El chófer de Max Planck

Max Planck

Hay una anécdota fantástica acerca del chófer de una de las mentes más prodigiosas del siglo XX: Max Planck (1858-1947). En efecto, no vamos a hablar de este físico-matemático, sino de alguien más humilde que trabajaba para él.

Para ponernos en tesitura, hay que recordar Planck fue uno de los padres de la mecánica cuántica (la mayor revolución de la ciencia en el siglo XX) y que recibió el Premio Nobel de Física en 1918. Entre otra aportaciones, cabe destacar la Constante de Planck y la Ley de Planck, de las cuáles no vamos a detallar nada más porque este no es un artículo de física.

A Max Planck, después de su premio Nobel y de los descubrimientos que aportó a la física moderna, le invitaron a toda clase de tertulias y conferencias académicas para explicar sus descubrimientos y su visión de esta incipiente rama de la física. En aquella época la aviación civil no estaba desarrollada y la forma más rápida de viajar por Europa era en coche.

Su chófer llevaba al profesor Planck de una ciudad a otra y el pobre señor tenía que escuchar una y otra vez la misma conferencia. Una de las veces el chófer le dijo a Planck, que había escuchado tantas veces esa cháchara sobre la mecánica cuántica que sería capaz de dar la conferencia él mismo. Max Planck, al que le presuponemos cierto grado de humor, le comentó que si tal cosa era verdad en la próxima ciudad intercambiarían los papeles y él pasaría a ser su chófer.

Llegados a este punto, cabe recordar que por esos tiempos no existía la televisión, ni internet. Por lo tanto, era muy difícil poner cara a los personajes ilustres, excepto por los periódicos. Así que nadie tenía por qué saber a ciencia cierta cómo era Max Planck.

El día llegó y el chófer se puso sus mejores galas y subió al estrado, para repetir punto por punto lo que Max Planck contaba en todas sus conferencias. En efecto, fingió ser el profesor a la perfección y llegó la ronda de preguntas de los asistentes, el momento álgido para saber si el cambiazo había funcionado.

Todas fueron sencillas de contestar, porque se habían planteado en otras conferencias y era difícil proponer algo complejo a una persona tan “inteligente”. Pero uno de los asistentes entre el público formuló una pregunta dispar, de corte técnico, la cuál el falso Planck no sabía responder.

Sin embargo, el chófer con mucha flema fingió ira e indignación y respondió acaloradamente al asistente, que su pregunta era tan tonta que hasta su chófer sería capaz de responderla. En ese momento hizo subir al verdadero profesor Planck.

Moraleja: si piensas que alguien no sabe de lo que habla: hazle preguntas.

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