Prejuicios contra mi persona II: el médico

Después del lamentable incidente con mi querido profesor de historia y tras dormitar otras largas horas. Con el cansancio en mi cuerpo algo volvió a agitarse. Pero esta vez venía de fuera. Era mi hermano, Julio Draco, que había llamado a los viejos y me tenía que llevar al médico.

Ahora maldecía mi suerte en arameo con bastante desgana. Yo en un principio me resigné. No me gustan los matasanos y al igual que pasa con el teléfono procuro acudir a la segunda llamada. Es decir, cuando estoy a punto de morir. Rictus mortis. El termómetro me delató.

Tenía treinta y ocho, y unas decimas más de fiebre. Y pese a insistir en no ir, a Julio no le convencería ni a cañonazos. Me vestí con desganada rehusando la invitación de mi hermano que insistía en ayudarme. Estaba malo pero seguía teniendo honor. A un hombre de verdad jamás le ponen los pantalones. La jaqueca me iba en aumento…

Baje en el ascensor atolondrado y con una bolsa blanca de plástico en la mano derecha por si acaso se volvía a repetir el incidente matinal del váter. Cuando llegamos al coche rojo pulguilla de mi hermano le hice una apuesta sin apostarme nada.

-¿Qué te juegas a que me manda paracetamol con agua?

-Anda tira…-contestó Julio.

De camino yo llevaba un cabreo del copón y junto a mi estado me estaba convirtiendo en una peligrosa bomba a punto de estallar. Cosa que al final no hice, sería cosa del cansancio.

Mi hermano, amante de la velocidad, me llevó por todo el barrio con los testículos de corbata, impresionado por la habilidad que tiene para esquivar autos, saltarse semáforos, pitar a las chicas guapas e insultar a los que van más deprisa que él.

-¡Loco cabrón! Quiero ir al médico, no directo al cementerio… Afloja y no mames…

-Cállate… – Me contestó-. Esa es siempre su respuesta para todo.

Llegamos al médico y tras esperar más de una hora –me hubiera dado tiempo a morirme- nos atendió un prepotente doctor, ¿acaso hay alguno que no lo sea? El tío iba repeinado como Robert de Niro en Erase una vez en América: engominado para atrás y sin una mancha o arruga. Con cara de saberlo todo vaya.

-¿Qué le ocurre joven?- preguntó-.

-Llevo toda la mañana vomitando…

-¿Cuántas veces?

-Unas ocho o así…-contesté.

-Eso va a ser un virus intestinal…- me dijo.

-Dígaselo a mi profesor de historia…

-¿Qué?

-Nada, nada…

A continuación me llevó a la camilla y no le dio tiempo ni a oírme respirar.

-Lo mejor va a ser que tome paracetamol con agua…

Mi mirada se posó inquisitoria en la de Julio.

-Y se le pasará en unos tres días- puntualizó.

-¡Siguiente!

Me fui para casa lamentando este estúpido lunes, recristo y deseando que médicos y profesores de historia se fueran todos a tomar por donde se expulsa el puñetero paracetamol.

Prejuicios contra mi persona: el profesor

Lunes de hace dos semanas. Este día aparece en el diccionario como sinónimo de desgracia. En efecto lo fue. Despertome un temblor a eso de la seis de la mañana. A las seis y cuarto otro. Algo dentro de mí ser se agitaba y revolvía. ¿Qué podría ser? No tuve que esperar mucho. A las seis y media estaba echando hasta la primera papilla con la cabeza apoyada en el váter.

Bonita forma de empezar un lunes. Con la garganta bañada en ácido me vuelvo a acostar, los ojos se me cierran, estoy muy pero que muy cansado… Solo quiero dormir… Algo dentro de mis ser se vuelve a revolver. Aguanto en la cama, no me apetece moverme. Cinco minutos después se repite la escena frente al váter.

Así hasta ocho veces, las últimas solo salía bilis y yo me quería morir. Tenía el cuerpo igual que el del boxeador machacado en el tercer asalto. Estaba K.O. Le digo a mamá que llame al cole que el firmante no se va a mover. Se olvida. Yo duermo plácidamente.

Son las diez de la mañana y un repentino sonido me despierta de mi amargo sueño. Es el teléfono. Maldito invento. Si no fuera porque trae la voz de mi amada lo destruiría en ese preciso instante. Nadie lo coge. Me doy cuenta de que estoy solo. Maldigo entre dientes.

Me levanto con una jaqueca de mil demonios. Se me olvida mi sana costumbre de dejar que suene el teléfono la primera vez y cogerlo solo si suena una segunda. –La gente importante siempre llama dos veces-. ¿Por qué no seguiré mis propios consejos?

-Buenos días -se oye por el auricular- le llamo del colegio Guadarrama, es por informarle de la falta de asistencia del señor Draco, Simon Draco. ¿Eres tú?

-Sí…- contesto-.

-¿Por qué no has venido?-pregunta el de recepción.

-Tengo algún tipo de virus intestinal. Llevo toda la mañana vomitando…

-Claro, claro señor Draco. Aquí le paso con su profesor de historia…

Por el auricular oigo que le dice: -Dice que tiene un virus intestinal…- Y después se oyen risitas.

-Draco, ¿con qué un virus intestinal?- al habla está mi profesor de historia-.

Pero, ¿no le pagan por dar clase? ¿A lo mejor le mandan en la media jornada que le sobra hacer de portera? Quién sabe… No me extrañaría que lo fichase la telefónica.

-Así que ¿estás estudiando historia? – el viernes de esa semana teníamos examen de la asignatura. Y este cabrón se pensaba que no tenía otra cosa mejor que hacer.

-¿¿Qué??- le pregunté.

-Así que ¿has estado todo el fin de semana de fiesta y la borrachera te ha sentado mal?-

-¿¿Qué??- volví a preguntar.

Pero bueno a este tío qué coño le pasa. Lo que no sabe es que odio el alcohol. Nunca tengo resaca pero me salen almorranas. Y no sé a vosotros pero no me gusta que me escueza el culo. Lo máximo que he bebido en el último año han sido dos cervezas. Y una de ellas sin alcohol.

-Bueno, mejórate…- me dijo sin convicción y colgó. No sin antes volver a oírse risitas.

Yo todavía estaba con mi ¿¿qué?? en la boca. Últimamente no sé qué le pasa a todo el mundo. Bueno, jamás lo he sabido. No es que me importara. No voy a ser yo quien arregle el mundo. Pero hirió mi orgullo. Me volví a la cama.

El coronel Aureliano

El coronel Aureliano se hallaba a unos metros del pelotón de fusilamiento. Casi podía oler el sudor de los soldados a pólvora que impregnaba sus dedos, como el que deja el tabaco después de fumar, podía oler el miedo. El coronel estaba arrodillado, a los revolucionarios no les dejan morir de pie. Y solo ante la muerte le empezaron a llegar los fantasmas que sobrevuelan cualquier pasado…

—¡NOOO! — sonó un quejido de hembra herida. Un desgarro en la silenciosa noche.

Ya no estaba frente al pelotón, ahora se encontraba en la penumbra, viendo morir la noche y a su lado estaba la Gitana, viendo cómo iba a morir su hombre. En la habitación todo olía a amor y desesperación. Habían pasado la mejor noche de su vida, en vela, amándose, porque sabían que no habría ninguna más. Y el coronel Aureliano al ver que amanecía y llegaba su fin, se lo dijo a la Gitana:

—Dulzura. Es mi hora…

—¿Qué? ¿Hora de qué?

—De morir… Te mentí ayer al decirte que me había escapado del general Castán. Solo hicimos un pacto. Me dejaría una noche más con vida, si prometía al alba volver…

La habitación se rompe en mil pedazos. El silencio acuchilla el corazón, y la gitana con su abundante cabellera negra se echa a llora encima de la cama y se escucha su lamento:

—¡NOOOO!

Y todo se vuelve triste. El coronel desnudo coge el mantón, que hacía tan solo unas horas deseaba ver despojado y se lo echa por encima. Maldice a su suerte y a Dios, pero no piensa demasiado en este, esta a unas horas de ajustarle las cuentas.

—Vámonos dónde nadie nos juzgue—dice entre sollozos la Gitana— por favor Aureliano, por favor…No me dejes sola otra vez…No, no.

El coronel solo respira, pues su mente está más allí que aquí. No va a malgastar palabras, ni a intentar consolar a esa mujer, que fue y que es, todo. No hoy. Ya no hay motivos para creer. Un ruido golpea la puerta y se oyen pasos de militares.

Lourdes

Virgen de Lourdes

Virgen de Lourdes

Había pasado mucho tiempo desde entonces. O por lo menos él había vivido mucho. El castillo de aquella ciudad francesa quedaba insignificante al lado de la majestuosa catedral, que se atisbaba a inicios del camino. Había pasado una semana desde que abandonara la frontera con España y se internara por las verdes praderas del sur francés. El viaje había sido cómodo. Todo lo cómodo que es un viaje a pie. Ya todo importaba poco. La comodidad siempre fue para él un segundo plano.

Su nombre era Tomás, llevaba un pañuelo morado en la cabeza y viajaba solo. Nadie sabía dónde estaba. Muchos le creían escalando, o de aventuras como siempre hacía. Pero esta vez algo dentro de él le impulsaba a realizar un viaje que desechaba todo lo que había buscado o creído importante anteriormente. Este era un viaje diferente. Un viaje hacía sí mismo. Un viaje a su interior.

Avanzaba por la estrecha carretera sin querer ir al santuario de golpe. Prefería conocer antes la ciudad y si podía ser el castillo. Los coches le venían de frente. Iba por el carril contrario porque así era más fácil ver el vehículo. Extraña paradoja. A unos pocos metros empezaban las primeras casas. En una de ellas un pintor remataba la fachada.

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