Un hombre acostado en el suelo

Hombre acostado en la calle.

El día 1 de julio, a las 13.05 hs. Había un hombre de aproximadamente cincuenta años acostado en la calzada de Copacabana. Yo pasé por su lado, lancé una rápida mirada y continué mi camino en dirección a una barraca donde siempre acostumbro a beber agua de coco.

Como carioca, ya pasé centenares o miles de veces al lado de hombres, mujeres o niños echados en el suelo. Como viajero habitual, ya vi la misma escena en prácticamente todos los países que visité, desde la Suecia hasta Rumania. He visto a personas acostadas en el suelo en todas las estaciones del año: en el invierno cortante de Madrid, Nueva York o París, donde se instalan cerca del aire caliente que sale de las estaciones de metro. En el sol ardiente del Líbano, entre los edificios destruidos por años de guerra. Las personas acostadas en el suelo – borrachas, desabrigadas, cansadas – no constituyen novedad en la vida de nadie.
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Me llamo LEGIÓN, porque somos muchos

Me llamo Legión...

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la orilla del lago, en la región de los Gerasenos. Apenas desembarcó, le salió al encuentro, desde el cementerio, donde vivía en los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para domarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras.

Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó a voz en cuello: “¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes”. Porque Jesús le estaba diciendo: “Espíritu inmundo, sal de este hombre”.
Jesús le preguntó: “¿Cómo te llamas?”. Él respondió: Me llamo LEGIÓN, porque somos muchos”. Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.
Había cerca una gran piara de cerdos hozando en la falda del monte. Los espíritus le rogaron: “Déjanos ir y meternos en los cerdos”. Él se lo permitió.
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Adán y Eva II

08:00 am

No hicieron un gran equipaje. Metieron únicamente lo necesario. Todo lo que necesitaban cabía en un macuto. Llevarían una ropa y una muda. Adán estaba ilusionado a rabiar. Eva tenía miedo, cuando envejeces empiezas de repente a tener miedo por todo. Como si realmente al marcharse con aquel niño perdiese algo o alguien. Cuando miras a un espejo y ves que tu reflejo no inspira felicidad, hay algo que cambiar. Y cuando pasa mucho tiempo quiere decir que el cambio ha de ser radical.

Adán dejó una nota a sus padres. No me busquéis, me voy con Peter Pan… Nunca jamás le volvieron a ver. La policía dijo que le buscarían. Pero que no se trataba de un secuestro ni cosa por el estilo y ellos poco podían hacer. Eva por su parte no dejó ninguna nota a su marido. Él sintió que se había ido cuando la fruta que ella le pelaba –porque era un hombre mal criado- no estaba en la nevera.

Le invadió una profunda rabia. Y cogió su pistola –puesto que era sargento de policía- y se la llevo a la sien. Se puso en la terraza viendo el paisaje y justo cuando iba a apretar el gatillo vio una mariposa volar en círculos. Bajó el arma.

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Adán y Eva

Muchas personas creen que este mundo está a punto de finalizar. Muchas personas a lo largo de la historia pensaron lo mismo de su época. Adán y Eva no lo creen así. Ellos piensan que si de verdad esto se va a acabar tiene que terminar como empezó: con su historia de amor. Esa historia que engendró a la humanidad y de la cual todos descendemos. La historia de amor de nuestros abuelos más lejanos. La expulsión del paraíso, forzada en la adolescencia. El amor imposible.

Adán conoció a Eva cuando esta estuvo a punto de comer una manzana. Estaban en el supermercado y la fruta roja tenía una pinta muy apetecible. Los carteristas de por allí aprovechaban esos momentos de descuido para hacer su agosto. Y como si de una maldición impuesta por Dios se tratase, a casi todas las señoras les intentaban robar cuando iban a coger manzanas. Adán le alertó y Eva en un movimiento esquivo evitó la corrupta mano. El ladrón huyó a toda prisa y salió del establecimiento, sin mostrar ningún atisbo de la “valentía” que le impulsó a robar.

-Muchas gracias joven, ¿cómo te llamas?- preguntó Eva.

-Adán…
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Papeo y Mandango

Cuando lleguen el final de mis días y me pregunten: ¿Señor Draco, qué es lo que ha sacado usted en claro de la educación? Contestaré como dijo en su momento Mark Twain: “Mi educación fue excelente hasta que entré en el colegio”.

El colegio es bonito y una decepción tras otra. Será que soy un vanidoso. Lejos de estos lugares comunes tratados infinidad de veces en mis artículos, si pudiera quedarme con algo de todo serían los chistes de Calf.

Calf es mi compañero de pupitre. Amigo de aventuras y píldora contra las depresiones existencialistas. Es un tío simple en el buen sentido. Es decir un bonachón –no se me confunda el lector, no está gordo-, tranquilote y radical. El perfecto compañero de la infancia.

A Calf le encanta los chistes y todavía más sin son verdes. A mí me deleita con ellos y me río a carcajadas, aquí va el último:

Tres misioneros por el Congo Belga están en una expedición de reconocimiento. De repente una tribu de caníbales les apresa y se los lleva a la aldea. Ellos entre danzas y bailes rituales preparan la enorme olla con toda clase de verduras para el festín. Mandango –el jefe de la tribu- les pone en fila y les hace una pregunta antes de echarlos al puchero.

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