Un asunto de honor

Aquel día estaba muy contento, había trabajado muy duro ayudando al abuelo en las tareas del huerto y me había ganado 100 pts, toda una heroicidad para un niño de siete años. El día había sido caluroso y sofocante, y me habían dado un azadón para que les ayudara a coger patatas para la casa. Estaba dispuesto a gastarme la mitad de mi dinero en la tienda de golosinas, así que tras salir de la huerta del abuelo me encamine hacía allí, era un trecho corto de unos cinco minutos a pie y no había que preocuparse de los coches, apenas había ya que me encontraba en mi pueblo. Todo transcurría tranquilo a mi alrededor, ancianos encorvados peleándose con las abruptas calles, niños de los recados, mayores en el bar jugando a las cartas, todo me parecía un mundo pintando en lienzo, algo ideal. Por fin llegue a la tienda de golosinas, pero justo cuando iba a abrir la puerta de la entrada dos bicicletas me rodearon. Las montaban dos adolescentes pajilleros de unos catorce años, y yo me quede perplejo y pensé que había gente rara por el mundo. Así que me decidí a salir del círculo pero uno me bloqueo el paso y me dijo:
-¿Dónde crees que vas chaval?- la pregunta era tan tonta que incremento mi asombro.
– A comprar golosinas, ¿no lo ves?- conteste cansado de mis interlocutores.
A continuación el chaval me pego tal patada que me tiro al suelo y a mi se me quedo cara de pocker ante el asombro de la situación. ¿Quién se puede imaginar con siete años que va a ser humillado por un niño que le dobla la edad? La cuestión era que los adolescentes no querían nada de mi excepto divertirse a mi costa.
Las vejaciones continuaron sobre mi persona y yo empezaba a lagrimear de impotencia. Ellos me insultaban y me escupían y yo no sabía que hacer ni que decir, pero si que tenía clara una cosa, no iba a consentir que me vieran llorar, antes muerto. En un descuido de mis atacantes salí corriendo lo más rápido que daban mis pequeñas piernas, pero enseguida me di cuenta de que ellos iban en bicicleta y me doblaban la edad, no iban a tardar mucho en cogerme. Así que en medio de la carrera me vino la fulgurante figura de Ulises y sus hazañas que papá me leía cuando antes de dormir. “La victoria no radica en la fuerza, sino en la astucia” recé porque esto fuera verdad y de repente ante mi se abrieron unas escaleras y las subí como alma llevada por el diablo. Mis perseguidores apunto de darme caza se pararon ya que no podían subir con las bicis y era peligroso dejarlas en la calle ya que las podían robar. Seguí corriendo hasta que los perdí de vista y cuando llegue al recodo de una calle conocida me senté a recuperar el aliento y lloré. Lloré todo lo que me había aguantado antes y lloré por el miedo que habían infligido esos villanos.

Pasado un cuarto de hora ya me había calmado un poco pero tenía una gran herida en el corazón el de la deshonra y no quería contárselo ni a papá, ni a mamá, ni a los abuelos sería la mayor vergüenza del mundo. En ese instante pasó por delante mía alguien en bicicleta, y yo levante la vista temeroso de que fueran otra vez mis atacantes deseosos de más sufrimiento humano, pero no; era mi hermano:
-¡Caesar!- exclamé aliviado y fui corriendo a abrazarle.
– ¿Qué te pasa?, ¿porque lloras?- me pregunto con preocupación. A mi me daba vergüenza contarle mi humillación pero sabía que el iba a ser comprensivo.
Le conté toda la historia con todo lujo de detalles y al final de mi narración, agacho la cabeza apretó el puño y dio un puñetazo al manillar.
-¿Estás bien?- le pregunte. No dijo nada pero note una chispa en su mirada.
-¿Siguen estando en la tienda de golosinas?- preguntó impaciente.
-Si, creo que si…
Se bajo de la bici, cogió un palo de suelo se lo metió por dentro en la camiseta para que no le molestara al conducir y me indico que subiera a la bici. Mi hermano era muy valiente, tenía 10 años y era pequeñito, más que la media, pero según mi abuelo tenía dos cojones y mucha mala leche, yo nunca supe lo que significa hasta ese día. Cuando por fin llegamos a la tienda de golosinas se paro a unos diez metros de los chavales y me dijo que bajara.
-¿Son esos Raúl?- me pregunto.
-Si…
Estudio el terreno como un magnifico estratega y a continuación dijo a los chavales:
-¡Ey!, ¿vosotros habéis pegado a mi hermano?- estos se dieron la vuelta y le contestaron
-Si, so gilipollas, hemos pegado a esa mierda de crío y ¿qué me vas ha hacer?-
Mi hermano les miro con ira y me dijo que no me entrometiera por nada del mundo. Los adolescentes estaban muy confiados, sacaban cuatro años a mi hermano y dos cabezas, tenía superioridad numérica y eran unos arrogantes. Todo pintaba mal y le dije a mi hermano que lo dejara pasar, que no me importaba. Pero él se subió a la bicicleta saco el palo de su espalda y lo blandió en el aire cual espada atronadora. Parecía un espartano en su caballo, con la espada en la mano luchando con el ejército rival. El símil era inigualable, de verdad que si lo parecía. Mi hermano se dirigía a ellos a todo velocidad gritando como un jinete a punto de colisionar con las lanzas del enemigo, dirigido en el aire contra su más fiero rival. Los chavales le plantaron cara dispuesto a darle una paliza, pero Caesar cogía cada vez más velocidad y blandía el palo con más fuerza, se puso en un lateral de la bici dispuesto a saltar y dejo que esta se estampara contra uno de sus oponentes al mismo tiempo que saltaba de la bici para no correr su misma suerte. Todo pasó muy deprisa al chaval al cual estampo la bici se hallaba tirado en el suelo gimiendo de dolor, pero todavía quedaba otro aún más fuerte y peligroso. Caesar no les dejo un minuto de tregua empezó a dar estocadas con el palo, acertándole en todas. Primero en el estomago, lo que hizo que su oponte se agachara del dolor a continuación un mandoble en la cabeza lo que derribo al suelo y después sanguinariamente arremetiole a patadas. Pero el del impacto con la bici había se había recuperado y reclamaba venganza, el muy tramposo intento pegarle por detrás pero Caesar como soldado viejo adivino sus movimiento le propino tal puñetazo que le salto varios dientes…

Volvíamos de camino a casa, Caesar agotado y yo con una sonrisa de oreja a oreja, los chavales habían salido corriendo maldiciéndonos y llorando, iban a necesitar algo más que un dentista. Caesar me dijo:
-La próxima vez se un espartano y no un hombre- me sonrió acariciando mis pelos revueltos. Ese día había recuperado mi honor y por primera vez había catado el sabor de la venganza…

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2 pensamientos en “Un asunto de honor

  1. ¡¡¡¡Dios mío!!!!! Pero si eres el hermano de Leónidas…

    Raúl, me ha encantado tu historia. Yo no tengo hermanos -soy hijo único-, pero sí que me pasó una historia parecida con mi primo, que era mi protector cuando estaba con él. Vaya Leónidas estaba hecho.

    Te había visto en algún comentario del blog de Manuel -Key of the Twilight-, pero no había enlazado nunca tu blog desde ahí. Pero, nunca es tarde si la dicha es buena, así que, ya me has enganchado como lector… Gracias por tu comentario.

    Un saludo.

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