Diaboli

“Entonces me di cuenta cuando observe esos profundo ojos avellana traslúcidos como canicas nuevas…”

11:00 p.m.-En algún bar de Madrid
-Te digo que sí- argumente a la camarera- el diablo no existe es solo una representación literal que esconde algo más, he estado estudiando el Apocalipsis de Juan…
– ¿Y?- respondió mi interlocutor mostrando una intención de no creerme, aunque se presentase el mismo Papa para corroborarme.
– Lo que yo te digo es que Juan escribió el Apocalipsis en clave, no para interpretarlo literal.
– ¿Por qué debería haber echo eso?- preguntó con desafío.
– Porque era una forma de expresar sus sentimientos de venganza y repulsa contra su mayor enemigo.
– ¿Y quién era?; King-Kong– dijo en un tono de burla que hizo que medio bar resoplara con una carcajada.
– Ponme otro Whiskey y déjame que te cuente bien la historia, sin interrupciones ¿okay?
Asintió como las madres ante las descabelladas ideas de sus hijos pequeños, me trajo el Whiskey y unas cerillas para fumarme un cigarrillo Dunhill. A continuación proseguí con mis deducciones:
Después de la muerte de Jesús los romanos seguían siendo el imperio más poderoso del mundo. Los primeros cristianos (los Apóstoles), eran perseguidos y maltratados por los romanos, eran considerados una secta derivada del judaísmo concentrados como una minoría. Vivían en un clima hostil lleno de dificultades, tanto era así que Juan autor del Apocalipsis que menciona a la bestia, le desterraron a una isla desierta sesenta años después de la muerte de Jesús, en este periodo de tiempo escribió el Apocalipsis como forma de vengarse de sus enemigos; los romanos y en particular Nerón (el emperador de esa época). Lo más interesante de todo es que interpretado literal el Apocalipsis no conduce a ningún lado, pero en clave sí.
– ¿A sí?- preguntó la camarera cada más interesada por mi historia.
– Por ejemplo, ¿con que número identificas tu al diablo?-
– Pues con el 666, el número de la bestia- me contestó aparentemente tranquila.
– Exacto, en aquel tiempo los números se relacionaban con letras hebreas y ¿sabes lo que sale si cambiamos el número de la bestia por letras?
– No…- murmuro pensativa.
“Nero”, que en castellano es…
-¡Nerón!- respondió a viva voz.
– Efectivamente-
También Juan -proseguí- cita en el Apocalipsis a una ramera a la que Jesús dará muerte, ella viste color púrpura y tiene unas letras grabadas en la cara que aún no he conseguido descifrar, también afirma que se sentaría sobre siete salientes…
– ¿Y con que identificas eso listillo?- pregunto asqueada.
– Con Roma.
– ¿Eh?-
– Si, con Roma ¿sabes con que colores se identifica Roma? Con el púrpura y ¿sabes sobre qué se asienta? Sobre siete colinas. Todo encaja, ¿me crees ahora?
– No te creo, solo son conjeturas…
– Yo también te quiero, amor…
– ¿Qué quieres que te diga?, solo eres un borracho más.
El aire nocturno y el frío me sientan bien, así que después de salir del bar evite coger un taxi y di un paseo hasta casa. Siempre me ha gustado disfrutar de la noche y su silencio. Con el gabán por el cuello y las manos en el bolsillo, seguía dándole vueltas a la conversación con la camarera: “solo eres un borracho más”, ¡qué zorra! aunque quizás tenga razón, pero de todas formas ya sabía como eran la gran mayoría de las mujeres, siempre tenían que escupir en tu humilde corazón para dejar claro quién manda, y lo malo de todo esto es que ellas lo saben y siente cierto placer en hacerlo, en humillarte cual perrito faldero qué es en verdad lo que somos, vive Dios.
Subí las escaleras de dos en dos para intentar reducir en vano el alcohol en sangre y abrí la puerta de mi casa. Lo primero que detectaron mis turbios ojos fue el resplandor de una luz encendida. Cerré tras de mi la puerta y encontré en el butacón del salón a una mujer preciosa, rubia con cara de niña aplicada y sonrisa risueña. Era a su vez simple y complicada, bella y precisa, exacta casi etérea. El perfecto cepo para el pecado de un mortal, el primer soplo de viento en un aire mustio. Inaudita, sin duda me digne a compararla con la más bella de todas las Afroditas que han pasado por este mundo: pelo rubio con endemoniados tirabuzones, piel tersa y cálida, labios carnosos, aureola de sabor intenso y curvas elevadas al infinito de su escote. Todo ello impregnado por un precioso vestido rojo a la altura de sus muslos aterciopelados por su increíble juventud, ante todos los detalles prematuros destacaba uno, la mirada.
– ¡Jesús!- se me escapó de repente.
– No lo nombres, no ha venido- me contestó con la voz más dulce e insinuadora que jamás había escuchado.
– ¿Quién coño eres?- pregunté desconcertado.
– Adivínalo…- contestome con una mueca que acentuaba más sus rasgos y la hacía embellecer en silencio.
– No se me dan bien las adivinanzas- le conteste con una sinceridad casi estremecedora.
– Cualquiera lo diría después de lo del bar-
– ¿Has estado en el bar?- pregunté admirado.
– Claro que no, yo estoy en todas partes- lo dijo como si fuera una obviedad.
– Estoy harto de jueguecitos , ¿a qué has venido?- pregunté como un conejito febril.
– Sabes demasiado…- la última mueca que puso no me gusto nada y un fogonazo seguido de un ruido atronador invadieron con descaro mi salón. Vi a ella dejando una Glock encima de la mesa. El impacto fue tal que caí de espaldas en mi sofá, me miré el vientre y de este manaba sangre a borbotones, la sangre cubrió mi camisa de algodón como el agua entra en un barco que se hunde, sin remedio y a la deriva. La mujer se acerco a la cabecera del sofá donde me encontraba yo tumbado y cuando esperaba que me diera el golpe de gracia ocurrió algo inaudito. Me cogió la mano y entrelazo sus dedos con los míos, se puso de rodillas encima mía de tal manera que su cintura formaba una arco con la mía, fue acercando poco a poco su cara a la mía y empezó a besarme lentamente, como si el tiempo se hubiese parado en ese instante. Siguió nuestra pasión nuestras lenguas entre chocaban en ese eterno juego del amor, un lagrima recorrió su rostro y se mezclo con nuestra saliva, cuando acabé de besarla ella se apartó de mis rostro unos centímetros y nuestras miradas se cruzaron con fogosidad. Entonces me di cuenta cuando observe esos profundos ojos avellana traslúcidos como canicas nuevas. La volví a besar dulcemente y el beso se prolongo al compás de la vida que expiraba, volví a apartarla y la susurre al oído, muy lenta y cariñosamente al odio.
– Llévame contigo al infierno, Diaboli.

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