Recuerdos del pasado

No era un objetivo ambicioso ni grande, pero era un objetivo. Nadie pensaba en las grandes metas en el año 1938, él solo tenía una, dar lo mejor a su familia. Se lavó cuidadosamente la cara a la vez que el gallo daba muerte a la noche con agudos y profundos lamentos. Sacó el hatillo que preparó la noche anterior con pan duro y rancio, y un trozo de tocino. Besó a su mujer e hijos que todavía se hallaban en la cama y respiraban pausadamente. Salió de la casa y se dirigió a la cuadra donde tenía un robusto borriquillo que le ayudaba a sembrar en la faenas de la agricultura. Con la manos encalladas ató la hoz al borriquillo sobre una pequeña carreta echa por el mismo. Con paso firme y seguido del animal, se dirigió a sus tierras. Todavía no era de día pero se veía una firme línea de color en el horizonte, como un amanecer inverso al tiempo, dudo mucho que ustedes hayan visto alguno de estos alguna vez, que solo es comprensible mediante la experiencia, ni siquiera la mejor pirotecnia de hoy en día produce un efecto tan acogedor. El camino era de tierra, rodeado por olivos que siglos atrás trajeron griegos donde también era visible un viejo molino. Tratándose de aquella zona de España, todo era bastante seco, se encontraba en Vinaroz, provincia de Castellón.
Corría la quincena de Abril y aún así hacía bastante frió, pero él se sentía bien, trabajar era lo que mejor sabía hacer. Todos los días sin excepción acudía a trabajar, ya que todos los días se comía, en aquella época no había lujos de fines de semana. Nunca tuvo amo, la voluntad era su jefa. Nunca tuvo Dios, ni creyó en iglesias corruptas que en vez unir solo dividía a personas, que antes no tuvieron prejuicios ni dogmas. Llego a la tierra donde debía trabajar y montó la hoz detrás del borrico para arar con la ayuda de este. Dejó su chaqueta y hatillo debajo de un almendro próximo que siempre le servía de cobijo y protección. Su vida era sencilla, se limitaba a arar mecánicamente la tierra abrupta con baches, que se iban alisando como el pelo que se desenreda con la sencillez de un peine. Pasaron las horas y él seguía trabajando solo, pensando en su familia y el plato lleno de comida que les esperaba a caer la noche. El silencio bañaba su frente en sudor, ya era más del mediodía. Decidió que era hora de comer. Fue hasta el almendro y desató el hatillo cortando un trozo de tocino con la navaja y metiéndoselo en la boca acompañado de un trozo de pan, continuo degustando la escasa comida y echó un trago a la bota de agua. Cuando estuvo saciado se tumbó a la sombra del almendro donde protegido del calor se hecho una reparadora siesta. Soñaba poco la verdad, la vida le había arrancado todo sentimiento de ilusión, futuro y sueños, no era más que alguien que vivía de sus manos, no había más meta que vivir un día más…

Un ruido estremecedor le hizo despertar de su siesta, fue seco y dejaba tras de si un eco. Puso alerta los sentidos. Una explosión lejana hizo temblar levemente la tierra, y otra vez el ruido de un eco que se ahogaba. Siguió prestando atención al silencio y empezó a escuchar disparos y explosiones. Rápidamente cogió al borriquillo y se subió en su lomo. Cabalgo lo más veloz que el animal podía hacía el pueblo, estaba consternado y su mente solo había las imágenes de su familia. Al borriquillo le faltaba el aire no daba más de sí, así qué desistió y salió corriendo abandonando al animal a su suerte. Corría todo lo deprisa que podía y las explosiones se hacían más presentas a medida que avanzaba, la garganta se le secó por completo, y un tirón electrifico los músculos de su pierna, a pesar de ello siguió corriendo.
Cuánto más se acercaba más se asustaba, el miedo a la tragedia iba en aumento. Subió el último trecho del camino y la visión del pueblo se volvió horizontal, a la panorámica de sus ojos. Todo estaba arrasado y quemado, los edificios estaban en ruinas y las explosiones se oían cada vez mejor. Apresuró aún más el paso y llego a la esquina de su casa.

Su garganta emitió un grito ahogado de desesperación seguido de un baño de lágrimas que recorrió su rostro. La agonía y el dolor brotaban a borbotones de su alma. Cayó de rodillas al suelo, mientras sus ojos inyectados en sangre contemplaban los cadáveres desnudos de su mujer e hijos…
“Una guerra nunca tiene vencedores, solo vencidos”
En memoria de nuestros abuelos que contemplaron con sus ojos, el olor, sabor y dolor de una guerra entre hermanos y paisanos, no caigamos en errores del pasado…

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