Los tertulietas

Ejemplo de los tertulietas que aparecen en la TV

Están en todas las cadenas. Seguro que no han escapado a sus televisivos ojos. Los “tertulianos”  mejor llamados “tertulietas” –llamarles del primer modo seria despreciar los ancestrales coloquios y cafés literarios– acechan en cada esquina de la parrilla televisa para soltarles su opinión. ¿Sobre qué? No importa. Debe de ser la primera vez en la historia de la oratoria y argumentación, en que lo importante no es lo que digas, sino que digas algo. Así mismo, no es difícil ver a estos a estos sacamuelas opinando con el mismo fervor religioso de un partido de fútbol, de las medidas económicas del gobierno, del asesinato de un menor o incluso de la energía nuclear pros y contras bis en tres entregas.

Su desfachatez es tal, que encima de ser los alumnos más aventajados del Libro Gordo de Petete son machacones consumados. No es difícil ver al mismo fulano –o fulana– en un programa de “actualidad” –de asesinatos y prensa rosa– por la mañana, y en el mismo día verle en otro programa de “actualidad” de otra cadena por la noche. También ojeas estupefacto el periódico y encuentras allí su menesterosa opinión. Cuando uno, desabrido de todo se tumba en la cama y  pone la radio colapsado ante la falacia argumental y retahíla de opiniones manidas, resulta que también está en la tertulia política de turno, contando lo mismo que ha dicho en la tele, en el periódico y hasta en el mismísimo desayuno con su mujer.

Estos cantamañanas de la opinión son un negocio redondo para los mastodónticos grupos de comunicación. Hacer un programa de debate cuesta a las cadenas un diezmo de lo que costaría un programa que no sugestionara la inteligencia del espectador. Además, han dado en la llaga de este país cainita y fratricida, conscientes de la enfermedad histórica que viene arrastrando desde hace siglos España. Del bitontismo entre rojos y fachas, separados en estos programas en dos mesas,  que como si de una pelea de gallos se tratara, a la señal del piloto rojo se sacan las tripas con pensamientos de la profundidad de un loro político, cargado de soflamas –y soflamos–. Repitiendo lugares comunes sin nada de sentido común. El libre pensamiento para ellos es un gran desconocido, se les puede adivinar perfectamente el plumero; de qué pie cojean; su partido político; su equipo de fútbol y hasta su grupo sanguíneo.

La audiencia sectaria y extrema se pone las botas con estos programas. Busca entre los canales al tertulieta que subscribe su dogma y su ignorancia. Los tertulietas, conscientes de que representan a un gran sector de la sociedad del pensamiento enquistado, tienden por todos los medios de hacer su opinión más extrema.  Los televidentes ante el esfuerzo y lucha que supone crearse una propia opinión, prefieren la ajena, sin argumentos propios,  y basando sus fundamentos reflexivos en el mítico en “contra de”. Yo no voto a fulano porque tenga tales virtudes, no. Yo es que le voto para que no salga el otro tonto.

Estas tertulias no llegan a superar la zafiedad de la prensa rosa y los realities, pero su trasfondo moral es mucho más perverso. Los programas cotillas venden carnaza de los parias que se rinden al dinero. Deleznable forma de prostituir una vida, pero cada cual es libre. Sin embargo, estos nuevos sofistas de la pequeña pantalla, estos tertulietas trepas de la opinión juegan con la historia, modifican torticeramente la memoria y hurgan las heridas de este país guerra civilista hijo de Caín.

Apaguen la televisión. Lean libros y vean películas. Intenten forjan una opinión autónoma y propia. Sapere aude, atrévanse a saber. Porque si la cizaña estalla, estos mierdas serán las primeras ratas que salten del barco, los primeros en pedir asilo político. Y ni todas las opiniones del mundo podrán frenar ya la barbarie.

5 pensamientos en “Los tertulietas

  1. Tocahuevos, como debe ser xDDD

    Lo de la noria es para mear y no echar gota, solo consiguen acrecentar el bipartidismo de este puto país con esos debates de derecha vs. izquierda, y aparece cada personaje comentando una sarta de GILIPOLLECES (sí, con mayusculas).

    De los programas de este tipo hay para escribir torres de libros, y ninguno que ensalce sus virtudes…

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