La avenida de los francotiradores

Si de verdad existía un Dios en los cielos no estaba en Sarajevo.

Sarajevo, fecha indeterminada de 1995

Llevo toda la vida preparándome para esto y sin embargo ya me quiero ir. Llevo un mes aquí, y a esto se le ha escapado todo el romanticismo. No me puedo quejar, las cosas me van bien; todo lo bien que te pueden ir en medio de un conflicto bélico. Pero mi visión romántica de una guerra: las aventuras, la adrenalina, no saber si estarás vivo… Se ha desplomado. Aquí solo hay barro, sangre y mierda. A partes iguales. Mucho sufrimiento y más muerte que vida. Pero hace una buena audiencia. Ayer estuve todo el día en la morgue. Parecía más una carnicería. De algunos de los cuerpos allí extendidos, me costaba mucho imaginar que alguna vez tuvieran forma humana. Llamar a eso cadáver era un eufemismo. De lo trágico que era todo me daba la risa. Nerviosa y estúpida esta, mecanismo para evadir la dolorosa realidad y poder seguir en el terreno, para no echar a correr a la primera de cambio, para seguir cuerdo en medio de aquella locura.

En una de las salas de la morgue, una decena de madres veían bajo las sábanas sucias y llenas de sangre a sus hijos muertos. Se llevaban las manos a los rosarios y estampitas. Caían desmayadas y gritaban de dolor. Yacían los niños ahí: pequeños e inocentes, que un día salieron de su barriga y las llenaron de un sentimiento indescriptible, que ninguna mujer olvida. Toda esa felicidad se había transformado en desgarro y cachos de carne. El día anterior por la noche habían lanzado misiles al hospital a propósito, donde cuidaban a los niños heridos por el acometimiento de la guerra. En el mismo edificio también se encontraba la planta de recién nacidos. El delirio de tales acciones le hacía a uno reflexionar. Si de verdad existía un Dios en los cielos no estaba en Sarajevo. Aunque aquellas pobres madres todavía creyeran en él. A una de ellas se le cayó el rosario y no lo volvió a coger. Me acerque, agaché y se lo intenté dar. Pero ya no miraba ni siquiera a su hijo, que estaba con una pierna vendada y un chándal raído de Mickey Mouse. Jamás se me olvidará la mirada de una madre a un hijo muerto. Ahora solo miraba una pared blanca y sus ojos eran de color hielo. Inconscientemente me metí el rosario en el bolsillo y seguí andando por la morgue.

En realidad no estaba allí para ver cadáveres, sino por algo mucho menos doloroso. Al espectador de televisión le gusta el morbo pero no el dolor. Hay un puntito justo. Esto no era filmable. En realidad estaba allí por algo que me había dicho un periodista francés en el hotel. Me había dado una tarjeta con un nombre, el cual yo era incapaz de descifrar con rigor. Decía algo así como Snajper. Me dijo que tenía que ver con un premio, por haber sobrevivido un mes en aquel infierno. Me dijo que diera la tarjeta al recepcionista de la morgue. Tuvo que haber salido, puesto que estaba recorriendo todos aquellos pasillos llenos de moscas, con olor a podrido y sufrimiento, y no veía a ese cabrón. Supuse que estaría haciendo lo único que sabía hacer: empinar el codo. Así que me dirigí al patio del edificio en cuestión y allí estaba, tarareando en voz baja, moviendo su gordo cuerpo a un compás imaginario, y brindando con whiskey a palo seco por la madre que le parió. Sin dejarle ni parpadear, le plante la tarjeta en su grasienta cara. La miró fijamente. Levantó su cabeza y me miró a los ojos. Ya no había asomo de chispa alguna. Se le había pasado de golpe la borrachera.

La Avenida en cuestión estaba llena de contenedores, coches y autobuses quemados...

***

Slobodan estaba apoyado en el muro del edificio, justo debajo del alfeizar de la ventana. Me miraba con sus ojos de hielo y luego miraba a la traductora. Luego me miraba otra vez a mí como si analizara mis capacidades de aguante. En realidad creo que analizaba si era retrasado mental. De pasar de un país pacífico, lleno de comodidades y buena existencia, a un infierno donde lo raro era ver gente con vida. Todo esto se hacía difícil de entender. La verdad es que no sé para qué había traído a la traductora, el fulano podía haber ganado perfectamente un concurso de sordomudos. Únicamente hacía muecas con el cigarro que tenía en la boca.

Estábamos cerca del río Miljacka; en un edificio de una avenida; en una céntrica calle en Sarajevo. La traductora me dijo que esa calle se llamaba Bulevar Mese Selimovica, y ahora era conocido como la Sniper Avenue o Avenida de los francotiradores. Slodoban era uno de esos francotiradores con rifle al hombro. Con el corazón salido de la forja del polo norte por más señas. La Avenida en cuestión estaba llena de contenedores, coches y autobuses quemados, bloques de cemento y tranvías en las últimas. La idea era sencilla: entorpecer el paso de cualquier viandante, y que tuviera que entretenerse en sortear las dificultades como si de una carrera de obstáculos se tratase. Mientras tanto Slodoban y otros tantos que hacían fortuna así: disparaban con el rifle a cualquier cosa con aspecto humano. Ya fuera hombre o mujer. Ya tuviera la edad de un anciano o un niño. El precio: 300 coronas por cabeza. El precio que habían pagado los colegas franchutes del hotel, para que yo me estrenara y viera el espectáculo: 900 coronas y la traductora gratis. Una ganga comentarían después entre botellas de Whiskey en el bar del hotel.

Pasó una hora. Slodoban, la traductora y yo seguíamos atrincherados debajo de la ventana del edificio en ruinas, en el que nos encontrábamos. Pasé al francotirador unos dos paquetes de cigarros –como me habían aconsejado los compañeros– para ablandar voluntades y establecer lazos de afecto, o lo que puñetas se estableciera con el hombre de hielo. Pasaron dos horas. Y el aburrimiento comenzaba a pasar factura. Empezaba a creer que esto era un timo y que el tipo del polo norte nos iba a pegar un tiro, ya que no miraba por la ventana. Solo miraba al vacío. Como si estuviera muy lejos del infierno y las llamas ni lo rozasen… Pasaron tres horas. La traductora y yo charlábamos animadamente sobre una serie de combates acaecidos y sobre el futuro de la guerra.  Pasaron cuatro horas y supe perfectamente que no nos iba a matar ¿por qué aburrirse tanto y esperar? Pasaron cinco horas y nadie pasaba por la avenida. Se lo tenían bien aprendido, amén de los carteles que estaban a ambas entradas y que rezaban: Panzite Snajper. (¡Cuidado, francotirador!)

Para ser sinceros nada te prepara para ver lo que vi a continuación. Una decena de mujeres desfilaban por la Avenida desobedeciendo todo cartel de advertencia. Un sentimiento desde lo más profundo de mí estrangulaba mi garganta. Las mujeres enfilaron la calle sin siquiera correr. Un instinto me hacía apartar la mirada. Slodoban empezó a cargar y calibrar el rifle. La sangre abandonaba por momentos mi cabeza y el mareo hacía borrosa mi visión. Miré a la traductora y le pregunté que quién eran esas mujeres, que qué coño hacían ahí en medio y si no sabían pese a los carteles que esa era la Avenida de los francotiradores. Me dijo que sí que lo sabían. Lo sabían perfectamente. Todo Sarajevo era consciente de la famosa Avenida. Cruel reflejo de la guerra y ejemplo perfecto de la salvajada que esta fue. Me costaba respirar, notaba como sufría hiperventilación y una crisis de ansiedad. Solo podía decir joder, joder, joder… Slodoban por primera vez en aquellas horas me dirigió una mirada, y esbozó una  débil sonrisa con sus ojos de hielo perdidos en el infinito. Acto seguido incorporó su rifle sobre el hombro y acarició la parte frontal con la otra mano, como si el largo cañón fueran los muslos de una preciosa mujer… Rápidamente eché mano de la cartera con unas mil coronas en la mano y se las acerqué a Slodoban. Le dije a la traductora que le comunicara que no lo hiciera. Que le daría todo el dinero que fuera menester. Slodoban hizo la segunda mueca de la tarde y solo se escuchó:

¡Bang! ¡Bang!

¡Bang! ¡Bang!

¡Bang! ¡Bang!

¡Bang! ¡Bang!

¡Bang! ¡Bang!

En intervalos de 10 segundos -tiempo que tardaba en recargar-. Cuando cesaron los tiros me encontré acurrucado, rodeado de casquillos, con los dedos sucios en los oídos y el olor a pólvora. Tenía la boca abierta de haber proferido un grito sordo de dolor y pánico que jamás escuché.

***

Pasó mucho tiempo. Pasaron muchos años hasta que pude volver a recordar la tragedia de la Avenida de los francotiradores. Mi mente borró el recuerdo doloroso. Pues aparentemente no había explicación alguna. Solo tiempo después  fue cuando até cabos. Solo tiempo después me di cuenta que las diez mujeres, eran las mismas diez que habían perdido el día anterior a sus hijos en el bombardeo del hospital. No era casualidad. Eran mujeres croatas profesaban la religión católica romana. Religión que unida a la propia ignorancia de aquellas gentes, prohibía absolutamente la posibilidad del suicidio. El resultado era que aquellas madres desesperadas utilizaban la Avenida de los francotiradores como vía de escape del  infierno. Sabían perfectamente lo que las esperaba en esa calle. Y era precisamente ese lugar lo que buscaban. Suponían que al no matarse por sí mismas, no sufrirían la condenación eterna y subirían al cielo.  Todavía guardo el rosario que se cayó en la morgue. En las noches de insomnio lo toco, me relaja y  tranquiliza. Mientras me calma como un bálsamo recuerdo a las madres. Y sueño, y las veo jugando con sus hijos en columpios y toboganes. Solo destellan paz y alegría. Me sonríen. Me hacen adiós con la mano… Solo entonces consigo conciliar el sueño. Ellas me protegen de mis pesadillas…

Al final de la guerra, los francotiradores de Bulevar Mese Selimovica hirieron 1030 personas y asesinaron a 225, de las cuales 60 eran niños.

Este artículo va dedicado a su memoria.

почивају у миру

(Descansen en paz)

3 pensamientos en “La avenida de los francotiradores

  1. Excelente -y aunque parece un contrasentido-, un parte de guerra muy humano… Seguro que contarlo te descarga, además contado así. Creo que está muy bien, a veces, dar salida a los demonios que nos habitan… reconocerlos y escupirlos… t bso.

  2. muy terrible,bien escrita tu historia que cosas terribles que tiene este mundo,yo ya recien lo voy explorando mejor tengo 13 años y me llega al corazon esto amigo,la verdad que te felicito

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