No se lo digas a nadie

Se mecía al vaivén del viento como una rama rota que está a punto de quebrarse. Su espigada figura, contrastaba con el grueso del tronco del árbol. La tensión de la fina pita alrededor del animal, parecía que fuera a ser perpetua. Su cuello roto estaba pelado, mostrando zonas de carne color rosáceo. Esta zona asfixiada de su gollete, parecía no pertenecer al animal, que por lo demás, era precioso. A pesar incluso, que palideciera en los miembros superiores debido a toda la sangre acumulada, consecuencia del lapso de tiempo acontecido desde el ahorcamiento.

Un tajo color de acero sesgó el aire, llevándose con él, la pita y el perro muerto. Cayó al suelo con un ruido sordo, como de muerte, que espantó a un pájaro que anidaba en el árbol. Un agente de la Protección Nacional de Animales, con un cuchillo en una mano y, una bolsa de plástico negra en la otra, se agachó a recoger al animal y lo metió en la fina bolsa. Desde lejos parecía un tipo normal, con una bolsa de la colada, llena de ropa mojada y por tender.

No le gustaba nada aquel asunto. Demasiadas muertes aquella semana, y no solamente de animales. Mejor será, que no se lo digas a nadie.

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