Lobo II

Cuando encontró la Glock en la mesilla no dudó ni un momento. Apretó el gatillo, fruto de la casualidad o no, el arma emitió una breve percusión y ningún olor a pólvora. No se creyó que la vida fuese tan perra, no tenía suerte ni para pegarse un tiro. Tiró la pistola al suelo y se encamino hacía el despacho que utilizaba en ratos libres para darle a la tecla. Cuando entró por la puerta la idea de suicidio no había cambiado en absoluto. Contemplo como el tocadiscos reproducía la lenta melodía que Charlie Parker acompasaba con su saxo, le pareció tan melancólica que quiso apurar el tiempo de ejecución. Encima del escritorio, al lado del ordenador había un cenicero lleno de colillas y algunas sustancias relacionadas con el THC de las que no se sentía demasiado orgulloso, que se le va ha hacer. El no había elegido esta vida. ¡Puta excusa de cobardes! Siempre se había preguntado por qué teníamos médicos del cuerpo y no del alma.

No todos los dolores son iguales pensaba, es más jamás entiendo ese dolor que provocaban los pasionales sentimientos. Poco importaba ya. Se desaflojo la corbata y la engancho al ventilador que colgaba del techo. Acto seguido se subió a una banqueta y como si de una pita corrediza se tratase, se anudó con un nudo marinero la corbata al gaznate. Vamos Lobo ya falta poco. Saltó de la banqueta y se quedó suspendido en el aire, balanceándose. Izquierda, derecha, adelante y atrás. La cabeza y sus perfilados rasgos empezaban a coger un tono morado. Notaba una presión insoportable en el cuello, como si los músculos cervicales se le fueran a partir de un momento a otro. Cuando estaba a punto de morir, el ventilador cedió y Lobo cayó al suelo de bruces. En vez de blasfemar como un perro, aulló dolorido y casi sin voz. La presión y la sensación habían sido estremecedoras. Casi perdió lo más preciado de su existencia: la vida. Se quito la corbata y murmuró casi al silencio – Hoy no es mi día- Se dirigió rápido al salón y se sirvió una copa. A lo lejos en la ventana se contemplaba el resplandor de la luna llena. Pensó que su propia naturaleza le había salvado de su muerte. Estaba en deuda con la vida. En ese instante sonó el teléfono.

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