El anuncio

El anuncio

CAPITULO UNO

Un restaurante de carretera servía como escondrijo provisional para Güerito Pistolas y sus compadres. Tomaban cervezas con lima y unos caballitos de tequila reposado. Navajas Mellado era el segundo de abordo de aquel cártel llamado Los Gringos del Sur. Le faltaba el dedo meñique de una de las manos, perdido cuando intentaba cruzar la frontera con los Estados Unidos.

Fue por culpa de un anillo de oro con el sello de la Virgen de Guadalupe. Quedó trabado en la valla cuando se dispuso a saltar. Por aquel entonces la frontera tenía una verja de menos de dos metros y algunos tramos del Río Grande estaban sin vigilar. A pesar de ello, Navajas Mellado no había perdido destreza con las manos, lo que para la gente como él no era otra cosa sino un “milagrito de la virgencita”.

Rellenó una vez más los vasos y en voz alta con una visible voz de embriaguez dijo:

—Brindemos manitos por el pinche Güerito, que Dios lo puso en nuestro camino para balear a esos cabrones.

Por “esos cabrones” Mellado se refería a los Tigres. Los compadres echaron el coleto atrás bebiendo el tequila de un trago. Vitorearon, aplaudieron y empezaron a dar puñetazos en la mesa.

La puerta de la cantina se abrió y un señor con sombrero mexicano, poncho y amplio mostacho hizo aparición. Los gringos palidecieron al verlo, parecía un fantasma regresado de entre los muertos. Uno de los compadres, Paluegos Gutierrez gritó:

—¡Cuidado! ¡Tiene un cuerno de chivo!

El intruso se apartó un poco el poncho y sacó un AK-47 (una de las metralletas favoritas de los narcos mexicanos). A continuación empezó a disparar contra todos los presentes de la sala. Güerito Pistolas tiró la mesa al suelo para convertirla en un parapeto. Las botellas de tequila y cerveza cayeron con estrépito imperceptible debido al ruido de las balas.

Navajas Mellado maldijo su suerte entre dientes y dijo:

—Ay patroncito, se nos coló un lobo solitario de los Tigres.

—Ya lo veo pendejo —contestó Güerito— ¿Y quién es ese pendenciero que tiene los bemoles de presentarse acá?

Navajas se volvió a asomar por encima de la mesa y echó un ojo para identificar al pistolero. Acto seguido, agachó la cabeza para evitar ser alcanzado por la nueva ráfaga de balas que se aproximaba.

—Me parece que se trata del Siberiano.

Güerito emitió un bufido de fastidio. El Siberiano era el peor sicario del cártel de los Tigres, no entendía cómo sus muchachos no habían acabado con él. Era costumbre impuesta entre los narcos rematar a todas los cuerpos con un disparo en la cabeza, no fuera a ser que como el Cristo acabaran resucitando.

—¿Quién tenía que acabar con él? —preguntó Mellado.

—Era un encargo para el Frijoles guëy.

El Frijoles era otro miembro del cártel que en ese momento se encontraba detrás de la barra persignándose y besando la virgen que tenía al cuello. Su apodo se debía a su comida predilecta y a su desmesurado sobrepeso. Apenas sí cabía detrás de la mesa en la que se encontraba.

—¡Psch! ¡Psch! ¡Eh! ¡Eh! ¡Frijoles! ¡Pinche cabrón! —comenzó a gritar Güerito—. Frijoles no le oía por el ruido de las balas. Su cabeza, tan grande como la de un toro, era una amalgama de gotas de sudor. En una de la pausas del tiroteo Güerito captó su atención y le dijo:

—¿Por qué no mataste al Siberiano pinche cabrón?

El Frijoles empezó a sudar todavía más y entrecerraba los ojos como si no ver la escena le fuera a sacar de esa situación.

—Ay Güerito, pues yo le juro que le balee compadre. Lo mismo la virgensita obró un milagro y lo resucitó como al Lázaro evangelista.

—Serás huevón —dijo Güerito—. ¡Los narcos no resucitan! ¡Deje de decir pendejadas y venga para acá!

—Ay voy patroncito —dijo el Frijoles—. No se ponga arrecho conmigo hombre.

En ese momento, mientras el Siberiano volvía a cargar su cuerno de chivo al grito de Salgan cabrones, el Frijoles con una agilidad impropia de su peso se escurrió de detrás de la barra y rodó como una croqueta hasta la posición de Güerito. En el corto camino quedó atascado con una silla que estaba tirada por el suelo y sus compadres tuvieron que amarrarlo, antes que el Siberiano lo baleara.

Tras unos momentos que parecieron horas, el patroncito se pronunció:

—Este es el plan: vamos ha hacer la “Kevlar”.

—¡¡Ay no patrocino!! —empezó a gimotear el Frijoles—. ¡¡La Kevlar no!! ¡¡Por favor, yo le suplico!!

—Cállese cagón —sentenció Güerito— si hubieras hecho tu trabajo no estaríamos en éstas.

Güerito silbó al último compinche que estaba detrás de la barra. Paluegos Gutiérrez se encontraba con un mondadientes trasteándose la boca. Hizo un gesto con la cabeza como si la cosa no fuera con él y Güerito le hizo un gesto con la mano levantando tres dedos. Era la clara señal de la jugada ensayada que seguía. Gutiérrez a continuación se quitó de debajo del poncho lo que parecía ser un chaleco antibalas y lo lanzó a la mesa en la que se encontraba Güerito parapetado. Éste disparó un cargador de balas al Siberiano y preparó la recarga de la parte de atrás de su pantalón. Ahora tendrían un pequeño margen. Güerito dijo:

—Okay Frijoles, póngaselo.

Éste totalmente resignado a su destino se lo puso y empezó a persignarse y a rezar las oraciones que le habían enseñado las monjitas cuando era un niño en Michoacán. Güerito esperó a que el Siberiano parará a recargar. Cuando lo hizo cogió al Frijoles por la pechera del chaleco, lo levantó y se parapetó detrás de él como un escudo humano.

—Levántate y anda. —dijo Guërito como si del Lázaro evangélico se tratara.

El Siberiano no podía creer lo que veía y empezó a disparar contra el grandote Frijoles. Éste empezó a convulsionar al recibir la andanada de impactos de bala, que en su mayor parte iban a parar al chaleco. Güerito se puso de perfil para que ninguna bala escapada le diera. Después de la primera ráfaga y cuando comenzaba la segunda, tiró al Frijoles al suelo y con su Colt 45 disparó a la cabeza del Siberiano cinco veces, de las cuales hizo blanco en dos de ellas.

El Siberiano calló fulminado. Navajas Mellado se acercó al Frijoles para comprobar su estado: sangraba de manera abundante por los brazos y las piernas. El torso estaba intacto gracias al chaleco. Güerito se acercó y le dijo:

—No te dieron en la cabeza pinche cabrón.

—Fue gracias a la virgencita —contestó el Frijoles— y besó la estampa que siempre llevaba colgada en el cuello.

La pérdida de sangre lo había dejado adormilado. Güerito se acerco más a él y le puso la pistola en la cabeza.

—Pues saluda a la Guadalupe de mi parte.

Cuando se disponía a apretar el gatillo, se encendió el televisor del restaurante y un anuncio apareció en la pantalla con una potente voz:

¿Te consideras acomplejado por tu forma de ser? ¿Te ves obligado a decisiones que no tienes los arrestos para tomar? El Licenciado Julio Santos trae la solución: ¡La liposucción de moral! Remodelados del contorno deontológico de la manera menos invasiva y con una rápida recuperación. También nos dedicamos a la lipoescultura ética que elimina los depósitos de humanidad localizada que no desaparecen a pesar del trabajo duro o el entorno competitivo. Una forma segura y definitiva para definir la persona triunfadora del mañana. El Licenciado Santos está tan seguro que revolucionará su vida, que ofrece una exclusiva financiación. Elimine hoy. Page mañana. Confianza clínicamente probada. ¡Primera consulta gratuita!

Todos los miembros del cártel quedaron con la boca abierta. Güerito fue el primero en pronunciar palabra:

—Oiga Mellado, pida cita a ese cabrón.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s