Y ahora las mujeres…

He estado un mes de aventuras, sueños, viajes y anécdotas increíbles. Pero he venido con una gran decepción en mi alma. Yo que no soy ni machista, ni feminista, un libre pensador, he descubierto que las mujeres están perdiendo su identidad. Esa hermosa identidad que las diferenciaba del hombre.

Me refiero y que quede bien claro, a la nueva generación de mujeres, esas a las que llamamos adolescentes. He convivido mucho, créame el lector, para poder enunciar tan rocambolesca afirmación. Se la ilustraré con un ejemplo práctico. Los hombres (pobres de nosotros), sólo nos fijamos en el cuerpo, diga lo que se diga.

Cuando ya conocemos a la mujer en cuestión, suele pasar que nos llevamos un gran chasco porque choca frontalmente con nuestra personalidad, y es que ya lo dijo un filósofo amigo mío cuando le comente uno de estos temas: “Raúl, sólo serás feliz con alguien que tenga los mismos intereses que tú o como poco, parecidos”.

Pero cuál fue mi sorpresa, que acostumbrado a las mujeres de antes que inteligentemente y con profunda sabiduría se fijaban en la mente, humildad y bondadosa forma de ser de los hombres, ahora llegan la nueva generación y cuando ven por la acera a un tío lleno de músculos prefabricados del gimnasio, con cerebro de mosquito, le gritan a viva voz: “A ese me lo tiraba” y gritan entre ellas “has visto el culo que tiene”, “ se me hace el coñ… pepsicola” a lo que yo dándome la vuelta casi me da algo, ante tal calaña idioteces todas seguidas.

En estos temas las nuevas generaciones se andan fijando: en la brutalidad e inconsistencia moral del hombre, así que ya digo, vamos apañados.

Hecho de menos a mi edad a una de esas mujeres, que sin llevar un vestido caro o enseñar todo lo enseñable con esos tangas que se ponen ahora, sea capaz de hacer que los hombres maten por ella. Y es que lo erótico no consiste en enseñar todas las vergüenzas, sino en insinuar. No me vaya a comparar esas minifaldas echas con el mismo trozo de tela que el de un cinturón, con las faldas por las rodillas de madres y abuelas, que en su generación y con unos buenos tacones hacían temblar el suelo, y que cualquier hombre en su sano juicio se hubiera dejado matar por un beso de ese rojo carmín que con dulzura se teñían en los labios.

Y es que hasta en el maquillaje tienen que desfasar, porque más que mujeres parecen payasos. No me dirá usted que es que hay algunas mujercitas que parece que llevan un kilo de maquillaje para disimular un granito que ha aparecido propio de su edad. Hasta para ir al colegio se maquillan, cosa nefasta, porque luego en eventos especiales, tales como fiestas, bodas y bautizos, parecen que siempre van igual. Y ya por último acabo con la tontería de estar moreno o morena. Que esto incumbe a los dos géneros. Vale que de estar en la piscina, cojas un cierto color y hasta resulte bonito. Pero lo que yo no entiendo es como una persona puede tirarse tres horas tumbada a un sol de justicia, para verse una tonalidad más negra de lo que es. Y encima que se anden echando un zumo de zanahoria o no sé qué, para que si no fuera poco el daño que inflige a su cuerpo se queme aún más.

Querido míos y mías, te pones moreno como una reacción del cuerpo al exceso del sol y para que no te quemes, no para estar más bonito o bonita. Es más, aventuro que en siglos pasados, los cánones de belleza eran contrarios, y estos valoraban estar blanco, porque los que estaban morenos eran únicamente de tanto trabajar. Como dice mi abuelo: “piel aceitunera”.

Así que nueva generación de mujeres mías, fijarse en las madres y abuelas. Qué son ellas las que de verdad enamoran y conquistan a los hombres.

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