Los ojos del abuelo

Tras meses meditándolo había tomado una decisión: iría a verla. No aguantaba más los estragos de pensar en ella. Los estragos de la soledad y de sentir que, pese a todo, la seguía queriendo. Era algo que no podía controlar, ajeno a mí, como un cadáver hundido en el fondo del mar, que tarde o temprano las mareas sacan a flote. Intentas echar la culpa  a tu debilidad, a la falta de entereza. Prometiste que no lo harías. Te lo debes a ti mismo. No te traiciones. Todos aquellos que has conocido al final se han ido. Te han dejado solo en este imperio de mierda.

Era sábado y todo el mundo estaba metido en los bares. Había partido de fútbol, de esos importantes que a mí jamás me importan. Pero es un secreto que me has de guardar, puesto que no saber de fútbol hoy en día es pasaporte seguro a la marginación y el ostracismo. Me encontraba en la filmoteca viendo una de esas pelis de cine gore de los ochenta. Era una buena película pero todos los demás estaban viendo el fútbol. La película se paró a la mitad. Seguramente  el proyeccionista estaba escuchando el partido por la radio y se le paso cambiar de bobina. Eso me desoló un poco más.

A la salida del cine me fui a tomar unas cañas al Museo del Jamón.  El camarero es tonto de baba y un maleducado. Me juré que jamás volvería a pisar su establecimiento. Es un bar con demasiados clientes y por tanto son tratados como mierda. Solo él atiende a la veintena de comensales que atestan el local. Los tipos como yo van allí por el precio y porque queda cerca del cine. Al cliente anterior a mí, le dijo que se fuera a la puta calle y eso que el otro le había dicho: un bocadillo de jamón por favor.

Mosqueado y rondando la media noche me dirigí al metro para ir a la casa de mi ex. Estaba un poco nervioso. No por un posible rechazo, sabía de su diplomacia y buenas maneras para con todo el mundo que se la acercaba. Cosa que en los tiempos que me tenía que importar me ponía muy nervioso. Pues no había diferencia de trato entre un recién llegado y yo. Formas de ver las cosas. Me parecía una gran injusticia. Injusto o no, las cosas eran así y no iban a cambiar. Venía dispuesto a olvidar estos detalles hasta que la angustia no pudiera más y lo volviéramos a dejar. Hacía meses que deseaba tenerla entre mis brazos y tocar su piel de seda. Hacía meses que soñaba con unas circunstancias adversas que resolvieran nuestras diferencias, pero estas nunca llegaban, eran billetes de lotería que jamás serían premiados.

Ya en la estación me senté en un banco a esperar que viniera el tren. Un señor mayor con aspecto de mendigo se sentó a mi lado muy ebrio. Tenía los pantalones manchados de algo marrón, la barba descuidada, rala y una camisa llena de manchas. Hizo muchos aspavientos hasta acomodarse en el asiento. Daba pena. El alcohol le había roído hasta los huesos. Tenía la cara muy machacada, la piel desgastada, como si hubiera sido marinero y le hubiera devorado la sal. Sin poder dar un paso más, lo que más destacaba de esta calamitosa escena eran sus ojos zarcos, que se entrecerraban efecto de la melopea. Eran muy bonitos, como una puerta abierta al mar. Eran iguales que los de mi abuelo.

Me puse a preparar mentalmente lo que haría al llegar. Llamarla al móvil y preguntarle si estaba en casa. Ella me diría que sí. Luego dejaría caer que pasaba casualmente por allí y que venía de ver el fútbol, que había pensado hacerla una visita. Y después fingiría que estaba arrepentido con mi forma de ser. Le diría que la quería, pero que no estaba enamorado. Le diría que solo la quería para follar como perros. Le prometería que jamás había en pensado en futuro común y que me daría igual si se iba con otros. Le diría todas estas mentiras, y guardaría mis sentimientos verdaderos como algo prohibido, proscrito. Como algo espantoso que jamás aceptará la sociedad y por tanto tiene que quedar en secreto.

El tren entró en la estación haciendo un ruido estridente que hizo dar un respingo al vagabundo que estaba a mi lado. Sus ojos azulados se medio abrieron. Me levanté para coger el metro. En ese instante al mendigo se le pasó toda la borrachera, como en un instante de lucidez me agarró muy fuertemente del brazo y me miró con los ojos como platos. En cierta manera me resultaba familiar pero no sabía de qué. Me dijo. ¡No vayas! No vayas… Me quedé con la boca abierta. Atónito por lo sorprendente de la actitud de aquel majareta. El hombre ágilmente salió de la estación. El tren se fue y yo me quedé en el banco viendo pasar los convoyes uno tras otro.

Al día siguiente mi madre me dijo en el desayuno: hay que ver, tienes los mismos ojos que el abuelo.

7 pensamientos en “Los ojos del abuelo

  1. De puta madre tito Raúl. Envidio a los hábiles en prosa, pero bueno voy aprendiendo poco a poco jaja Al fin y al cabo todos nos movemos en esa tensión que va del seguir con lo que la vida nos ofrece al luchar por conseguir lo que no.

    A tí se te apareció la respuesta …

    • Y yo envidio tus poesías y conocimientos poéticos. Esperemos dar esquinazo a la vida, y conseguir lo que no nos tenía deparado.

      Saludos amigo.

  2. wo0ow muy bueno, felicitaciones amigo.

    por cierto busca un articulo que se llamaba “a mis amigos de las cartas cadena” o algo asi, y me parece que lo lei aki hace tiempesito, podrias decirme como hayarlo es que no lo encuentro, o me ekiboque de lugar?

  3. si, era este, me fascina demasiado pues tiene algo veridicamente cómico.

    en verdad deseaba leerlo, aun que no es el lugar te felicito por el también ya que anteriormente no lo hice.

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