Tabaco y Biblioteca

En aquel santuario dedicado al silencio estaba a gusto. Ningún ruido incomodo hacía que desviase mi atención. Nadie en aquella sala me dirigía la palabra y aunque estuviésemos juntos, cada uno soportaba sus fantasmas, melancolías y recuerdos de tiempos mejores que ya nunca volverían.

Allí estaba yo en la biblioteca, concibiendo un nuevo modelo de estudio, lejos de las estresantes sesiones del día anterior a un examen, en las que ni aprendías ni dejabas de aprender. Concentrado en el mundo griego y su inmensamente amplia forma de ver la vida, percibí extraño los pasos simétricos de una mujer. Eran acompasados y melodiosos. Instantáneamente me di la vuelta y la observe a lo lejos. De mediana estatura, el pelo recogido por adelante y suelto por detrás. Como si se acabara de levantar. Ojos avellana, de un marrón noble y casto. Sus labios eran pálidos y carnosos, mirada intuitiva y curiosa. Su vestimenta se componía de unas Converse de calzado, unos tejanos firmes hasta media cintura, una camiseta que insinuaba perdición para los mortales y por encima de esta una chaqueta a modo de chal que le daba aire distraído y desenfado.

A primera instancia seguí estudiando. En las bibliotecas abundan multitud de bellezas que todo lo han conseguido y van a por más. Me refiero y que quede bien claro a ese tipo de mujer que ocupará un cargo alto en alguna sucursal bancaria, que dirigirá de una forma u otra el país y todo ello sin despeinarse, sin perder por ello su encanto, su aura, su belleza. Ante tal despliegue de encantos un servidor como yo se queda abrumado, que no acojonado. Y simplemente por respecto y para no perder la poca dignidad que me queda me quedo callado y me concentro con más fuerza en lo que hago, pero al parecer muchas de ellas no piensan en lo mismo.

La alegre muchacha se sentó a mi lado. Yo en un principio no me incomode, pero al instante note como los ojos de la mitad de los muchachos de la biblioteca se clavaban en mí, pensando en mi fortuna o desfortuna. La chica sacó de una cartera de asa única unos folios fotocopiados llenos de subrayador chillón por todas partes. Instintivamente mire a sus apuntes, ella miró a los míos y si como un rayo me electrificara enmudecí y continué con mi labor.

Pasaron las horas en aquella ratonera apta para gente luchadora, ella y yo. Yo y ella, seguíamos sin mediar tregua, no había conversación. Involuntariamente de vez en cuando un brazo suyo rozaba con el mío, pero al instante avergonzados, los brazos volvían a su posición inicial. Todo marchaba con tranquilidad pero note como su respiración y ansiedad aumentaba cuando una joven de enfrente sacaba un paquete de cigarrillos. Al instante mi sonrisa se iluminó. Muchas veces me habían contado que la gente mataba por un buen cigarrillo. En la guerra más preciado que el oro y la comida, es el tabaco. Placer a bocanadas. Y dirán, pero el tabaco mata. Si no matase, perdería su encanto.
Saqué mi paquetillo arrugado y con un toque seco en la parte de abajo, salieron tres cigarrillos en desiguales proporciones como si de una escala se tratase. Se los puse a la vista cosa que no hacía falta ya que había fijado su atención en mí. Me miró con ojos curiosos y esbozó una sonrisa fina, sin mostrar mucho los dientes, de sorpresa y gratitud. Con sus dedos finos cogió uno, al instante yo cogí otro que sobresalía y me lo puse en la boca.
-¿Vamos fuera?- la pregunté.
-Claro…-contestó ella.

Por fin oí su voz, era casi etérea, como un susurro de media noche. Quede fascinado. Bajamos las escaleras ella delante y yo detrás. Al llegar a la salida saludé al guardia con la mirada y salimos a la calle.

Saqué del bolsillo de mi chaqueta un Zippo. Abrí la tapa y ella me miró con el cigarro en la boca. Mis yemas hicieron rodar la piedra y el fuego en contacto con el aire empezó a realizar su magia. Acerque el mechero a su cigarro y justo en el instante que lo encendía nuestras miradas se clavaron. Ella aspira con fuerza y en un pestañeo note como se relajaba. Ahora su perfume se mezclaba con el lindo aroma que en momentos así le da el tabaco. Encendí el mío. Y disfrute una vez más de los pequeños placeres que da la vida. Me levanto cada día pidiendo a Dios tener un día así.

Publicado en Diario Granada

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4 pensamientos en “Tabaco y Biblioteca

  1. Continuco yo con la historia 😛

    ….Mientras fumaban hablaron de cine, musica y otras trivialidades, semanas despues seguian frecuantando la biblioteca juntos fumaban y charlaban de diversos temas. Un mes mas tarde eran novios y 2 años depues se casaban en una iglesia con sesion especial para fumadores.

    Pasaron una exquisita luna de miel fumando en las islas “galapago”. Tuvieron 2 hijos y el mayor a los 13 años aprendio a fumar, pero el quiso experimentar un poco mas y siguio con pasta, hachis, marihuana y otros pertenecientes a la familia de los aspirables.

    A los 18 su hjo mayor es internado en un hopistal de rehabilitacion. Sale del hospital a los 20 despues de 2 años de rehabilitacion y entra su mama a otro hospital por cancer pulmonar.

    Y mejor no termino la historia de “La familia fumona” por que retana se enojara… :`(

  2. ¡Joooooooooder!

    Me ha encantado. Y, ¿quién no ha soñado con alguna mañana hacer realidad ese sueño en la biblioteca de la universidad con la buenorra de turno en ese curso o en cursos posteriores?

    Muy buena la historia y me ha vuelto a llevar a una época que casi tenía olvidada…

    Un saludo!

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