Javier Marías y yo

Eran un día de mayo, posiblemente finales, y una tormenta del carajo amenazaba con estropear la tarde a los enamorados que se aman en los parques y no tienen más cobijo. Y por este sitio precisamente caminaba yo, a zancadas grandes, pidiendo a San Pascual Bailón que precisamente hoy, en la feria del libro no lloviera. Un trueno suena en la lejanía y yo me cisco en los muertos del santo, que no me hace ni caso. Sin más me encamino al metro.

Cuando salgo en el madrileño parque del Retiro las nubes se tornan quietas y mansas, y parecen dar tregua. Yo ya previamente había leído en el blog de Javier Marías que iba a estar firmando libros sobre las siete. Eran las cinco y me sobraba tiempo así que me di una vuelta por las casetas del castizo parque, como los viejos, para matar el tiempo. Lo primero que hice fue buscar la de Marías para tener una referencia, e instantes después cuando ya sabía en cual se iba a poner a firmar, los demás libros de la feria me importaron un pepino. Así que a grandes zancadas me interné en otro parque, con bustos, estatuas y como en todos los parques: jóvenes fogosos metiéndose mano. Y pensé: -Si todos los millonarios y políticos tuvieran este pasatiempo, se acabarían las guerras, la avaricia, la miseria-. Es lo que yo llamo: pasión de juventud. Pero está visto que cuando uno se vuelve mayor se vuelve gilipollas. No falla. Y me digo que si a nuestro presi Zapatero, o al todopoderoso Bush, le echaran un buen polvo de vez en cuando, todo iría muchísimo mejor. Sería como echar aceite a unos engranajes que chirrían. No piensen mal.

Consumí el tiempo en la plaza de Carlos I, al son de los timbales, mientras coches de policía registraban a varios negros en busca de hachís. El tiempo pasó más deprisa de lo que creía. San Pascual Bailón definitivamente me abandonó, y se puso a llover. Calabobos lo llaman, es decir, una lluvia tan fina que apenas se aprecia, pero que te cala hasta el tuétano, y más que nada te mojas por iluso. Volví otra vez a la zona de las casetas y me dirigí justo a la de Marías, esperaba que hubiera una cola del copón, pero no lo había. Había una, en la caseta de al lado, donde iba a firmar Laura Gallego -espero que mi mejor amigo me perdone- pero no me atraía en demasía. Es posiblemente la mejor narradora española, con una imaginación desbordante, pero nunca me ha atraído el género fantástico. Eso no quita que me alegre por ella y sus fans. Me apoyé en frente de la caseta para ver si ocurría algo.

Todavía faltaba un cuarto de hora para que llegara oficialmente, y yo pensaba que incluso se retrasaría más, pero de repente se abre la puerta de atrás de la caseta y aparece un señor de estatura mediana, calvo por la parte frontal de la cabeza, abundante cabellera en el resto. Rostro pálido, paraguas en mano, pitillo en la otra. Camisa azul conjuntada con una americana color marino. Rostro afable, con algunas canas en las patillas. Sus gestos inspiraban serenidad pero sin ser serios. Como alguien que ha vivido mucho, que sabe de la vida. Transmitía como un aura de respeto y claro, yo me quedo atolondrado.

Sin más me encamino hacía la caseta y solo un señor esta delante de mí, en la cola. Compro su primera novela Los dominios del Lobo que escribió con apenas dieciocho años, y me dice con una voz suave y pausada:

-¿A nombre de quien lo pongo?

Y yo pienso: no me lo creo, Javier Marías me está preguntando, rediós.

-Raaúll Rettannaa- balbuceo.

Con una estilográfica de perfiles geométricos y retazos de oro empieza a escribir, lo más curioso, es que lo hace muy lentamente, midiendo las palabras. Advierto que es zurdo. Y le pregunto sin más:

-Oiga, me he enterado que usted da clase de filosofía en la Universidad Complutense.

Deja de escribir y me mira pausadamente, y yo advierto que tiene un pin en la solapa de la americana y que este es de Quevedo.

-Bueno, di clases cuatro años, pero no de filosofía…

-Es que estaba pensando en estudiar esa carrera y me preguntaba ya que estuvo usted allí, que qué salidas tiene….

-Bueno, no muy buenas la verdad, como mucho acabar de profesor, pero si es lo que a usted le gusta…- me dice y pienso: me ha llamado de usted… Casi me elevo del suelo.

-El que era filósofo era mi padre- me dice, y yo ya lo sé. Su padre fue el discípulo de Gasset.

-Hay que estudiar lo que a uno le gusta y luego ya se verá-continua diciendo… Me sigue firmando el autógrafo, me entrega el libro, me da la mano y me dice:

-Muy amable….

Y le digo que gracias. Nos despedimos con una cortés sonrisa y me voy todo ilusionado. Empieza de nuevo a llover pero ya me da igual. La firma reza:

Para Raúl Retana,

esta novela ya

prehistórica:

clemencia.

 

Saludos

Javier Marías

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3 pensamientos en “Javier Marías y yo

  1. Me puedo imaginar perfectamente cómo te sentías, me has hecho vivirlo a mí.
    Ojalá pueda contar yo algún día en un post mi encuentro con Pérez Reverte. 🙂

  2. Estupendo el artículo acólito. Javier Marías es para mí, con Juan Marsé y Eduardo Mendoza, el mejor novelista español vivo. Yo a quien vi fue al maestro don Agustín García Calvo, en una charla que dio en Córdoba, de la que salí encantado. Un saludo, Raúl.

    PD: el pin de la solapa de Marías me parece que sería de William Shakespeare.

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