Avante poca

Caían los calurosos rayos del Sol sobre la superficie aterciopelada del mar. Como algo místico y silencioso esos mismos rayos que resbalan sobre el agua volvían a nosotros en un reflejo, haciéndonos achinar los ojos y adoptar esa expresión facial que caracterizaba a los viejos marineros tostados por el sol, con canas en la barba y esas manos duras y ásperas con arrugas, acumuladas por la tensión de plantar cara a ese enemigo silencioso que haría enmudecer al más grande de los fanfarrones, el mar. Cada vez que nos acercábamos más a la costa y acariciaba ese olor salino mi adrenalina aumentaba a raudales, hacía años que no veía a mi más mortal enemigo. Allí andábamos Darío, Guzmán y yo, camino a un velero de no más cinco metros de eslora que nos había dejado el padre de Guzmán para celebrar su nueva licencia. Mi primera impresión fue fantástica, era precioso. Darío me dijo que no era gran cosa, pero yo que sabía era alguien que solo podía amar el mar en la distancia y esto cubría mis mejores sueños. Enseguida me monte y empecé a recitar a mis amigos de memoria, las grandes aventuras de Jim Hawkins, del famoso pirata Sir Francis Drake y de cómo ese perro inglés hacía la pascua nuestros rabiosos y bajitos antepasados. También me apresure a contarles la historia del Cabo de Hornos y de como a todo aquel que lo atravesara se le concedía el magnífico honor de poner un pendiente en su oreja. Y como no podía faltar les aventure algunos capítulos de Ismael y su Moby-Dick. Cuando soltamos amarras ocurrió el desastre y es que Guzmán marino novato hizo que partiéramos sin utilizar el pequeño motor para salir del puerto y no tenía ni idea de como arrancarlo. El barco empezaba a ser arrastrado por la corriente y Guzmán seguía tirando de la anilla del motor y este no se arrancaba. La corriente empezó a ser más y más intensa, Darío empezaba perder los nervios.

-¡Quieres arrancarlo de una puñetera vez!- gritó a Guzmán.
-Hago lo que puedo- contestó con preocupación.
Mientras seguían discutiendo el barco se acercaba cada vez más a las paredes del puerto e íbamos a chocar en seguida. Yo también empezaba a perder los nervios y no iba a quedarme con los brazos cruzados viendo como nos íbamos a pique, así que me quite la camiseta agarre un cabo y salte de cabeza al agua. A continuación empecé a tirar con todas mis fuerzas, enseguida comprobé que yo solo no iba a poder moverlo. Antes de que abriera la boca Darío me había imitado y se había tirado con otro cabo. Los dos tirábamos lo más fuerte que podíamos pero no conseguíamos hacer nada, la corriente era muy fuerte. El barco seguía la maldita dirección de choque y ya nos estábamos poniendo en lo peor, cuando un sonido sordo y un poco de humo inundaron el ambiente. El velero cambio de dirección con asombrosa agilidad y Darío y yo nos encontramos remolcados por el velero dirigiéndonos hacía mar abierto, Guzmán lo había conseguido…
Cuando por fin Darío y yo subimos a la cubierta Guzmán ya estaba celebrando nuestra primera batalla con el mar, enseguida bajamos las velas y nos preparamos para las siguientes sorpresas que nos guardaran el mar y el destino. Me subí al mástil mientras caía el Sol y soñé con ser Ismael en busca de ese ballena que todos llevamos dentro y necesitamos encontrar.

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