Lourdes

Virgen de Lourdes

Virgen de Lourdes

Había pasado mucho tiempo desde entonces. O por lo menos él había vivido mucho. El castillo de aquella ciudad francesa quedaba insignificante al lado de la majestuosa catedral, que se atisbaba a inicios del camino. Había pasado una semana desde que abandonara la frontera con España y se internara por las verdes praderas del sur francés. El viaje había sido cómodo. Todo lo cómodo que es un viaje a pie. Ya todo importaba poco. La comodidad siempre fue para él un segundo plano.

Su nombre era Tomás, llevaba un pañuelo morado en la cabeza y viajaba solo. Nadie sabía dónde estaba. Muchos le creían escalando, o de aventuras como siempre hacía. Pero esta vez algo dentro de él le impulsaba a realizar un viaje que desechaba todo lo que había buscado o creído importante anteriormente. Este era un viaje diferente. Un viaje hacía sí mismo. Un viaje a su interior.

Avanzaba por la estrecha carretera sin querer ir al santuario de golpe. Prefería conocer antes la ciudad y si podía ser el castillo. Los coches le venían de frente. Iba por el carril contrario porque así era más fácil ver el vehículo. Extraña paradoja. A unos pocos metros empezaban las primeras casas. En una de ellas un pintor remataba la fachada.

Un súbito dolor se le instauró en la cabeza. Apretó los dientes hasta el punto de rechinar. La punzada le hizo doblarse e hiperventilar. Dejó la mochila en el suelo y consumió una pastilla que se metió debajo de la lengua. Al instante el dolor cesó.

Tardó más de media hora en llegar al núcleo del pueblo. Aunque no sabía si aquel era el núcleo. Lourdes ya no era un pueblo. Era una ciudad. Las calles estaban abarrotadas de tiendas, la mayoría de ellas dedicadas en exclusiva al culto y reliquias de Bernardett, la niña a la que se le apareció la virgen. Una extraña línea recorría todo el lugar. Era azul clarito, y marcaba la ruta por la que el Papa en una visita próxima desfilaría.

Antes de marcharse del centro, le entró hambre. Buscó un restaurante lo más barato posible y entre tanto comercio encontró una <<M>> grande, redondeada y amarilla. ¡Un McDonald’s! Jamás se lo hubiera esperado. No es que le gustará este tipo de lugares especialmente. Y aunque insanos, tenía lo que Tomás denominaba las tres ventajas. Rico, barato y rápido. Y a estas alturas lo que menos le preocupaba era su figura. No sabía siquiera si iba a ver un próximo verano para “exhibirla”.

Entró en el restaurante y se dio un atracón con un menú gigante. Cuando uno se pone, se pone de verdad. Tras descansar un rato y pedir un café que le fue servido en un vaso de plástico, fue al servicio y orinó con gran alivio. Cogió sus bártulos y descendió todo lo que había subido para llegar al santuario.

"La catedral se erguía inmensa y se hallaba a unos cien metros de distancia."

Lo primero que observó nada más bajar era que a medida que se acercaba, los hospitales y hoteles que albergaban enfermos aumentaban como si se acercaran al calor de una hoguera. Había muchas personas en el mismo lado de la acera descendiendo en sillas de ruedas improvisadas de color azul. También bajaban a su lado, monjas de blanco y otras tantas de negro que pertenecían cada cual, a su orden religiosa.

Ante sus ojos se abrió como si de un parque natural se tratase, unas enormes verjas que delimitaban el perímetro. A el margen derecho de la posición de Tomás corría el río Gave de Pau que alimentaba la fuente milagrosa de Lourdes. La catedral se erguía inmensa y se hallaba a unos cien metros de distancia, unida por un paseo y unos jardines bien cuidados.

El recinto en conjunto era majestuoso, al igual que las gentes que visitaban este lugar santo que se remontaba a unos hechos ocurridos ciento cincuenta años atrás. Había de toda clase y nacionalidad. Abundaban españoles, orientales, negros, hindúes y así un largo etcétera. Pero de los que más había, no tenían nacionalidad. A pesar de ser el pueblo más perseguido y rechazado. Se trataba de los enfermos. Tomás siempre pensó que toda enfermedad era una carencia de amor que se manifestaba. Era un SOS del cuerpo. Para que le curaran algo físico y le curaran el alma. Algo que la medicina moderna con su insoportable soberbia había rechazado. El alma alteraba el cuerpo y los médicos se empeñaban en poner parches que solventaran el problema durante un tiempo, aunque jamás lo hicieran de raíz.

Tomás se entristeció al ver tanto fracaso de la “espectacular” ciencia desfilando con los ojos húmedos de lagrimas contenidas. Tras andar los metros que le distaban el paseo se abría en dos direcciones que una vez llegada a la puerta de la catedral se volvían a unir. Ascendió por el de la derecha y enfrente suya, pero en la zona baja había una cueva a lo lejos y una interminable cola para entrar. Próximo a él había unas diez fuentes de pulsador  donde la gente llenaba sus botellas con el agua milagrosa. Las botellas habían sido previamente compradas en una de las cientos de tiendas que poblaban el pueblo. La gente bebía sin cesar y en el suelo, como si de lunares se tratase manchas negras de chicles colmaban el lugar.

Una vez dentro de la catedral, muy parecida a otras en las que había estado, si no fuera porque como si de un delirio se tratase la gente había ido inscribiendo en las paredes, con una caligrafía ya estipulada y bajo abertura previa de cartera, cuando y como se había producido su curación. Era increíble… Tomás se pregunto si eran todas verdad. ¿Qué interés tendría grabar algo allí si de verdad no estabas bien? Cantidad de dudas le asaltaron… Le era imposible tener una posición al respecto.

Bajó a donde antes había divisado las fuentes. Hacía bastante calor, así que se despojó de su pañuelo morado. Los rayos del sol hicieron visible la cicatriz que recorría de lado a lado su pelada cabeza. Al echarse agua por encima, un escalofrió le estremeció. Tenía miedo a que le volviera la interminable punzada.

No quiso ponerse a la cola de la gruta miró a la gente que en ella estaba y sintió una profunda compasión. Se sentó en un banco a esperar nada en particular. Había allí un viejo con una muleta y una pierna bastante hinchada, que esperaba que le dieran un baño en las aguas milagrosas que quedaban a escasos metros de allí. Había bastante cola para entrar. Había dos filas una para hombres y otra para mujeres. Por razones evidentes el anciano no podía estar de pie. Entablaron conversación.

-¿Y usted que le pide?-inquirió el viejo.

-No he venido a pedir. He venido a dar gracias…- contestó Tomás.

-No le aqueja ningún mal eh joven…

-Nada de eso- y acto seguido le mostró su cabeza.- ¿Y a usted qué le pasa?

-Tengo un tumor en la pierna…

-¿Y cómo se llama usted?- preguntó Tomas.

-Bernardo, si Dios quiere la virgen me curará…

Tomás se despidió del viejo al que ya le tocaba pasar a los baños. Curiosamente Bernardett tuvo también un tumor en la pierna. ¿Casualidad? Le era imposible tener una posición al respecto. Unos minutos después el viejo apareció para despedirse. Curiosamente no estaba mojado. Tomás le preguntó la razón y este le dijo que de esa agua salías seco. Pasó el resto del día paseando por ese enigmático lugar. Cuando cayó la noche fue a la estación de autobuses y cogió uno hacía Les Embruns. Una población costera con una bonita playa que quedaba a unas horas en vehículo de allí.

Cuando a la mañana del día siguiente llegó allí, Tomás se gastó los pocos ahorros que le quedaban en un copioso desayuno. A pesar de ello no quiso llenarse demasiado. Se dirigió a la playa y en ese momento una punzada de dolor empezó a inclinar su contorno. Los dientes le volvieron a rechinar. Continuó avanzando por el paseo marítimo. En la primera papelera dejo la mochila. En la segunda su camiseta. En la tercera sus pantalones. En la cuarta su pañuelo, hasta que únicamente tenía el bote de pastillas. Así ya cuando quedó la última papelera. Tiró este y empezó a correr desnudo hacía el mar. El dolor se empezó a acrecentar hasta hacerse insoportable. El batir de las olas se hacía cada vez más presente. El olor a sal inundaba su corazón y sus pulmones se volvieron ácido. Cada vez le costaba más correr. Pero siguió y siguió. Unos metros le separaban de la playa.

Las últimas zancadas fueron como volar. El viento mecía sus cabellos, todo era liviano y jamás algo volvería a ser importante. El dolor se disolvería en el mar. El contacto fue brutal. La belleza del cuerpo desnudo de un hombre estampándose contra el rugido de unas olas que al igual que la vida lo engulleron.

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