Tangos de mala suerte

El tintineo rompía el artificial silencio...

Estaba solo, en la sala solo; bailando con una maniquí, que hacía que pareciera más solo aún. No sabía cuántas horas llevaba así: danzando y cabrioleando, dando vueltas y más vueltas. Molinetes sobre el eje vertical del cuerpo, acompasados con el de la maniquí. Esta era calva y sin ningún encanto, con todos los detalles de sus rasgos por definir. Trenzaba y trazaba múltiples giros sin parar, y cuando notaba que le faltaba el aire, paraba, apretaba la maniquí contra sí, con su cabeza de plástico sobre su ancho hombro. Después reafirmaba su mano en la cadera de la acompañante, recuperaba el resuello y continuaba otra vez. Y otra vez. Y otra. Y otra, en un sempiterno tango imaginario.

Bailaba y bailaba y, de vez en cuando, tiraba con sus giros una de las numerosas botellas que había esparcidas por el suelo. Se las había bebido todas. El tintineo rompía el artificial silencio, haciendo toda la escena aún más turbadora. Eran botellas muy viejas de vino, tanto, que se habían avinagrado por haberlas conservado en vidrio en vez de en barricas de roble. Bebió y bebió, hasta que el sabor se le hizo indistinguible, fuera vinagre o vino carecía ya de relevancia. Lo único importante era él y su acompañante, bailando el tango perfecto.

Ese tango de mala suerte; con ese ser inanimado; con esa maniquí; hecha a imitación de una mujer real. De una mujer que se había ido para no volver. Como todas. Simbolizaba algo que no había encontrado, y cada vez era más consciente de que jamás iba a encontrar. Pero mientras tanto, bailaba y bailaba, y en ningún momento dejaba de bailar. Y siguieron pasando las horas, y siguió repitiendo compases mentales para no perder el ritmo.

Horas y más horas, y el cuerpo estaba a punto de decirle basta. Se resignó y siguió bailando, como lo había hecho en momentos previos, en días antes: sin un destino fijo; sin rumbo; sin hogar. Cada vez le costaba más mantener la conciencia, pero ya daba igual… La mala suerte carecía de sentido… al igual que ellas… al igual que él. Estar consciente no aportaba nada extra. Antes de desfallecer en aquella sala llena de botellas de vidrio, besó a la maniquí, y esta -al igual que las mujeres previas- no movió los labios.

3 pensamientos en “Tangos de mala suerte

  1. Clap Clap Clap

    Me ha encantado tio, cada vez tengo mas claro que te quiero a ti como guionista xDDD

    Un abrazo hermano ^^

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