Todos los hermosos caballos

Era un pura raza. La promesa de un semental. Ese caballo subversivo y salvaje...

Aquellas hermosas praderas se extendían más allá de sus ojos cansados. Colina abajo pastaba la manada de caballos después de no haber visto en días el verde. El viento era gélido, pero a aquellos animales no parecía importarles. Era un día soleado de invierno. Agachaban sus cabezas, inclinando la cerviz y su largo cuello en movimientos muy pausados. Era una manada muy grande, de unas cientos de cabezas. Había varios vaqueros diseminados en puntos estratégicos de la colina. Estaban montados en sus propios caballos domados y ensillados, observando a esos animales que Dios quiso que fueran los más hermosos. En la manada predominaban los caballos marrones y zainos, pero destacaba un caballo blanco con las grupas moteadas de negro. Un caballo rebelde, que había hecho sudar a los vaqueros en las setenta millas que llevaban recorridas. Era un pura raza. La promesa de un semental. Ese caballo subversivo y salvaje que tantos problemas daba valía por cuatro. A parte de eso, debido a su carácter y una vez domado, posiblemente sería la montura más fiel que cualquier vaquero hecho a la vida dura de los pastos pudiera desear.

Montado en su équido se subió el cuello de la vaquera. El viento era gélido. Masticó el tabaco lentamente, entornando los ojos por el repentino sol que apareció en un claro entre las nubes. De su boca salió un escupitajo negro y siguió mascando. Había algo en el aire que no le gustaba.  Se apoyó en la cabeza de su silla de montar. Se sacó uno de sus guantes marrones y acercó los dedos a la boca. Silbó. Cogió aire y volvió a silbar con más fuerza. Los diseminados vaqueros le miraron y los caballos movieron las orejas curiosos. Cuando vio que había captado su atención, les indico con la mano que siguieran hacía adelante.  No podían quedarse mucho tiempo, el cielo se estaba encapotando por el sureste y avanzaba rápido.

La manada empezó a moverse azuzada por los lazos que los vaqueros agitaban en el aire. De sus hocicos empezaban a salir aros de vaho debido al tedioso frío. Él seguía sin moverse subido en su caballo. Observándolo todo. El viento era gélido. La manada avanzaba cada vez más deprisa y estaba a punto de perderla de vista. Pero había un caballo que no se movía. Que iba demasiado despacio, al que los demás ya habían dejado atrás. Era el pura raza. Parecía que iba a dar problemas hasta el final. Exclamó una maldición y bajó al trote hasta donde se encontraba. No era la primera vez que lo hacía. Otras dos veces en todas las millas que llevaban se había parado y había tenido que ir a por él.

Le inquietaba y a la vez fascinaba que fuera tan salvaje. Que no se dejara domar. Que luchara hasta el final. Le hubiera gustado decirle que no tenía nada que temer. Que tenía reservado para él un destino distinto que para los demás. No lo iba a vender. Era un regalo. Este Shagya Árabe era un regalo para su esposa. Se acababan de casar. Ella amaba a los caballos y él le había prometido como quien promete la luna que le regalaría el mejor caballo de la tierra. Y ahí estaba, valiendo su peso en oro. Haciéndose valer hasta el final.

Se aproximó  y en seguida vio que algo pasaba. No era como las otras veces. Iba cojeando. Bajó de su montura y corrió hacía el animal exhausto. Resoplaba y relinchaba sin cesar. De su hocico empezaba a salir vaho debido al tedioso frío. Había algo en el aire que no le gustaba. Parte de una pata le colgaba. Miró la pata de la que cojeaba. La tenía rota entra la caña y el menudillo. Se estaba empezando a infectar. El Shagya hacía todo lo posible por no apoyarse. Venía dejando desde unos metros atrás un rastro de sangre intermitente como un reguero de hormigas.

Fue hasta su silla de montar. Se quitó el sombrero y lo estampó contra el suelo. Maldijo entre dientes y unas lágrimas de impotencia aparecieron en su ajado rostro. Sacó un lazo y le hizo dos nudos. El Shagya estaba temblando. Le pasó un circulo por la hocico hasta la nuca, y apretó el otro segundo circulo solo hasta la quijada. Empezó a acariciar al animal entre sus ojos dilatados. Empezó a hablarle muy lentamente. Empezó a hablarle de ella. De esa dueña que jamás conocería. Le habló de su pelo. De su piel febril. De sus pecas de niña mala. De su mirada y de su olor. Le hablo de su sonrisa de diablo.

Siguió hablando minutos que parecieron horas. Lo hizo mientras miraba el tambor de su revólver. Siguió hablando y lo amartilló. El Shagya estaba muy tranquilo, sus ojos parecían cerrarse. De repente dejó de hablar. Apuntó al animal a la cabeza, agarró fuerte del lazo y disparó. ¡PUM! Un estruendo seguido de un fogonazo de humo rompió el silencio. El Shagya se encabritó sobre los cuartos traseros, levantando las dos patas de delante. Tiró con fuerza y calló al suelo haciendo un ruido sordo. La sangre brotaba de donde hacía unos minutos solo había caricias.

Le quitó el lazo y cerró sus ojos. Se puso el sombrero y se subió a su caballo. Se puso al galope para alcanzar al resto de la manada. Había algo en el aire que no le gustaba. El viento era gélido. Pensó en todos los hermosos caballos.

En homenaje a la novela  homónima de Cormac McCarthy.

5 pensamientos en “Todos los hermosos caballos

  1. si dices que cada día que pasa quedas como peor escritor yo te digo que no es así no soy nadie importante pero debo decir que la historia en si me encanto sin ir mas allá de técnicas y parafernalias un buen escritor para mi se hace a base de sus historias y lo que expresen cada una de ellas

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