Ojalá ardáis en el infierno

Mis trileros compañeros de Filosofía

Cada día bendigo a Dios por estar en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid. Es una facultad normal: no hay demasiados profesores brillantes, tampoco hay mucho dinero para gastar en las instalaciones y hasta compartimos facultad con los de Filología, pero todos estos inconvenientes se compensan con las amistades y compañeros que tengo en esta universidad.

¡Qué universidad! ¡Y qué amistades querido lector! Si os las contara, caeríais de la silla desde la cual leéis. Son amigos que parecen sacados del Lysis de Platón, aquel diálogo en el que se ensalza los valores de la amistad. Son amigos que jamás ustedes podrían pensar que existieran de verdad y muchas veces yo les pellizco para comprobar si son reales.

Y claro que lo son, son tan reales que cualquiera con más sentido común que el que teclea, diría que han sido sacados de los peores pasajes del Leviatán de Hobbes. Pero yo tengo mucha fe en ellos y creo que esa afirmación que circula por ahí de que son unos hijos de puta es un mero rumor. Un simple comentario de envidiosos que anhelan las virtudes de mis queridos compañeros complutenses.

Pero Fígaro, ¿habrás de contarnos los hechos que ejemplifiquen la rectitud de esos compañeros a los que dices tanto amar? Cierto es, de otro modo no hay posibilidad de creer mis palabras. Por ello me dispongo a contar los sucesos que todo el mundo obvia por interés y nadie cuenta por vergüenza.

Existe un programa de ordenador que se llama Dropbox. Para los no curtidos en los mares de internet, este programa lo que hace es subir a internet los documentos que tu desees, para poder disponer de ellos en cualquier parte. Es totalmente gratuito y además incluye funciones como la de compartir carpetas con otros usuarios del programa.

En un momento culmen mientras hacía mis necesidades en el cuarto de baño, caí en la cuenta de que casi todos mis compañeros tomaban apuntes a ordenador. Se me ocurrió entonces la feliz idea de crear una carpeta común, en la que todos subiéramos nuestros respectivos apuntes. La idea era bien sencilla: yo subo mi trabajo y si algún día falto por el motivo que sea, dispongo del de mis compañeros para no perder ni una sola clase.

¡Pero ay lector que bien salen las cosas en el mundo de las ideas! Y que castañazo se lleva uno cuando intenta que esos compañeros tan perfectos, guapos e idílicos que tengo, ¡hagan precisamente lo que dicen todo el día con la boca llena! Si les costara dinero el asunto pues sería de entender. Pero no, la única maldita cosa que tienen que hacer es cambiar la carpeta donde guardan sus apuntes.

Así que a uno no le extraña que el mundo vaya como va, cuando ni siquiera en una facultad de filosofía la gente no puede apartarse de su egoísmo individual y compartir con los demás compañeros. Cuando hay personas que piensan que sus apuntes son mejores que los del resto y que no merecen ser prestados. Cuando ni siquiera entre quince personas -que somos las que componemos el grupo- nos podemos unir y hacer un fondo de apuntes que no sea de chiste.

Pero Fígaro, ¿esa gente egoísta que no quiere compartir con los compañeros, en un acto de coherencia habrá abandonado el grupo de Dropbox? Pues no querido lector y esto ya es lo que clama el cielo. Porque si tú no estás de acuerdo con el grupo y no quieres compartir tu esfuerzo, nadie te puede imponer que compartas, pero en un acto de honradez tendrías que abandonar el grupo y no gozar de ninguno de los beneficios de estar allí.

Ay queridos míos, yo no sé si en esta facultad les enseñan qué es la moral o cómo ser unos trileros, pero el caso es que haciendo mutis por el foro y copiándose de los grandes chorizos de esta nación, se han quedado a chupar del bote. No vaya a ser que a la hora de estudiar les falte algo y tengan que tirar del fondo común de apuntes al que solo han contribuido a reventar.

Es por ello, que yo les acuso de hipocresía en sus actos respecto a sus dichos. Yo les acuso de convertir mi facultad en una casa de putas. Yo les acuso atentar contra mi amado género literario llamado filosofía. Y yo les acuso, al fin y a la postre, con su actitud y con sus actos de convertir el mundo en el que vivimos en el estercolero despreciable que es.

Yo no voy a ser como vosotros, pienso seguir subiendo apuntes aunque me quede solo y se aproveche toda la facultad de mi trabajo. Ojalá ardáis en el infierno, cabrones.

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