Woody, Adam, Dios y el trabajo

San Pedro con las gafas de Woody Allen

WOODY: Lo del otro día fue indignante.

ADAM: ¿Qué pasó?

WOODY: Me encontré en un bar con unos amigos.

ADAM: ¿Encontrarse con unos amigos es indignante?

WOODY: Hombre, pues sí. Sobre todo si esos amigos son unos sabelotodo existenciales.

ADAM: No te entiendo. ¿Qué quieres decir?

WOODY: Bueno, unos sabelotodo existenciales. Esa clase de gente que, al oír como hablan de sus vidas y como desprecian la tuya, pareciera que fueran el paradigma del existir. Pareciera que no sé, que nunca han tenido miedos, ni temores y que ellos sí que saben aprovechar los recursos a su alcance. De esa clase de personas que, si no fuera biológicamente imposible, dirían que se han parido a sí mismos.

ADAM: ¿Por qué dicen eso?

WOODY: Porque tienen trabajo…

ADAM: ¿Tener trabajo es aprovechar la existencia? ¿Partirte el lomo en hacer más grande la piscina de otro es existir?

WOODY: Bueno, eso es lo que pienso yo, pero supongo que sube en cierta manera el ego, el hecho de tener trabajo cuando el 25% restante de la población no lo tiene. No sé, te da cierta altura de miras, la suficiente para poder mirar por encima del hombro.
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Es la primera vez que me pasa

Manhattan hospital, verano de 1970.

El caso es que me habían operado de fimosis quística, porque según mi médico de cabecera: mi pene; con tanto prepucio; no podía respirar. A pesar de estar en Nueva York y pagar una pasta por la operación, tenía que compartir la habitación con otro incómodo paciente. Se trataba sin ir más lejos de Don Juan de Tirso de Molina, todo un arquetipo literario con gran descendencia europea.  Eso último lo tuve que buscar en la enciclopedia porque cuando me dijo quién era, no le conocía. Es que no veo la tele –me excusé–. Se ve que solo lo mejor de la jet set mundial –e histórica– se puede permitir esta clase de hospitales tan caros.

Mi famoso amigo se encontraba en el hospital por un problema de impotencia. Era un caso clínico que estaba dando mucho que hablar en los meaderos y retretes del hospital. Se comentaba que mi vecino de camilla, era inmune a toda clase de caricias y cosquilleos, dirigidos principalmente a su entrepierna, orejas y demás zonas erógenas. Cosa que no ha de extrañarnos, si tenemos en cuenta que el hombre quería tener una erección con cuatro siglos de edad, y llevaba ahorrando de su pensión –que comenzó hace unos trescientos años– para pagarse el mejor tratamiento. Y es que claro, la literatura mundial no ha vuelto a ser lo mismo desde que saltó este escándalo en la prensa del corazón, cuyos titulares rezaron: Don Juan al descubierto, sin pito anda el mito. No todos los días uno se entera de que el personaje más mujeriego de la literatura universal es impotente.

El Manhattan hospital se preciaba de nunca haber dejado un caso clínico sin resolver –si por resolver también incluimos acabar con el paciente en el cementerio–. Por ello y al ser un cliente tan antiguo, la gerencia del hospital decidió traer al mejor médico de Viena sobre el tema: el doctor Schäfer Schäfer. Un médico milagroso que hacía la competencia en temas sanatorios incluso al agua de Lourdes. Su formación y prácticas quirúrgicas eran un tanto dudosas, se rumoreaba en los mismos meaderos y retretes que había estudiado medicina en un campo de concentración nazi, aunque solo eran chismes seguramente infundados. También se decía que había sido escapista en un circo y mago. Y que era por eso por lo que ni las autoridades de la inteligencia americana, ni el mismísimo Mossad israelí le habían podido echar el guante a ese granuja.
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Buen viaje

Lunes. Acabo de empezar mi nueva semana en España. He comprobado que aquí nada ha cambiado. Que todos nos hemos vuelto más idiotas y más pobres. No precisamente por ese orden. Para colmo, las pinceladas de mi vida -que son el artículo de mis pericias por Nueva York- no han gustado. Varias personas me han dicho con cara de satisfacción, que los he escrito mejores. Supongo que esta clase de artículo, no les gusta porque está hecho de una manera sencilla, directa y a vuelapluma. Ellos lo que buscan sin embargo, es disfrutar de algo totalmente complejo y trabajado. Desde aquí les digo, ¿quién trabaja en verano?

Martes. Leo lo de ayer y pienso: es inútil ir contra el lector, él siempre tiene la razón. Pero yo voy acorde con los tiempos  y estos siempre van a peor. Es injusto pedir a alguien mediocre que escape de su mediocridad. Es lo único que me queda. Además, lo bueno de la mediocridad es que jamás se va con otro y que me será fiel hasta el final de mis días. ¿Quién de vosotros puede asegurar que no se irá el blog de al lado? ¿Quién de ustedes puede afirmar que pasa más tiempo leyendo estos párrafos que viendo porno en internet? Pues nadie, incluso el firmante pasa más tiempo dedicado al onanismo virtual, que hilando esta cutre prosa. No pidamos peras al olmo.

Miércoles. Sigo dándole a la tecla pensando en por qué he adoptado esta técnica de escritura. Lo tengo claro. En primer lugar vas poniendo días de la semana y te salen chorradas como churros; además, adquieren un orden lógico porque al lunes le sucede el martes etc. En segundo lugar, porque puedo hablar de mí mismo, en calidad de egomaníaco compulsivo. Es lo que llevo haciendo desde hace años en el blog, pero que trataba de disimular escribiendo sobre personajes imaginarios y escenarios que jamás visité. No volveré a disimular más, acabo de salir del armario de la incompetencia.
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Aunque no quieras, te haces daño

Lunes. Estoy en Nueva York. Estoy desde el jueves, en la ciudad de las ciudades. La urbe entera es un monumento fálico al poder del dinero. Todo está lleno de rascacielos que brotan de la isla de Manhattan como si fueran un campo de penes. Todo está lleno de edificios crecidos a lo alto por la falta de espacio. Hablando de lo erecto que es todo en Nueva York -con mi psicoanalista-, le he comentado que cualquiera siente que la tiene pequeña y flácida en esta ciudad tan viril. Hay edificios que en una década cumplirán cien años de su construcción y siguen ahí impertérritos, sin muestra alguna de fatiga. Me pregunto si la ciudad en sí es un monumento a la impotencia masculina.

Martes. Le comento el tema a mí hermano y me mira con cara rara. Pese a  haber convivido conmigo más de dos décadas parece sorprendido. Me dice: cada vez que abres la boca es para decir una chorrada más grande. Que mi hermano no lo vea así me hace sospechar. Seguro que es impotente. Seguro que algún día construye su propio rascacielos. Está bien claro que esta ciudad está levantada sobre el sudor y la explotación de los inmigrantes, y de sus sueños. Todo para que señores como Rockefeller y Donald Trump puedan tener esos gigantescos penes de acero. Seguro que son impotentes ellos también. ¿Quién quiere sexo cuando posee un rascacielos?

Miércoles. El insomnio ha vuelto a aparecer y no puedo quitarme el tema de la cabeza.  Mi hermano y yo hemos tenido que compartir cama en el hotel,  se ve que en la ciudad la carencia de suelo es extrema y eso lo aplican a todo. Así que me veo obligado a dormir con un oso grizzli en una cama de matrimonio. Mi hermano ronca, cuando se lo reprocho por la mañana me dice que soy yo el que ronca. Aprovechando el insomnio saco a relucir mi personalidad bipolar, para  que uno de mis dos yoes me diga quien dice la verdad. Resulta que al final los dos roncamos. Me empieza a entrar el sueño y decido aprovechar la ocasión para intentar pegar ojo. Pero ahora resulta que con los ronquidos no puedo. El problema es que no consigo acompasar mi ronquido al de mi hermano. Empiezo a contar métricamente y resulta que mi hermano ronca en un compás de cuatro tiempos. Yo por mi parte lo hago en uno de tres tiempos. Me pregunto si mi torpeza a la hora de bailar se pueda deber a eso, a que tengo otro ritmo diferente al resto del mundo.

Jueves. Aprovecho que la familia se ha parado a tomar un café para llamar a mi psicoanalista desde una cabina. Cuando me descuelga el teléfono me contesta con voz dormida y diciéndome que qué hago llamando a la una de la mañana –hora de España-. Le digo que es la hora perfecta y le pregunto que cuando él ronca a qué compás lo hace. Parece molesto con el asunto. Pienso que quizás tiene el mismo problema con su mujer que el que yo tengo con mi hermano. Le pregunto si es muy caro poner habitaciones insonorizadas. Le sigo hablando del asunto y de mi curioso descubrimiento al volverme bipolar la otra noche. Me contesta mientras bosteza algo que no comprendo, y luego me dice que lo de bipolar es como ser bizco, que si lo haces y te da un aire te quedas bisojo para siempre.

Viernes. Bajo a recepción y le digo a la recepcionista que si puede insonorizarme el lado izquierdo de la cama. Como mi inglés es cheli, ella no me entiende bien y cuando vuelvo por la tarde a la habitación encuentro la tele en mute (muda) y el teléfono de la habitación sin timbre. Incluso al secador le han puesto un silenciador. Para mi desgracia encuentro que a mi hermano no le han bajado el volumen. Y como todo lo demás de la habitación está en silencio, esa noche no solo le oigo roncar, sino que parece estar  roncando en estéreo.

Sábado. Es fin de semana y me dirijo al aeropuerto dispuesto a abandonar la ciudad erecta. Un ecuatoriano muy aficionado al fútbol nos lleva a toda velocidad por el bario de Queens dirección al JFK. Le digo que no me gusta el fútbol y veo al instante su cara de decepción. Le pregunto qué es lo que más le gusta de Nueva York. Sin pensarlo demasiado me dice: los dólares. Le cuento mi teoría de los edificios y su similitud con el miembro masculino. Le digo además, que los aviones seguro que son una especie de penes volantes. Le digo que si él tiene problemas de disfunción eréctil y que si tiene pensado construir un rascacielos. Me mira con cara rara y al instante deja de hablar. Ya no sonríe. Acelera por la carretera y en la terminal pega un frenazo. Rápidamente baja las maletas. Cuando le tiendo la propina, la mira fijamente, niega con la cabeza y sale disparado en su furgoneta. Resulta que no iban a ser los dólares lo más importante.

Domingo. Si los domingos son malos de por sí, empezarlos en un avión puede ser una especie de antesala al infierno. Esos asientos estrechos parecen estar diseñados para una suerte de personas anoréxicas. El caso es que son muchas horas de avión y mi hermano está sentado a mi derecha. No ha habido manera de dejarlo en tierra, le ha entrado el sueño y se ha puesto a roncar. Yo por mi parte sigo con insomnio. A mi izquierda, una señora judía se ha puesto a vomitar. Por si no fuera poco, me empiezan a pasar factura las dos coca colas que he tomado antes de embarcar, y empiezo ir al baño con la misma frecuencia que un jubilado con problemas de próstata. En una de estas mientras estoy en el baño miccionando, el avión entra en una zona de turbulencias. Al instante oigo el ruido que indica que hay que abrocharse los cinturones de seguridad. Yo todavía estoy a la mitad de la micción e intento acelerar. Por más que lo intento no puedo. El avión comienza a pegar botes y a bachear como si fuera un coche. Acabo mis necesidades y justo cuando intento subirme la cremallera el aeroplano atraviesa una turbulencia y me pillo el miembro con la bragueta. Grito de escozor. Cuando salgo del baño la azafata me mira con cara rara y al instante inspecciona el baño por si no hubiera entrado solo. Cuando vuelvo, mi hermano sigue roncando y la chica judía al verme, coge su bolsa y vuelve a vomitar.

Lunes. Vuelta a España. Llego y todo el mundo me llama al móvil pero yo no quiero hablar con nadie. Solo quiero hablar con mi psicoanalista. Pero no me lo coge. Tampoco querrá hablar con nadie. Vengo de la ciudad de los penes con el pene escocido. De vuelta en el taxi pienso que cuando te obsesionas con las cosas, aunque no quieras, te haces daño.

Te lo puedo explicar

Hoy es una de esas mañanas en las que estoy solo en casa. Mis padres y mi hermano, han acudido a la llamada del deber y se han ido a trabajar y estudiar respectivamente. Un servidor, con problemas estomacales y con la orden del médico de hacer ayuno, no ha ido a la universidad. Ante esta perspectiva, me amodorro entre las sábanas calientes y aprovecho mis últimos minutos de duermevela. Estoy feliz. Bostezo varias veces y me rasco la barriga. Me revuelvo insolente entre las sábanas por si puedo exprimir algunos minutos más de sueño, pasar un poco más de tiempo en el paraíso. Un grito interrumpe mi plácido descanso:

– ¡Soy el Rey de Italia!

Me quedo un poco perplejo. Pero rápidamente decido creer que son imaginaciones mías, algún eco de un sueño rezagado a medio alumbrar. Estoy tan a gusto durmiendo…

-¡Soy el Protector de la Confederación del Rin!

Alguien vocea desde el salón. Es indudable. ¿Será mi hermano? Mas no lo creo, hoy se examinaba en la universidad. Ayer durante la cena estaba bastante nervioso y no se le podía hablar. No puede ser.

-Soy el ogro de Ajaccio.

-Soy el Usurpador Universal…

Alguien está gritando mamarrachadas en la otra punta del salón. Pese a lo acogedor de mi catre y el mullido almohadón, hago acopio de fuerza y me levanto. ¿Podría tratarse de un ladrón? Imposible. Un ladrón no anda largando imbecilidades por los pasillos de la casa que pretende sisar. Me invade cierta desazón, pero la modorra impide a mi yo consciente volverse una histérica y todavía estoy en el irracional arrastrando los pies por el pasillo. Seguro que se han dejado puesta la televisión. ¡Qué pereza! Tenerme que despertar por su despiste… Bostezo un poco más… Justo a la entrada de la habitación oigo:
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