El anciano y Haiku

Cuentan las leyendas que en los tiempos en que todavía el honor era una forma de vida, en las lejanas montañas de Oriente, donde el Sol nace y empieza cada día su nuevo ciclo, un sabio monje contuvo al más grande de los ejércitos. El temible ejército de Haiku, un señor feudal que tenía a sus órdenes a los más terribles y magníficos guerreros samurái, los cuales se hubieran quitado la vida con que la boca de su dueño y señor lo hubiera pedido.

Haiku era un señor de la guerra que respetaba las tradiciones de su pueblo. Jamás había tenido en la vida ningún desliz, ningún guerrero jamás lo había vencido, tanto era así que le llamaban el perfecto, el elegido para gobernar y ya muchos lo elevaban a la categoría de Dios en la tierra, ya que si nadie le había vencido era porque los dioses querían que él y solo él estuviese allí.

El perfecto conquistó la mayoría de los territorios de manera directa y sin vacilaciones, cuando trazaba un plan era como las olas del mar, que una vez creadas no hay nada que las impida llegar hasta su objetivo y batirse contra la costa. Empezó a conquistar los pantanos del norte y a descender los collados del este. Haiku no se creía un ser superior pero no pudo evitar la emoción de todo lo hecho hasta el momento cuando empezó a ver suyos los campos del sur.

A sus enemigos los trataba con benevolencia y honor, jamás se vengaba de las bajas que hubieran podido causar a sus tropas, ya que como el buen guerrero sabe, todo prójimo debe defender con la vida lo que ama, y ellos lo defendían. Una vez conquistado el terreno, Haiku permitía que se hicieran el seppuku (también llamado hara-kiri, antes de ver su vida deshonrada por un delito o falta, recurrían con este acto para darse muerte) aquellos que considerasen la derrota una deshonra, y a aquellos que no, el perfecto les dejaba que continuasen con su vida normal a cambio que le reconociesen fidelidad a su nuevo amo.

Así pasaron largos inviernos, monasterios arrasados, tanto fue así que el más anciano de todos los monjes del Japón tuvo una premonición. Haiku se encamina hacía su monasterio, el último que le quedaba por conquistar. El más grande de todo el imperio, el más espléndido. Aquel monasterio sobresalía en el valle de una montaña y tal era el alma de este que solo con verlo uno respiraba en paz.

El perfecto desde la lejanía vio el monasterio y en seguida le recorrió una paz inmensa, como si le brotase una flor, pero entonces la mala hierba de la impaciencia y la avaricia ocuparon su corazón y se propuso conquistar aquel último monasterio antes de que cayese el Sol. Antes de que anocheciese sería el dueño de Japón.

Mandó al mejor escuadrón de su ejército que fulminó a todos los enemigos que se ponían por el medio. Pasaron las horas y la sangre se derramaba por los escalones del monasterio. Haiku se empezó a impacientar pues solo faltaba una hora para el ocaso. Su mejor general salió del monasterio y le dijo:

-Señor, ya hemos conquistado todo el monasterio. Solo nos falta un monje…

-¿Cómo que solo os falta un monje? -preguntó Haiku sorprendido.

-Señor, es algo que tiene que ver usted mismo….

Haiku entró en el monasterio avaro de sí, ¿cómo podía un mísero monje separarle de la victoria, de ser el dueño de Japón?

Se encaminó impaciente a la sala donde el anciano monje se encontraba y pidió que los dejaran a solas.

El monje estaba vestido con el hábito anaranjado y estaba sentado en la posición de loto. Tal era su aura, su grandeza que le pareció imposible hacer el más mínimo daño a aquel increíble ser. No le extrañó que incluso el más fuerte de sus generales no hubiera podido hacer frente a aquella alma. Pero él era Haiku, el perfecto, el elegido por los Dioses para ser dueño y señor del Japón. Y tras ver que el monje estaba meditando y no le hacía el más mínimo caso impuso su voz:

-¿Sabes ante quién te encuentras ignorante viejo? Podría traspasarte el corazón con mi espada sin pestañear…

-Acaso sabes tú Haiku, ante quién estas. Yo podría dejar que me traspases el corazón sin un pestañeo….

A continuación Haiku sacó su katana ante la insolencia del viejo y una repentina rabia interior se apoderó de él. Con su sable apuntó al corazón del monje que seguía igual que como se lo había encontrado y blandió su espada en él. Sacó la espada y el cuerpo del viejo lentamente cayó tumbado, pero su rostro era el mismo que momentos antes se había encontrado, si no fuera porque de lado izquierdo de su hábito manaba la sangre nadie hubiese pensado que aquel viejo estaba muerto.

Haiku abatido se arrodilló en el suelo, saco una daga de su cinturón y se corto el moño, es lo que hacen todos los samurái cuando han encontrado un enemigo más fuerte que ellos. Lo último que se recuerda de Haiku es que llamó a su general y le dijo que preparase la ceremonia del seppuku.

Y así es como un monje contuvo al gran ejército, dejando libre el Japón.

Inspirado en un relato de Alejandro Jodorowsky.

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5 pensamientos en “El anciano y Haiku

  1. Por un momento pensaba que estaba sacado de un manuscrito japones xD

    Me ha gustado bastante ^^

    Un abrazo hermano, cuidate 🙂

  2. El estilo me ha recordado a los cuentos de Andersen , Perrault y todo eso, muy popular… pero al final te ha salido la vena Palahniuk con lo del hara kiri 😉 :).
    Me ha gustado.
    Un abrazo

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