Oigo que llaman al timbre

Mi yo televisivo inspecciona por la mirilla y abre la puerta.

Me levanto con sueño de mi cama y me voy al salón. Me siento en el sofá y enciendo la tele, estoy tan cansado que no me apetece ni estar sentado. Me tumbo y amodorro entre los mullidos cojines. La tele se enciende por fin y veo un salón. En este hay un chico en pijama tumbado en el sofá viendo la tele. El salón me resulta familiar. Tan familiar como si fuera mío. Para asombro -y sin mi asombro-, descubro que es mi salón y ese chico de la televisión soy yo. La cámara se mueve y hace un primer plano a la cara para mostrar sus ojos de sueño. Mis ojos de sueño. Lo observo todo sin emoción alguna. En ese momento mi yo televisivo se levanta y el realizador vuelve a un plano general para que se vean todos mis movimientos. Yo sigo frío como el hielo en el sofá, incapaz de apagar la tele. Incapaz siquiera de cambiar de canal. Subo el volumen pero no oigo nada, sigo subiendo y la imagen sigue completamente muda. El realizador cambia de plano y ahora se ve el recibidor con mi alfombra. Mi yo televisivo inspecciona por la mirilla y abre la puerta. Por la puerta entra una chica. Al principio no la reconozco. Le da un beso. Me da un beso. Mi inicial pasotismo se empieza a tornar en agitación cuando descubro su identidad. Me empiezo a sentir incómodo en el sofá. Agarro el mando con fuerza deseando cambiar de canal, pero alguna pulsión autodestructiva me incita a seguir viendo. Él la coge de la mano y van hacia el salón. Mi salón. Se sientan uno frente al otro en el sofá -donde ahora estoy yo sentado-. Se miran a los ojos y se dicen cosas que jamás creí que pudiera haber dicho. Siento una vergüenza ajena. No los oigo por más que suba el volumen. Pero se leen las palabras en sus labios y sobre todo en los ojos de la chica y en su sonrisa. Le sonríe y le abraza. Me sonríe y me abraza. Estar en el lugar del suceso, en el mismo sofá hace que me invada una náusea. Me empiezan a aflorar unos sudores fríos. Empiezo a dar arcadas. Se me cae el mando y caigo al suelo como si me hubiesen succionado todas las fuerzas. Empiezo a vomitar pero no puedo dejar de mirar la televisión… El fuego me agita las entrañas y empiezo a sollozar como un niño y a gritar. En ese instante mi yo televisivo mira a la tele como molesto. Como si yo acabara de interrumpir el momento más feliz de su vida. Suelta las manos de la chica y mira hacía el televisor, como si yo no pudiera oírles pero ellos a mí sí, aunque no puedan verme. Veo que coge el mando de la tele y da a un botón rojo de la parte superior. Se apaga mi televisión y todo se vuelve negro. Oigo que llaman al timbre.

10 pensamientos en “Oigo que llaman al timbre

  1. Me levanto, enciendo el portatil, leo tu entrada, me incomodo en la silla,

    ..y digo, “que espectaculo de entrada”

    un saludo

    te leo en la distancia esporadicamente y cuando la biologia me deja ,D

  2. De puta madre. Me gusta hacer juegos de dimensiones a mi también. Tienes que leer a Philip. k. Dick. Es el dios de las paradojas dimensionales.

    Un saludo, Palahniuk.

    • Bukowski, has vuelto a dar en el clavo. Philip. k. Dick es uno de mis referentes a la hora de la ciencia ficción y las paradojas. Y sobre todo me gusta cuando lo han llevado al cine como en Blade Runner y en Minority Report.

      Un gran saludo crack

  3. Me encantó tu “pesadilla”. Los taoistas pregonan que debemos ser observadores de nosotros mismos, reconocer nuestras caretas y diluirlas… pero tu lo dices con más
    gracia. t bso.

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