Torturas y celdas

Un sonido seco sacudió la habitación y el resto de las estancias del edificio. Los alaridos de dolor ahuyentaron a las ratas, mientras seguía la dolorosa tortura en nombre de Dios.
-¿Invocabais al Diablo en vuestras reuniones?- pregunto el ataviado inquisidor.
– No, se lo juro padre…- contestó el magullado templario deseando que acabara la inhumana tortura.
– ¡Miente!- profirió el inquisidor inmutable ante la nueva subida de la cuerda que hizo que el templario se desmayase del dolor.
El instrumento de tortura era sencillo; con los brazos cruzados detrás de la espalda y mediante una sencilla polea, los inquisidores empezaban a tirar cuando no oían lo que querían oír y el resultado final era que si note bajaban pronto se te dislocarían los hombros; para los reos de la Inquisición morir era una bendición. Pero ya se procuraba la santa sede de que no murieras y lo peor era que matarte lo tenían prohibido.
-Lombard ha aguantado- exclamó Jacques De Molay, que hablaba con su compañero de celda, Pierre.
-Lo sé, pero pido a Dios que nos de fuerzas para aguantar. ¿Cómo hemos llegado ha esta situación maestre?- balbuceo con desgana, intentado dar conversación al jefe de la orden.
-Hemos sido objeto de la envidia Pierre y lo peor es que nos maten nuestros propios compra tiotas y no los Sarracenos en Tierra Santa como debía ser- dijo exclamando con un bufido.
-Ese idiota del rey de Francia nos la tiene jurada-
-¿El rey Felipe?- pregunto Pierre ya que era un aprendiz que se unió a los templarios en mal momento y no pudo escapar de las garras de la inquisición.
– Si ese, al que le apodan el hermoso, pero por dentro tiene un corazón malvado y de piedra. Hace años que nos tiene bajo el punto de mira, cada vez perdíamos más prestigio por la perdida de los lugares santos. Cada vez éramos más ricos, fruto del duro trabajo y del buen almacenamiento y distribución del dinero. Él solo heredo de su abuelo y de su padre deudas y ni en vida podría saldarlas, su codicia no alcanzaba límites y nosotros somos su solución.

– Pero, ¿yo creía que fue el Papa quién nos condenó?- dijo Pierre mostrando su humilde opinión.
– No, hijo mío. El Papá Clemente V es un pelele en manos de rey de Francia, en realidad no hay cargos para juzgarnos. La mayoría de los reinos colindantes nos declaran inocentes por falta de pruebas.
– Entonces nos torturan para que confesemos blasfemias y actos que no hemos cometido ¿verdad Jacques?- preguntó con una asombrosa deducción.
– Eres un chico listo- exclamó De Molay.
El ruido de unos pasos hizo que los dos se callaran y contuvieran la respiración. El tintineo de unas llaves acompaño al transeúnte durante un largo techo hasta que se paró ante la puerta de sus celdas y la puerta se abrió. Un fraile con hábito negro apareció ante la puerta, tenía un candelabro en una mano y en otra las llaves que se oyeron por el pasillo. Cuando miraron su cara deforme y con gibas se dieron cuenta de que era el carcelero.
-¿Jaques De Molay?- exclamó el carcelero con tono ronco mientras se atusaba la coronilla.
– Soy yo- dijo De Molay.
– Te quiere ver el hermano De Troyes- dijo sin inmutarse.
A continuación Jacques se despidió de Pierre y se alejo con el carcelero al que noto que cojeaba de una pierna. Le siguió por los angostos pasillos de la cárcel donde notaba que los murmullos de los presos se paraban cuando ellos pasaban. Subieron una escalera de caracol ascendieron a la superficie, donde había un pasillo muy largo, en el que primero estaban los despachos y luego la sala de interrogatorios y tortura. El carcelero le condujo al segundo despacho a la izquierda. Llamó apretando los nudillos y con un ruido puntiagudo, al instante se oyó:
– Que pase, que pase- salió al encuentro De Troyes y exclamó:
– Gracias Roman- al instante De Molay se dio la vuelta creyendo conocer a ese hombre pero De Troyes le cerró el paso y le invito con un gesto falsamente amable que se sentara.

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