Adán y Eva II

08:00 am

No hicieron un gran equipaje. Metieron únicamente lo necesario. Todo lo que necesitaban cabía en un macuto. Llevarían una ropa y una muda. Adán estaba ilusionado a rabiar. Eva tenía miedo, cuando envejeces empiezas de repente a tener miedo por todo. Como si realmente al marcharse con aquel niño perdiese algo o alguien. Cuando miras a un espejo y ves que tu reflejo no inspira felicidad, hay algo que cambiar. Y cuando pasa mucho tiempo quiere decir que el cambio ha de ser radical.

Adán dejó una nota a sus padres. No me busquéis, me voy con Peter Pan… Nunca jamás le volvieron a ver. La policía dijo que le buscarían. Pero que no se trataba de un secuestro ni cosa por el estilo y ellos poco podían hacer. Eva por su parte no dejó ninguna nota a su marido. Él sintió que se había ido cuando la fruta que ella le pelaba –porque era un hombre mal criado- no estaba en la nevera.

Le invadió una profunda rabia. Y cogió su pistola –puesto que era sargento de policía- y se la llevo a la sien. Se puso en la terraza viendo el paisaje y justo cuando iba a apretar el gatillo vio una mariposa volar en círculos. Bajó el arma.

16:00 pm

-Una madre y un hijo avanzan de la mano camino del tren hacía París…-dijo un policía por el teléfono móvil…

El sargento Jesús se puso rígido un instante. ¿Sería ella? No estaba seguro le chocaba que fuera con un niño.

-¿Qué lleva en la mano izquierda?- pregunto a su subordinado.

-Mmmm… No se ve muy bien, pero parece un anillo con forma de hoja.

No cabía duda, era ella. Pero, ¿qué hacía con ese niño? ¿Sería su hijo? ¿Por qué nunca le dijo nada?

El rostro de Jesús empezó a entrar en cólera, no era posible, a él no. Nunca se la habían jugado y mucho menos una mujer.

06:00 am

París estaba radiante. Caminaron rápidamente hacía una cafetería y pidieron croissants y una pequeña baguette con mantequilla. Ahora se sentían más seguros. A salvo, lejos de todo lo que les pudiera oprimir. Se fundieron en intenso beso sabor café.

A medida que descendía su nivel de adrenalina comenzaron a relajarse y a arrellanarse en las cómodas butacas. Estaba todo tan bueno que incluso repitieron. No cabían en sí de gozo. Tranquilamente, se fueron de la cafetería y empezaron a vagabundear por las calles y vieron a lo lejos la silueta de la torre Eiffel. En ese preciso instante se dieron cuenta de que estaban terriblemente cansados. Buscaron un motel barato. Y se quedaron dormidos como dos niños viendo París amanecer.

9:00 am

Un hombre bajito, moreno y con bigote se hallaba leyendo un periódico con cara de mal humor. Llevaba calado un sombrero y unas grandes gafas de sol. En ese momento el tren frenó bruscamente, entró el revisor y dijo:

– Bienvenue à Paris Seigneur Jesus…

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