Tusitala (el contador de historias)

Acariciaba en mi silla las tapas de la barata encuadernación y mágicamente sentí un impulso, un regocijo. Estaba sin darme cuenta acariciando el libro La Isla del Tesoro y como si de una maldición o en mi caso bendición se tratase me sentí atraído por esas mágicas tapas. Ahora desde mi escritorio lo contemplo, esta viejo y desgastado pero no lo cambiaria ni por una edición bañada en oro. Es un libro de aventuras que en vez de contarte una historia, hace que tu seas el protagonista y añado más: quien no haya soñado alguna vez con ser Jim Hawkins a bordo de la Hispaniola nunca ha vivido aventuras. Pero por hoy dejo este tema y vamos a hablar del autor Robert Louis Stevenson.

El señor Stevenson nació en Edimburgo en 1850 en el seno de una familia acomodada. Su padre era ingeniero y en la juventud estuvo bastante influenciado por él hasta el punto de que en un primer momento optó por estudiar ingeniería naval, cosa que después desechó y se dedicó al derecho. Stevenson nunca gozó de buena salud, él siempre vivió con eso. Se cuenta que una vez que visito al médico, este le dijo que si seguía llevando la vida que llevaba moriría joven. Stevenson le respondió: Doctor, siempre se muere joven.

Después de acabar su carrera de derecho y tras un no muy exitoso empleo como abogado se enamoró de Fanny Osbourne la cual tenía diez años más que él y estaba casada. Después de un divorcio de parte de Fanny, Stevenson se casó con ella. Su estado de salud empeoraba a ritmos agigantados y ya empezaban a aparecer los primeros síntomas de tuberculosis.

ImageEl matrimonio se dedicó a viajar en busca de mejores condiciones para el genial escritor. Estuvieron en lugares como: Davos, Suiza, Nueva York donde conoció al célebre escritor Mark Twain autor de Las Aventuras de Tom Sawyer y San Francisco.

Por fin deciden instalarse en Samoa una isla del Pacífico Sur. Allí su relación con los nativos es excelente y le bautizan como Tusitala (el contador de historias). El final del señor Stevenson es triste, en 1984 muere de un ataque cerebral un año antes relata: “Durante catorce años no he conocido un solo día efectivo de salud. He escrito con hemorragias, he escrito enfermo, entre estertores de tos, he escrito con la cabeza dando tumbos”. Se cuenta que cuarenta jefes samoanos abrieron camino entre la densa vegetación hasta la cima del monte. En su tumba están los siguientes versos escritos por él:“Aquí yace donde quiso yacer;/de vuelta del mar está el marinero,/de vuelta del monte está el cazador”.

Para terminar este homenaje a este gran autor del siglo XIX, deciros sus tres obras a mi juicio clave: La Isla del Tesoro, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde y El Diablo de La Botella. No queda sino recomendarles que si no han disfrutado de alguna de estas excepcionales novelas lo hagan, dejen el televisor y disfruten con un libro que realmente les va ha hacer soñar.

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