Corriendo al anochecer

Anochecía en la gran ciudad, el viento frío de aquella época del año hacía que se le enrojecieran las orejas y la nariz, no tenía prisa, lo que hacía era más que un hobby y un deporte. Era un estilo de vida. Corría más de diez kilómetros al día. Era su momento agradable de la jornada, el momento en el que sus problemas se deshacían con la misma rapidez con que sus zapatillas dibujaban huellas en el suelo. Corriendo reflexionaba, pensaba. Encontraba paz, la vida era fácil, solo tenía que escoger un camino, sin temores, no había lugar para la equivocación. Su carrera era constante, con ritmo, parecía premeditaba para una canción. Comparaba la vida con la carrera, su carrera con su vida. Si encontraba algún obstáculo en su camino lo saltaba o bordeaba, nunca entendió porqué era tan difícil saltarlo en la vida real, si solo se necesitaba lo mismo, voluntad. Se preguntó porque era tan difícil amar y ser amado. Porque nunca tuvo el valor suficiente para pedir una oportunidad a tantas mujeres, que sin dudarlo lo hubieran hecho muy feliz, seguro, más feliz. Se preguntó el por qué de la distancia y de el tiempo, de la verdad y la mentira, de lo real y lo superfluo, de la paz y de la guerra. Entonces comprendió el dolor de la lucidez. Se preguntó que habría más allá de los diez kilómetros.

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