Adán y Eva

Muchas personas creen que este mundo está a punto de finalizar. Muchas personas a lo largo de la historia pensaron lo mismo de su época. Adán y Eva no lo creen así. Ellos piensan que si de verdad esto se va a acabar tiene que terminar como empezó: con su historia de amor. Esa historia que engendró a la humanidad y de la cual todos descendemos. La historia de amor de nuestros abuelos más lejanos. La expulsión del paraíso, forzada en la adolescencia. El amor imposible.

Adán conoció a Eva cuando esta estuvo a punto de comer una manzana. Estaban en el supermercado y la fruta roja tenía una pinta muy apetecible. Los carteristas de por allí aprovechaban esos momentos de descuido para hacer su agosto. Y como si de una maldición impuesta por Dios se tratase, a casi todas las señoras les intentaban robar cuando iban a coger manzanas. Adán le alertó y Eva en un movimiento esquivo evitó la corrupta mano. El ladrón huyó a toda prisa y salió del establecimiento, sin mostrar ningún atisbo de la “valentía” que le impulsó a robar.

-Muchas gracias joven, ¿cómo te llamas?- preguntó Eva.

-Adán…
Y así sin más preámbulo se inició esta bonita y trágica historia de amor. Lo que no saben mis adorables lectores es que Adán en estas fechas no contaba con más de una quincena de años y que Eva rozaba ya la cuarentena. Pese a todo y como si estuviese tocada por el cielo, no envejecía. Mis ancestros siempre me contaron que las mujeres no envejecen de verdad hasta que no han encontrado a su amor verdadero.

Adán esperaba a Eva todos los días en ese supermercado. Todas las interminables horas que pasaba en el colegio esperando a que llegara la tarde eran como una tortura. Estaba todo el día pendiente de su reloj. Tic-tac, tac-tic. Y por mucho que lo mirara no avanza ni un maldito segundo. Si Eva fuera una mujer normal tal acoso por parte de un adolescente le sería muy pero que muy molesto. Lo que ocurría, es que ella no sabía por qué disfrutaba enormemente con la compañía de Adán, cosa que le preocupaba ya que cada vez más a menudo sus sentimientos dejaban de ser empáticos y empezaban a rozar la pasión. Sentimiento que las mujeres saben que es harto peligroso.

Su marido hacía años que no le satisfacía, pero su preocupación era la de: ¿cómo puede un niño hacerme sentir tan mujer? La respuesta era fácil: porque primero aquel niño llamado Adán le había hecho sentirse primero persona. A su lado no tenía que aparentar porque no era nada más que un niño. No hacía falta que le comentase cuanto ganaba ni a qué se dedicaba. No había en sus ojos –aún- ese interés desmesurado por el sexo que lo destruye todo y que convierte las conversaciones con los hombres en monólogos sobre su virilidad. Ese niño guapo lo tenía todo. Y estaba enamorado de ella sin saber nada suyo y sin pedirle respuestas a preguntas que no las tienen.

Lo difícil todavía no había llegado. Ambos tenían sentimientos muy confusos pero lo querían hacer. Se querían escapar juntos y ver países. Recorrer mundo y aparentar ante este -tan falso- que eran madre e hijo. Nada más lejos. Querían amarse y escuchar a sus corazones. Querían olvidarse de todo lo que conocieron e intentar aquello que todo el mundo -si lo supiese- les diría que no conseguirían. Para ello no se podía enterar nadie.

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Un pensamiento en “Adán y Eva

  1. Shhh… Silencio. No digáis nada. No rompáis esta historia de amor. Y esperar su desenlace la semana que viene.

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