El problema de la RAE

  • Primera búsqueda de la palabra apóstata:

  • Segunda búsqueda:

  • Tercera búsqueda al borde del suicidio:

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Habla por mí Cyrano

Cyrano de Bergerac

Cyrano de Bergerac

“¿Y qué tengo que hacer?”
¿Buscarme un valedor poderoso, un buen amo, y al igual que la hiedra, que se enrosca en un ramo buscando en casa ajena protección y refuerzo, trepar con artimañas, en vez de con esfuerzo?
¡No, gracias!
¿Ser esclavo, como tantos lo son, de algún hombre importante? ¿Servirle de bufón con la vil pretensión de que algún verso mío dibuje una sonrisa en su rostro sombrío?
¡No, gracias!
¿O tragarme cada mañana un sapo, llevar el pecho hundido, la ropa hecha un harapo de tanto arrodillarme con aire servicial? ¿Sobrevivir a expensas de mi espina dorsal?
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Son palabras

Hay momentos en los que las palabras se quedan pequeñas, solas y tristes en cuadernos emborronados por mi mano. Palabras que no pasan el listón y jamás nadie leerá. Palabras que maldicen a la pluma y a la tinta que las escribió. Palabras que no saben dónde irán. Y que solas ven pasar las horas sin que nadie las lea.

Hay palabras y palabras, y según las trates así ellas te trataran a ti. No te quepa la menor duda, lector. Usar las palabras es un arte, que como tal requiere un don que no siempre todo el mundo tiene. Del uso de las mismas depende por ejemplo enamorar a una dama, o que está sienta la mayor de las repulsas. Del uso de las mismas depende quedar en un juicio en libertad, o quedar condenado. Del uso de ellas depende tú vida entera. Intenta dominar este arte.

Hace poco me contaba un amigo que una fulana del gran hermano o no sé qué historia, se afamaba de ser escritora, ya que aseguraba que había escrito un libro. Perdonadme que no me acuerde del nombre de semejante eriza, pero es que no suelo ver la caja tonta —a veces no tan tonta—. A lo que conteste a mi compadre que la señora podía decir lo que quisiese, pero que era lo mismo que decir que yo era jugador de fútbol porque una vez jugué un partido y sé como chutar una pelota —evitaré chistes fáciles—. Cómo veis sin pies ni cabeza. Pero esta bobada me llevó a una interesante reflexión.

¿Cuándo sabemos que dominamos la palabra? Muchas veces nos arrepentimos de nuestros vocablos, por eso me ha llevado a pensar, que cuando precisamente no pensamos es la palabra la que nos domina a nosotros. La utilización de las palabrotas en un momento no adecuado es un claro ejemplo de esto. Solo hace falta asomarse a la calle para ver que las palabrotas han perdido todo su significado, hoy en día te llaman hijo de puta antes de que puedas decir buenos días. ¿Qué gracia tienen las palabrotas? Si ves a chavales con acentos postizos imitando al sur, soltando más tacos que un jaranero en medio de una mojiganga. Así que un buen medidor del uso de la palabra, sería este: el que sabe distinguir entre el buen taco y el que los deja caer.

El más avispado lector habrá observado que en mi prosa abundan las palabras y tacos en desuso, tal como hi de puta, blasfemo, etc. Todo ello lo hago porque da más impacto narrativo y da cuenta de mi mala baba.

Todo empezó un día leyendo al maestro Capote. Me di cuenta de la sutil diferencia entre un escritor y buen escritor. Escribir para entretenerme no me valía, tenía que dominar la tecla, empezar a entrenarme para ser el mejor. Mi aspiración llega a tanto que trato de dominar todos los estilos, cosa imposible, pero yo apunto a lo más alto para ver a donde llego.
¿Y tú hasta dónde apuntas?