Cuando éramos pobres y felices

Me miró a mí mismo abochornado...

Es domingo. Y estoy en el barrio de Malasaña de Madrid, frente a un edificio donde una vez vivió mi padre. Es un colegio del obispado, que arriba tiene una residencia de estudiantes. Estoy de pie en la calle, mirando a la ventana por donde mi padre miró más de diez años en los que estuvo.  Es la tercera del segundo piso, empezando por la izquierda. Casi le puedo ver e imaginarme esa España, puesto que nada en esa calle ha cambiado ni un ápice.

Aquí no han llegado los padres ladrilleros, ni los concejales de urbanismo, para joderlo todo y hacer chalés adosados, afortunadamente. Me digo que en el Madrid antiguo, inmobiliariamente hablando, es muy difícil aceitar las manos a las autoridades correspondientes. Todo lleva siglos construido. Siglos sin cambiar ni una calle. A las afueras y con todo por construir, ya es otro cantar.

La residencia tiene buen aspecto. Seguramente la habrán ido reformando poco a poco, y adaptándola a los nuevos tiempos. Una mano de pintura aquí, una pequeña reforma por allá. Lo que me sigue pareciendo mágico, es estar donde estuvo mi padre a mi misma edad, y andar por las mismas calles. Enfrente de la residencia, hay un ultramarino, donde mi progenitor y demás estudiantes redondeaban las escasas comidas cuando tenían un duro. Eran escasas, claro que sí. Pero podían considerarse unos privilegiados, tal y como estaban las cosas.

Así mismo, veo un local a pocos metros y en otro edificio, donde ofrecían un menú completo por doscientas pesetas. Reservado este sitio a la época de vacas gordas, que era casi nunca. El local tiene pinta de llevar muchos años en cierre. Al igual que en bar cercano, que queda a pocos metros, justo al lado del subterráneo, y que de igual modo está cerrado. Bar que supongo, quedaría destinado a los disgustos, y a los suspensos. Y por qué no, a las perrerías y a las juergas, y a la vida bohemia e idealizada. Puesto que diez años dan para mucho. Y el barrio de Malasaña, antiguamente llamado Maravillas, tuvo que hacer honor a su nombre.

Hablando de perros, o tendría que decir “las perros”. En el edificio de enfrente a la residencia masculina, estaba la residencia femenina. Donde vivían  “las perros” así las llamaban en tono jocoso. Los edificios están tan pegados como en las juderías. Y el de las susodichas está cerrado, y con signos de haber sido habitado por unos ocupas. Imagínense que escasa era la distancia, que incluso se pasaban el tabaco y lo que no es el tabaco, a través de cuerdas. Se enviaban aviones de papel,  y por qué no, cartas de amor enfermizo y adolescente.

En esa España donde el sexo era algo prohibido y un tabú, esa calle a mi entender fue un caldo de cultivo. Tanto es así que compañeros de mi padre, tuvieron que dejar de estudiar, porque no había medios de prevención, y sus homologas femeninas se quedaban en estado. Con el correspondiente escarnio de la familia, vecinos, pueblo, etc. Que al fin y al cabo, son todos uno. Y así terminaba su idílico paso por la universidad, y por la gran ciudad. Puesto que la mayoría venían de los poblachones de la España cañí y de la España profunda.

Mi padre iba a la facultad andando. Tardaba más de una hora en ir, y otra en volver. Por supuesto que había metro. Pero tenía que decidir en el metro o el tabaco, no había para los dos. En época de vacaciones, a lo que no podían o querían volver, lo curas les dejaban estar en la residencia gratis. Y por lo que sé se pasaba mucho frio y miedo. El edificio acojona. Me admira tanto espíritu de sacrificio y de superación. Tantas penurias por un futuro mejor, que sin duda se ganaron a pulso. Con tanta constancia y en peño.

Me miró a mí mismo abochornado. Pues jamás podré contar a mi hijo, esas historias heroicas, de superación como las definió Alejandro Dumas: cuando éramos pobres y felices.

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