El ascenso de Boris Houdini

Boris Houdini retratado cuando era un adulto adolescente

El pequeño Boris Houdini tenía un cociente intelectual de 205. Para hacernos una idea de su ingenio tendríamos que remontarnos a una figura de la talla del alemán Gottfried Leibniz –más conocido como “Leibniz” a secas, o Gottfri para los amigos–, famoso filósofo precursor del principio de Razón Suficiente, cuya demostración tenía que ser lo suficientemente razonable para ser un principio, y no un final, y mucho menos de los malos de Hollywood.

También ideó el cálculo infinitesimal, llamado así por pretender calcular hasta el infinito dos veces y sin respirar. Sin embargo era un broma del sarcástico y muy agudo Gottfri, que los estudiosos de la matemática nunca han llegado a entender. En lugar de ello, solo vieron áreas bajo la curva de una función, que se empeñan en enseñar a aburridos bachilleres que bastante tienen con dilucidar si es hasta el segundo o tercer hielo la medida correcta para llamar a una copa vulgar “cubata”.

Pero volvamos al pequeño Boris y a la dramática historia de su vida, pues tal ingenio y superioridad en los primeros años no hizo sino engrandecer su ego, mucho más cuando entró en la universidad a los ocho años y llegó a doctor de patafísica de la moral a la edad de 13, tesina que tuvo enorme prestigio en la facultad de filosofía y  letras donde se dilucida si es moral o no cortar los jamones a los cerdos belloteros para el disfrute humano.

Houdini antes de cumplir los 18 años había destacado en todo lo que se había propuesto incluso había ganado títulos en las áreas más rocambolesca como en un concurso de mises, en el cual habían pretendido descalificarlo por ser hombre. Él había apelado a que las participantes analizando su C.I estaban muy alejadas de los humanos, más próximas a los simios y de estos últimos ni siquiera a los grandes. Ante tal obviedad, al joven Houdini le dieron el premio miss simpatía de una manera irónica claro está.

Pero el pequeño Houdini, tuvo serios problemas cuando anunció a bombo y platillo que la vida no tenía sentido y que abandonaba su eminente carrera de patafísico de la moral para dedicarse por completo al menudeo de droga y al bebercio en un banco.

Los padres de Boris, unos funcionarios ortodoxos de una larga estirpe de estos, tenían planeado de antemano el futuro de su hijo. En esos planes figuraba que su vástago llegara a ser catedrático con diarrea verbal y con experiencia en aburrir estudiantes, para lo que hacen falta muchas horas de estudio, a juzgar por lo que tardan en llegar al cargo.

También habían planificado que se casara con otra funcionaria para continuar la raza, y que esta no se contaminara con algún trabajador del ámbito privado. Boris no podía soportar esta idea de librar dos meses al año, tener tantos festivos y para colmo tenerlos que pasar con la mujer, así que creyó que lo más conveniente era dedicarse a lo que hacía la gente de su edad.

Sus padres, aterrados ante la idea de que Boris desperdiciara su talento en convertirse en alguien normal, le intentaron chantajear con maquiavélicas amenazas dignas de la mente más retorcida y torturadora, como por ejemplo, no volver a hacerle fotocopias gratis con cargo al erario público en sus respectivos trabajos.

A Boris esta medida le pareció un atentado, ni en tiempos de las cartillas de razonamiento ningún hijo de funcionario había pagado por una fotocopia. Si querían la guerra la iban a tener. Boris encontró el plan perfecto con el que devolverles el golpe, se llamaba María y era la hija de un gran banquero, con antepasados provenientes de la nobleza y ni un ancestro funcionario en el árbol familiar.

Visto que el niño se les iba de las manos y que tenía pensado casarse con una de las hijas del Capital, los padres de Boris tomaron una decisión extrema y desesperada, sacaron el dinero de debajo del colchón y lo metieron en el banco del padre de María, convirtiéndose automáticamente en unos de los mejores clientes.

El padre de Boris le llamó en un último intento de recuperarle y casi consiguen minar la moral de su retoño, cuando le contaron que sus ahorros le estaban dando una rentabilidad del 5%, y que su madre al borde del suicidio había aceptado cobrar los intereses. Su padre le dijo a Boris, que estaba desesperado y que si no volvía a casa, su madre amenazaba con abrirse un plan de pensiones. ¡De pensiones Boris! -le gritó por teléfono-.

Pero Boris Houdini no es de los que se ablanda ante un plan de pensiones privado. Además, al tener un cociente intelectual tan alto no le fue muy difícil controlar en poco tiempo el negocio de la droga local y posteriormente regional. Ya no tenía que vivir del estado, ni siquiera opositar, se había convertido en un próspero hombre de negocios, fraudulentos claro, pero qué negocios no lo son… Y qué oposiciones tampoco…

A los padres de Boris llegó por unos vecinos, que su hijo había congeniado muy bien con su suegro hasta el punto de llamarle “papá”. Además se iban a jugar al golf con el alcalde y demás chupópteros políticos. Con su gran oratoria Boris consiguió que los peces gordos de la ciudad hicieran con su negocio, lo que hacen con todos lo demás: “la vista gorda”. Es bien sabido que no mover un dedo es la forma perfecta para salir elegido.

(Voz de documental a modo de resumen)

Boris Houdini, un muchacho endeble con el intelecto de un genio, que decidió patear la entrepierna de su destino y utilizó toda su genialidad para ser un hombre próspero y no un mísero chupatintas como sus padres. Cuando el equipo de investigación elaboró la documentación para abordar esta historia, se encontraron en la hemeroteca de los diarios, el siguiente poema satírico en la columna de opinión:

Su suegro era un banquero,

él trafica en la región,

va sobrado de dinero

¿Jamás tendrá sanción?

Palabras proféticas que vaticinaban el futuro de nuestro protagonista. Asesinatos, crímenes, amor y más acción en la segunda parte de nuestra historia: La caída de Boris Houdini.

Un pensamiento en “El ascenso de Boris Houdini

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