Universität macht frei

La Academia es al conocimiento, lo que la prostitución al amor:

parece igual visto desde fuera, pero si no eres tonto sabes

que no es exactamente lo mismo.*

*Necesito aclarar este punto. Existen excepciones; hay casos conocidos en los que las prostitutas se enamoran de los clientes.

Nassim Nicholas Taleb

The Bed of Procrustes

Me prometieron que si obedecía esos años de internamiento podría ser un ciudadano. Es decir: una persona con poder adquisitivo. Una persona con tiempo para poder gastarlo. Me prometieron que sería un ser humano de provecho, que tendría un trabajo, que no me esclavizarían más allá de las ocho horas.

Me prometieron que el campo de concentración no sería eterno, que solo duraría unos años. ¿Cuántos? Depende. Cuando yo hice mi ingreso en la Academia me prometieron solo cinco años de reclusión. Después de eso, a mis veintitrés años de forzada educación supervisada por carceleros estatales, sería libre.

Cambiaron los carceleros y todos los que tenían un año menos que yo se pusieron muy contentos. ¡Les prometieron que solo tendrían que estudiar cuatro años! Pero cuando llegaron al final, les dijeron, que con esos cuatro años no bastaba. Que habían creado una zona especial en el campo para los veteranos. Consistente en dos años más. Una vez pasados, ya uno podría ser un ciudadano y trabajar por un sueldo digno. Podría tener una vida digna y cómoda. Pasaron los seis años y nadie adquirió eso que le prometieron. El palo y la zanahoria, que constantemente te impulsa a seguirla y nunca llegas comerla.

La soluciones fueron dos: que volvieran otra vez a la Academia y que a falta de poder acumular algo de dinero –elemental para el vivir–, acumularan datos que precisamente les habían conducido hasta donde se encontraban. O por el contrario cogieran las maletas, olvidaran estos veinticuatro años, olvidaran su familia, olvidaran sus amigos y hasta olvidaran su idioma. Y fueran a un campo de concentración extranjero para volver a empezar.

Apelaron a la inevitabilidad de la vida. A la las circunstancias. A lo efímero del momento. A lo singular. A la crisis de valores. A la alteridad. Al no ser. A la interpretación de la economía. Al instante. A lo concreto. A la metáfora del mundo como depredador. Es lo que hay. Había que entenderlo.

Ahora sí, ahora resultaba que el mundo se manejaba por estos valores y no por los que habían metido en las cabezas de los alumnos con fórceps durante casi un cuarto de siglo. Durante esos veinticinco años de rituales, academicismos y repeticiones religiosas de las verdades indudables de las ciencias, las letras y sus malditas divisiones artificiales del conocimiento.

Ahora todos los que hablaban de lo universal, lo necesario, lo idéntico, lo mismo y el ser, veían venir lo azaroso, lo caótico, lo no mesurable. Ahora resultaba que el mundo era plural y no singular. Que todos los conocimiento rancios e inútiles, trillados, pasados por el pasapuré y convertidos en una masa deforme, no existieron. No se impartieron. No se memorizaron. No violaron la imaginación y creatividad de aquellos que los aprendían, como media humanidad aprendió el padre nuestro, a la fuerza, sin más motivo que el doblegar almas, controlarlas, manipularlas.

Continuad en las aulas, con los libros, con los profesores. Una vez abandonado el campo, el síndrome de Estocolmo será tal, que los años de universidad serán un grato recuerdo y pensareis que vuestros profesores os enseñaron algo. Repetid el lema de vuestros mayores: La universidad os hará libres.

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