No se lo digas a nadie

Se mecía al vaivén del viento como una rama rota que está a punto de quebrarse. Su espigada figura, contrastaba con el grueso del tronco del árbol. La tensión de la fina pita alrededor del animal, parecía que fuera a ser perpetua. Su cuello roto estaba pelado, mostrando zonas de carne color rosáceo. Esta zona asfixiada de su gollete, parecía no pertenecer al animal, que por lo demás, era precioso. A pesar incluso, que palideciera en los miembros superiores debido a toda la sangre acumulada, consecuencia del lapso de tiempo acontecido desde el ahorcamiento.

Un tajo color de acero sesgó el aire, llevándose con él, la pita y el perro muerto. Cayó al suelo con un ruido sordo, como de muerte, que espantó a un pájaro que anidaba en el árbol. Un agente de la Protección Nacional de Animales, con un cuchillo en una mano y, una bolsa de plástico negra en la otra, se agachó a recoger al animal y lo metió en la fina bolsa. Desde lejos parecía un tipo normal, con una bolsa de la colada, llena de ropa mojada y por tender.

No le gustaba nada aquel asunto. Demasiadas muertes aquella semana, y no solamente de animales. Mejor será, que no se lo digas a nadie.

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Tangos de mala suerte

El tintineo rompía el artificial silencio...

Estaba solo, en la sala solo; bailando con una maniquí, que hacía que pareciera más solo aún. No sabía cuántas horas llevaba así: danzando y cabrioleando, dando vueltas y más vueltas. Molinetes sobre el eje vertical del cuerpo, acompasados con el de la maniquí. Esta era calva y sin ningún encanto, con todos los detalles de sus rasgos por definir. Trenzaba y trazaba múltiples giros sin parar, y cuando notaba que le faltaba el aire, paraba, apretaba la maniquí contra sí, con su cabeza de plástico sobre su ancho hombro. Después reafirmaba su mano en la cadera de la acompañante, recuperaba el resuello y continuaba otra vez. Y otra vez. Y otra. Y otra, en un sempiterno tango imaginario.

Bailaba y bailaba y, de vez en cuando, tiraba con sus giros una de las numerosas botellas que había esparcidas por el suelo. Se las había bebido todas. El tintineo rompía el artificial silencio, haciendo toda la escena aún más turbadora. Eran botellas muy viejas de vino, tanto, que se habían avinagrado por haberlas conservado en vidrio en vez de en barricas de roble. Bebió y bebió, hasta que el sabor se le hizo indistinguible, fuera vinagre o vino carecía ya de relevancia. Lo único importante era él y su acompañante, bailando el tango perfecto.

Ese tango de mala suerte; con ese ser inanimado; con esa maniquí; hecha a imitación de una mujer real. De una mujer que se había ido para no volver. Como todas. Simbolizaba algo que no había encontrado, y cada vez era más consciente de que jamás iba a encontrar. Pero mientras tanto, bailaba y bailaba, y en ningún momento dejaba de bailar. Y siguieron pasando las horas, y siguió repitiendo compases mentales para no perder el ritmo.

Horas y más horas, y el cuerpo estaba a punto de decirle basta. Se resignó y siguió bailando, como lo había hecho en momentos previos, en días antes: sin un destino fijo; sin rumbo; sin hogar. Cada vez le costaba más mantener la conciencia, pero ya daba igual… La mala suerte carecía de sentido… al igual que ellas… al igual que él. Estar consciente no aportaba nada extra. Antes de desfallecer en aquella sala llena de botellas de vidrio, besó a la maniquí, y esta -al igual que las mujeres previas- no movió los labios.

Atardecer de amores

Atardecer de amores

Sabía perfectamente lo breve y efímera que sería esa llama.

Esta foto fue tomada en las afueras de Madrid, un domingo de esos en los que el radiante día de sol te empuja a vivir. Capturé la imagen de casualidad, como todas las buenas imágenes. Conscientemente apuntaba a los hermosos rascacielos y al sol de fondo. Inconscienteme mi dedo apretó el botón justo cuando pasaba la pareja. Lo sé porque mi yo consciente se molestó, cuando al pasar por medio del objetivo creí que iban a estropear la instantánea del atardecer. Ese yo consciente decía: ¡vaya por Dios! Los tortolitos me van a joder la foto… A la vez el inconsciente quería inmortalizarlos, quería atraparlos, fijarlos en la eternidad, pues sabía perfectamente lo breve y efímera que sería esa llama. Mi yo consciente se quedó pretificado, al entender la cruel metáfora: el amor como atardecer. Como magnifico astro que se hunde en el horizonte: colosal, majestuoso y bellísimo… Y precisamente porque no se alarga en el tiempo, por tener fecha de caducidad es por lo que siempre permanece como un placer y deleite a nuestros ojos mortales. Cayó el sol, caerá el amor de esta joven pareja y caeran todos los imperios de la historia como antes cayó todo. No desesperéis. El universo os guiña un ojo, encima del atardecer hay dos estelas que se mueven en direcciones opuestas, con destino el fin del mundo.

Guillotina digital

Caerá la cuchilla sobre vuestras cabezas analógicas...


Ayer mismo disfrutaba de unas latas de cerveza con dos amigos, sin más pretensión de estar tranquilos y pasar un buen rato, cuando diversas motos de policía entraron por los dos únicos accesos del parque. Perfectamente coordinados y perfectamente divididos. En menos de 30 segundos rodearon al grupo más grande de personas, que al igual que nosotros disfrutaba de una noche estupenda y alcohol a un precio razonable. Eran unos 10 jóvenes. No les dieron cuartel. Me metí mi lata de cerveza en la chupa como si fuera un maldito delincuente y huí del parque como si mis actos fueran reprobables. A pocos metros de este recinto había una terraza de un bar, llena de gente bebiendo alcochol en la calle. Beber alcohol en la calle solo es ilegal si eres pobre. Una lata cuesta un euro. Una litrona poco menos de dos. Una copa entre 7 y 15 euros -cuando una botella a precio mayorista vale menos de 10-. A su vez todos los locales atracadores disparan sus precios gracias a esta persecución que pisotea mis derechos como ciudadano y mi dignidad como persona. A su vez tienen la puerta de su negocio llena de personas fumando. Desde la entrada en vigor de la ley antitabaco hay que fumar en la calle, pero beber dentro del local. Fumar fuera, beber dentro y vivir en paz en ningún lado. A su vez estos fumadores se sacan sus bebidas a la calle, y llenan las inmediaciones de mierda y colillas apretujadas pues no hay papeleras cerca. La molestia a los vecinos es mentira, pues más molestan en la entrada de los bares. Esa misma noche en la Ciudad Universitaria donde no vive absolutamente nadie y es zona llena de parques y alejada, cuatro furgones de los antidisturbios esperaron pacientemente a que se formaran grupos de jóvenes para unas horas después disolverlos pisoteando una vez más sus derechos. Queda de esta manera demostrado el grado de represión al que la juventud está siendo sometida, y la avaricia de los gremios de los bares y los políticos. Lo policía ya no se ha vuelto una veladora de la seguridad de quien los paga. La policía se ha convertido en mercenarios cómplices de políticos sin escrúpulos y fascistas. PP y PSOE son dos dictaduras que cada pocos años se alternan. Enemigos de cara al público. Repartidores del pastel a nuestras espaldas. Pero a todo cerdo le llega su San Martín, y esta generación que perseguís está afilando la hoja de una guillotina, la guillotina digital. Caerá la cuchilla sobre vuestras cabezas analógicas, ya lo creo que caerá, como en el mundo árabe.

Oigo que llaman al timbre

Mi yo televisivo inspecciona por la mirilla y abre la puerta.

Me levanto con sueño de mi cama y me voy al salón. Me siento en el sofá y enciendo la tele, estoy tan cansado que no me apetece ni estar sentado. Me tumbo y amodorro entre los mullidos cojines. La tele se enciende por fin y veo un salón. En este hay un chico en pijama tumbado en el sofá viendo la tele. El salón me resulta familiar. Tan familiar como si fuera mío. Para asombro -y sin mi asombro-, descubro que es mi salón y ese chico de la televisión soy yo. La cámara se mueve y hace un primer plano a la cara para mostrar sus ojos de sueño. Mis ojos de sueño. Lo observo todo sin emoción alguna. En ese momento mi yo televisivo se levanta y el realizador vuelve a un plano general para que se vean todos mis movimientos. Yo sigo frío como el hielo en el sofá, incapaz de apagar la tele. Incapaz siquiera de cambiar de canal. Subo el volumen pero no oigo nada, sigo subiendo y la imagen sigue completamente muda. El realizador cambia de plano y ahora se ve el recibidor con mi alfombra. Mi yo televisivo inspecciona por la mirilla y abre la puerta. Por la puerta entra una chica. Al principio no la reconozco. Le da un beso. Me da un beso. Mi inicial pasotismo se empieza a tornar en agitación cuando descubro su identidad. Me empiezo a sentir incómodo en el sofá. Agarro el mando con fuerza deseando cambiar de canal, pero alguna pulsión autodestructiva me incita a seguir viendo. Él la coge de la mano y van hacia el salón. Mi salón. Se sientan uno frente al otro en el sofá -donde ahora estoy yo sentado-. Se miran a los ojos y se dicen cosas que jamás creí que pudiera haber dicho. Siento una vergüenza ajena. No los oigo por más que suba el volumen. Pero se leen las palabras en sus labios y sobre todo en los ojos de la chica y en su sonrisa. Le sonríe y le abraza. Me sonríe y me abraza. Estar en el lugar del suceso, en el mismo sofá hace que me invada una náusea. Me empiezan a aflorar unos sudores fríos. Empiezo a dar arcadas. Se me cae el mando y caigo al suelo como si me hubiesen succionado todas las fuerzas. Empiezo a vomitar pero no puedo dejar de mirar la televisión… El fuego me agita las entrañas y empiezo a sollozar como un niño y a gritar. En ese instante mi yo televisivo mira a la tele como molesto. Como si yo acabara de interrumpir el momento más feliz de su vida. Suelta las manos de la chica y mira hacía el televisor, como si yo no pudiera oírles pero ellos a mí sí, aunque no puedan verme. Veo que coge el mando de la tele y da a un botón rojo de la parte superior. Se apaga mi televisión y todo se vuelve negro. Oigo que llaman al timbre.