaz o directamente se volvía puré. Hagan sus apuestas.
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Amago de terror

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Cuando un ruido de cascabel llega a mis oídos...

Cuando era pequeño vivía al lado de un matrimonio de ancianos. Él se llamaba Francisco Roldan y ella se llamaba Soledad García. Eran dos viejecitos adorables cuyos hijos —ya mayores— acudían cada domingo como si se tratara de un ritual a comer en su casa y ya de paso a encontrarse —una vez por semana— con hermanos, sobrinos, cuñados, etc. Mis vecinos de puerta contigua eran gente sencilla y completamente normal, de vez en cuando y a través de la pared que los unía con mi casa, oía alguna discusión fruto de la convivencia y de la edad que no hacían sino reafirmarme mi opinión.

La señora Soledad hablaba mucho con mi madre, juntas se contaban chismes y chascarillos de los vecinos, se quedaban hablando incluso varias horas sobre las faenas de la casa y su resolución más eficaz. Respecto a Francisco era un hombre agradable, no tan apegado como Soledad, pero siempre dispuesto a contarte un chiste en el ascensor y darte una colleja amistosa. Más de una vez me había dicho que yo era su preferido sobre todo cuando le ayudaba a bajar muebles y trastos viejos.

Soledad nos traía dulces y yemas de huevo. Éramos como sus segundos nietos y tanto mi hermano como yo la queríamos mucho. Cada vez que nos daba chocolate nos decía:

—Estáis en época de estudio niños y tenéis que estar bien alimentados….

Y claro mi hermano y yo nos dejábamos querer. Era la única que nos trataba como dos bebes gordos y golosos a pesar de rebasar mi hermano la veintena y yo la quincena de años.
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Amor ergo sum

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El que no ama no ha conocido a Dios porque Dios es amor.

Juan 4:8

Habla al corazón (con-razón), y da lo mismo que seas ateo o creyente.

En el libro Diez virtudes para vivir con humanidad aparecen: la fortaleza, la alegría, el amor, la confianza, la esperanza, la justicia, la paciencia, la prudencia y la templanza. Entre todas ellas yo voy a escoger el amor.

Por una serie de motivos: en primer lugar el amor es una especie de agua bendita que todo lo limpia y dignifica, hace que el ser humano se convierta en persona. En segundo lugar, porque no hay sentimiento que más implique y haga cambiar a una persona. ¿Cuántas veces hemos llamado a nuestro padre calzonazos, para luego descubrir, que uno es un calzonazos mayor? Y en tercer lugar porque como decía Platón: “Donde reina el amor, sobran las leyes”. Nada sería más bonito que desaparecieran las leyes y en lugar de ellas hubiera amor…

René Descartes es considerado uno de los padres de la filosofía moderna. Su frase más famosa es: Cogito, ergo sum / je pensé, donc je suis / yo pienso, luego existo. Tres idiomas, la misma idea y nuestro rechazo en común. ¿Y dónde está el tú? Más parece una frase dicha por un dios. Yo me creo a mí mismo. Soy solipsista, “solus” “ipse” (solo él). Prescindo del tú y rechazo otra cosa que no sea hablar de mi ombligo… Los orientales dicen que el ego es como pasear a un perro. Hay veces que él te tira de la correa, pero debes guiarle tú a él y no viceversa…
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