Romanos VI

Nuestro afamado caballo miccionando detrás de un seto

Corría el año 30 del primer milenio de nuestra era, cuando un viajero judío que abandonaba Jerusalén se encontró en su camino a un rico comerciante romano que miraba atónito a su caballo muerto en el suelo. Tenía este la lengua fuera y sus tripas como absorbidas, semejantes a un globo desinflado.

COMERCIANTE:
¿Qué le ocurre buen hombre? ¿Qué le ha pasado a su montura?

ROMANO:
Debe de ser algún problema de gases… Ya verás cuando pille al que me vendió esta caballeriza…

El criado del ROMANO que montaba en burro precisó:

CRIADO:
No sea así amo, ya nos advirtió que este caballo digería muy mal la hierba de Judea, y que como había sido muy bien domado, solo procedía a soltar ventosidades, cuando se hallaba solo, de noche, y nadie le miraba…

ROMANO:
¡Malditos caballos domados! ¡Hasta cuando miccionaba se ponía detrás de un seto! ¡Y si osabas cogerle de las riendas te soltaba una coz! ¡Volveré a por ese desgraciado vendedor de mulas con patas y le enseñaré que a los caballos, por Dios, no se les enseña modales!
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Ojalá ardáis en el infierno

Mis trileros compañeros de Filosofía

Cada día bendigo a Dios por estar en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid. Es una facultad normal: no hay demasiados profesores brillantes, tampoco hay mucho dinero para gastar en las instalaciones y hasta compartimos facultad con los de Filología, pero todos estos inconvenientes se compensan con las amistades y compañeros que tengo en esta universidad.

¡Qué universidad! ¡Y qué amistades querido lector! Si os las contara, caeríais de la silla desde la cual leéis. Son amigos que parecen sacados del Lysis de Platón, aquel diálogo en el que se ensalza los valores de la amistad. Son amigos que jamás ustedes podrían pensar que existieran de verdad y muchas veces yo les pellizco para comprobar si son reales.

Y claro que lo son, son tan reales que cualquiera con más sentido común que el que teclea, diría que han sido sacados de los peores pasajes del Leviatán de Hobbes. Pero yo tengo mucha fe en ellos y creo que esa afirmación que circula por ahí de que son unos hijos de puta es un mero rumor. Un simple comentario de envidiosos que anhelan las virtudes de mis queridos compañeros complutenses.

Pero Fígaro, ¿habrás de contarnos los hechos que ejemplifiquen la rectitud de esos compañeros a los que dices tanto amar? Cierto es, de otro modo no hay posibilidad de creer mis palabras. Por ello me dispongo a contar los sucesos que todo el mundo obvia por interés y nadie cuenta por vergüenza.
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El ascenso de Boris Houdini

Boris Houdini retratado cuando era un adulto adolescente

El pequeño Boris Houdini tenía un cociente intelectual de 205. Para hacernos una idea de su ingenio tendríamos que remontarnos a una figura de la talla del alemán Gottfried Leibniz –más conocido como “Leibniz” a secas, o Gottfri para los amigos–, famoso filósofo precursor del principio de Razón Suficiente, cuya demostración tenía que ser lo suficientemente razonable para ser un principio, y no un final, y mucho menos de los malos de Hollywood.

También ideó el cálculo infinitesimal, llamado así por pretender calcular hasta el infinito dos veces y sin respirar. Sin embargo era un broma del sarcástico y muy agudo Gottfri, que los estudiosos de la matemática nunca han llegado a entender. En lugar de ello, solo vieron áreas bajo la curva de una función, que se empeñan en enseñar a aburridos bachilleres que bastante tienen con dilucidar si es hasta el segundo o tercer hielo la medida correcta para llamar a una copa vulgar “cubata”.

Pero volvamos al pequeño Boris y a la dramática historia de su vida, pues tal ingenio y superioridad en los primeros años no hizo sino engrandecer su ego, mucho más cuando entró en la universidad a los ocho años y llegó a doctor de patafísica de la moral a la edad de 13, tesina que tuvo enorme prestigio en la facultad de filosofía y  letras donde se dilucida si es moral o no cortar los jamones a los cerdos belloteros para el disfrute humano.

Houdini antes de cumplir los 18 años había destacado en todo lo que se había propuesto incluso había ganado títulos en las áreas más rocambolesca como en un concurso de mises, en el cual habían pretendido descalificarlo por ser hombre. Él había apelado a que las participantes analizando su C.I estaban muy alejadas de los humanos, más próximas a los simios y de estos últimos ni siquiera a los grandes. Ante tal obviedad, al joven Houdini le dieron el premio miss simpatía de una manera irónica claro está.

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La felicidad en los hombres buenos

Por eso se sorprendió tanto cuando se despertó y Teresa cogía con fuerza su mano. La miraba y no podía entender qué había pasado. Se acordaba de las horas que acababan de pasar y le parecía que de ellas se desprendía el perfume de quién sabe qué felicidad desconocida.

Milan Kundera (La insoportable levedad del ser)

Aunque parezca mentira, hay días que con una pizca de suerte aprendo algo en la universidad. Las más de las veces son pequeñas píldoras de conocimiento vital que pululan por el aire. Esta forma cursi de transcribir esa sensación significa que son pequeñas cosas que cuentan nuestros monótonos y repetitivos profesores;  pequeños ataques de lucidez y erudición, que se hacen extraordinarios al brillar cotidianamente por su ausencia.

El último de estos regalos divinos, fue una concepción para mí totalmente nueva de la felicidad. La concepción que el firmante tenía sobre este concepto tan capital y central en la vida de todo ser humano, había sido en los libros del polifacético Alejandro Jodorowsky. Venía a decir más o menos, que la felicidad era estar cada día menos angustiado. Argumento que he compartido, hasta que he leído una nueva definición, que se ajusta más a lo que realmente pienso y no sabía que pensaba.

El problema de la idea de Jodorowsky es el siguiente: estar cada día menos angustiado no es la felicidad per sé, sino un camino de los tantos que hay para llegar hasta ella. No deja de ser interesante el fuerte orientalismo que tiene este planteamiento y que sin duda ha influido a la hora de hablar sobre el tema. Hablaremos de los problemas que tiene la concepción de la felicidad desde un punto de vista oriental en los sucesivos párrafos.

Pero entonces ¿qué es la felicidad? Bueno, para filósofos como el gran Kant el tema se centra del siguiente modo: nosotros somos unos seres racionales que se cuestionan acerca del futuro. Tenemos –entre otras– una serie de preguntas como: ¿qué nos cabe esperar? Pues en todo ese “esperar” se introduce la cuestión última y de fondo, de si en un futuro seremos felices. De algún modo nos preguntamos: ¿si somos buenas personas, en el mayor de los sentidos morales, si hacemos el bien y vivimos como gente honrada, tendremos una recompensa en un futuro no demasiado lejano?
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No pudimos, no

A la fuga, sí, tú y yo.

Vuelvo de la universidad en metro. Salgo del metro. Vuelvo de la universidad y salgo del metro. Estoy en la calle. Estoy en la calle y tengo que andar hasta a mi casa. El camino es largo. Largo y pesado. Hay un kilómetro. Ayer volví a soñar después de no hacerlo en cuatro años. En cuatro años. Ayer volví a soñar. Había unas llaves, sí, unas llaves en una mano. Ayer volví a soñar, pero las llaves solo aparecían al final. Vuelvo de la universidad en metro, salgo y recuerdo que ayer volví a soñar con unas llaves. Con unas llaves, sí, pero solo al final.

Me duele la mano, creo que me he hecho sangre. Hay gente en el sueño. Hacía que no soñaba cuatro años y hay mucha gente en mi sueño. Tengo miedo y frío. Tengo miedo de que sean los protagonistas de sueños no realizados. Se está armando barullo. Hay alguien en el suelo. Alguien llora. Hay alguien en el suelo y hay alguien que llora. Es una mujer. Una mujer llora en medio de todo el barullo. Hay alguien en el suelo. Es un hombre. Tengo miedo y frío. Una mujer llora pero no la conozco. Un hombre está en el suelo y sí que le conozco. Es un hombre. Es mi abuelo. Es mi abuelo y está en el suelo.

Vuelvo de la universidad y salgo del metro. Recuerdo que ayer soñé con algo, hacía mucho tiempo que no lo hacía. Mucho tiempo. Recuerdo que al final del sueño había unas llaves, pero solo al final. Había un barullo y mucha gente de sueños abortados. Lloraba una mujer que no conocía y había un hombre en el suelo. Le conocía, sí, era mi abuelo. Lloraba una mujer y mi abuelo estaba en el suelo. Había una ambulancia. Vuelvo de la universidad y recuerdo que anoche soñé algo de una ambulancia y unas llaves, pero solo al final. Me duele la mano, creo que me he hecho sangre. Veo a una mujer llorar y un coche muy bonito abollado. Abollado y mi abuelo está en el suelo.
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