Es la primera vez que me pasa

Manhattan hospital, verano de 1970.

El caso es que me habían operado de fimosis quística, porque según mi médico de cabecera: mi pene; con tanto prepucio; no podía respirar. A pesar de estar en Nueva York y pagar una pasta por la operación, tenía que compartir la habitación con otro incómodo paciente. Se trataba sin ir más lejos de Don Juan de Tirso de Molina, todo un arquetipo literario con gran descendencia europea.  Eso último lo tuve que buscar en la enciclopedia porque cuando me dijo quién era, no le conocía. Es que no veo la tele –me excusé–. Se ve que solo lo mejor de la jet set mundial –e histórica– se puede permitir esta clase de hospitales tan caros.

Mi famoso amigo se encontraba en el hospital por un problema de impotencia. Era un caso clínico que estaba dando mucho que hablar en los meaderos y retretes del hospital. Se comentaba que mi vecino de camilla, era inmune a toda clase de caricias y cosquilleos, dirigidos principalmente a su entrepierna, orejas y demás zonas erógenas. Cosa que no ha de extrañarnos, si tenemos en cuenta que el hombre quería tener una erección con cuatro siglos de edad, y llevaba ahorrando de su pensión –que comenzó hace unos trescientos años– para pagarse el mejor tratamiento. Y es que claro, la literatura mundial no ha vuelto a ser lo mismo desde que saltó este escándalo en la prensa del corazón, cuyos titulares rezaron: Don Juan al descubierto, sin pito anda el mito. No todos los días uno se entera de que el personaje más mujeriego de la literatura universal es impotente.

El Manhattan hospital se preciaba de nunca haber dejado un caso clínico sin resolver –si por resolver también incluimos acabar con el paciente en el cementerio–. Por ello y al ser un cliente tan antiguo, la gerencia del hospital decidió traer al mejor médico de Viena sobre el tema: el doctor Schäfer Schäfer. Un médico milagroso que hacía la competencia en temas sanatorios incluso al agua de Lourdes. Su formación y prácticas quirúrgicas eran un tanto dudosas, se rumoreaba en los mismos meaderos y retretes que había estudiado medicina en un campo de concentración nazi, aunque solo eran chismes seguramente infundados. También se decía que había sido escapista en un circo y mago. Y que era por eso por lo que ni las autoridades de la inteligencia americana, ni el mismísimo Mossad israelí le habían podido echar el guante a ese granuja.

El doctor Schäfer Schäfer irrumpió en nuestra habitación empujando un carro cubierto por una sábana blanca. Acto seguido sacó una radio de debajo del carro y empezó a buscar un enchufe por la habitación. Conectó la maquina a uno que encontró detrás del televisor y empezó a sonar una música erótico festiva. Al instante, destapó el objeto indeterminado que llevaba en la camilla y que resultó ser un ataúd. Don Juan al instante se santiguó y yo me tape con las sábanas hasta la altura de los ojos. El doctor Schäfer Schäfer preguntó: ¿Quién  pacienter Don Juan ser ah? Instintivamente señalé a mi vecino de habitación. Lo va a matar –pensé–. Estos gerentes del hospital muy amantes de las estadísticas, no quieren tener un caso sin resolver ni aunque les cueste un disgusto.

El doctor lejos de acribillar a tiros al mito literario, dio tres toques en el ataúd y subió un poco más la música de pachanga, armando en la habitación un barullo considerable. Como por arte de magia de él salió una rubia despampanante, vestida de enfermera y con Chupa Chups gigante en la mano. Resulta que el doctor Schäfer Schäfer había contratado a una stripper, y mientras la profesional meneaba sus caderas y hacía posturitas que el santo padre jamás hubiera tolerado, él se dedicaba a tomar notas en una especie de carpeta. Cada vez que la stripper movía los pechos y hacía movimientos sinuosos con la lengua apuntaba y decía: Muy relevante. Pero por desgracia yo miraba la cara de Don Juan y a este no se le levantaba ni una ceja.

El afamado médico al ver que su paciente no daba signos de respuesta a los estímulos presentados dijo: enfermera, más voltaje. A lo que nuestra enfermera se acercó a su cama y empezó a restregarse y frotarse contra nuestro mujeriego héroe. Se inclinó hacia él mostrando su generoso escote y a lamer su caramelo con palito de una manera nada virginal. Don Juan seguía en estado penitente, haciendo un esfuerzo por concentrarse y sudando a mares ante lo bochornoso de la situación.

Como todo el mundo sabe: Dios da pan a quién no tiene dientes, y de mirar a la enfermera yo estaba notando como algo en mi pantalón me empezaba a apretar. Estaba teniendo lo que a Don Juan le faltaba. Intenté controlar la situación; empecé a pensar en cosas malas: en las guerras, el hambre, los niños muertos, en todas mis ex y en el brócoli al vapor. Ni por esas conseguí que la parte más querida de mí no se agrandara, poniéndose como un globo e hinchándose hasta el punto de que empezaron a saltarse los puntos, mientras yo gritaba de dolor como si estuviera dando a luz.

El doctor Schäfer Schäfer con un interés renovado en mí persona, se acercó intentando examinarme las partes ante lo que consideraba según sus  propias palabras: el primer suicidio de un pene voyeur. El dolor era insoportable y no podía dejar de gritar. El escándalo que estábamos montando era desmesurado, si tenemos en cuenta que estábamos en la planta de sordomudos porque no quedaban más habitaciones. Don Juan se empezó a reír de mí y de los patéticos intentos de mi pene por suicidarse. El doctor Schäfer Schäfer continuo forcejeando para ver mis partes íntimas y la stripper le empezó a dar un ataque de ansiedad al comprobar como por primera vez era incapaz de poner caliente a un hombre y en concreto a un mito literario.

Ante el audible escándalo –las enfermeras de verdad– llamaron a seguridad que  se presentó en la puerta. La empezaron a aporrear y la acabaron echando abajo. La escena fue terrible. El doctor Schäfer Schäfer usó sus habilidades escapistas y se esfumó dejando tras de sí una volutas de humo. Yo lloraba con mi pene suicida entre las manos. La stripper se metió en el ataúd anunciando que pediría una baja laboral por depresión. Y Don Juan miraba su tortuga escondida asegurando en voz alta: es la primera vez que me pasa.

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