El monstruo

Todo el mundo tiene miedos. Algunos más que otros, la mayoría a la muerte, de esos me rió yo. Tener miedo a la muerte es igual que tener miedo a la vida, es decir una imbecilidad que no lleva a ninguna parte. Otros tantos tienen miedo a la oscuridad, esto quizás se deba a que las personas actuales solo perciben con la vista. Los otros cuatro sentidos es como si no estuvieran, a pesar de que la vista sea el más impreciso de todos. Aunque yo parto de la base de que el miedo es un sentimiento inútil e innecesario, solo puedo decir que yo también lo tengo como cualquier humano.

 Mi miedo es a un monstruo, que vive en los hogares y se alimenta de la electricidad. Dicho monstruo es muy injusto e imparcial, hace más ricos a los ricos y más pobres a los que no tienen nada. El monstruo se puede percibir por el sonido y lo que es más importante, por la vista, es visible a todos ustedes. Se extiende por el noventa por ciento de las casas del mundo. Ha llegado a todos los lados del planeta y se transmite por las ondas del aire. Acuchilla mi decencia  arremetiéndola con personas que insultan a la dignidad humana. El monstruo por sí no es nada, pero detrás tiene jaques y magnates que lo manipulan, te hacen ver lo que ellos quieren que veas, con el fin último de ganar más dinero. Cuando entra en tu casa es casi imposible quitarlo, tu familia lo llama entretenimiento, se ríen, divierten, pierden tiempo de disfrutar de los hijos y en cambio se lo dedican todo a él. El monstruo lejos de entretenerme, me aburre, con constantes insultos, contándome la vida de gente a la que consideran famosa solo por su aspecto, me hace resistente a la violencia ya que las veinticuatro horas me contamina con ese tipo de información. Me ahogo solo de pensar que mis seres queridos y mi sociedad están sometidos al yugo del monstruo que les hunde y asfixia provocándoles la muerte intelectual. Veo a sus víctimas pasear por las calles de Sol y Preciados, con el trastero más lleno y la cartera más vacía. Yo muchas veces me siento delante del monstruo y me quedo horrorizado y asqueado, me refugio marginalmente en los libros, navegando en sus páginas me siento a gusto, ninguno menciona al monstruo, en los libros no existe. La propia cultura lo desecha. Muchas veces e intentando deshacerme del monstruo y todas han sido en vano. Nunca podre deshacerme del monstruo, porque este monstruo se llama televisión.

Recuerdos del pasado

No era un objetivo ambicioso ni grande, pero era un objetivo. Nadie pensaba en las grandes metas en el año 1938, él solo tenía una, dar lo mejor a su familia. Se lavó cuidadosamente la cara a la vez que el gallo daba muerte a la noche con agudos y profundos lamentos. Sacó el hatillo que preparó la noche anterior con pan duro y rancio, y un trozo de tocino. Besó a su mujer e hijos que todavía se hallaban en la cama y respiraban pausadamente. Salió de la casa y se dirigió a la cuadra donde tenía un robusto borriquillo que le ayudaba a sembrar en la faenas de la agricultura. Con la manos encalladas ató la hoz al borriquillo sobre una pequeña carreta echa por el mismo. Con paso firme y seguido del animal, se dirigió a sus tierras. Todavía no era de día pero se veía una firme línea de color en el horizonte, como un amanecer inverso al tiempo, dudo mucho que ustedes hayan visto alguno de estos alguna vez, que solo es comprensible mediante la experiencia, ni siquiera la mejor pirotecnia de hoy en día produce un efecto tan acogedor. El camino era de tierra, rodeado por olivos que siglos atrás trajeron griegos donde también era visible un viejo molino. Tratándose de aquella zona de España, todo era bastante seco, se encontraba en Vinaroz, provincia de Castellón.
Corría la quincena de Abril y aún así hacía bastante frió, pero él se sentía bien, trabajar era lo que mejor sabía hacer. Todos los días sin excepción acudía a trabajar, ya que todos los días se comía, en aquella época no había lujos de fines de semana. Nunca tuvo amo, la voluntad era su jefa. Nunca tuvo Dios, ni creyó en iglesias corruptas que en vez unir solo dividía a personas, que antes no tuvieron prejuicios ni dogmas. Llego a la tierra donde debía trabajar y montó la hoz detrás del borrico para arar con la ayuda de este. Dejó su chaqueta y hatillo debajo de un almendro próximo que siempre le servía de cobijo y protección. Su vida era sencilla, se limitaba a arar mecánicamente la tierra abrupta con baches, que se iban alisando como el pelo que se desenreda con la sencillez de un peine. Pasaron las horas y él seguía trabajando solo, pensando en su familia y el plato lleno de comida que les esperaba a caer la noche. El silencio bañaba su frente en sudor, ya era más del mediodía. Decidió que era hora de comer. Fue hasta el almendro y desató el hatillo cortando un trozo de tocino con la navaja y metiéndoselo en la boca acompañado de un trozo de pan, continuo degustando la escasa comida y echó un trago a la bota de agua. Cuando estuvo saciado se tumbó a la sombra del almendro donde protegido del calor se hecho una reparadora siesta. Soñaba poco la verdad, la vida le había arrancado todo sentimiento de ilusión, futuro y sueños, no era más que alguien que vivía de sus manos, no había más meta que vivir un día más…
Sigue leyendo

Historia de amor

Me volví a lavar la cara por cuarta vez, hoy es el gran día no me paraba de repetir. Cogí la colonia y me rocié bien la cabeza. Me puse el reloj en la muñeca mientras lo ojeaba, eran las cinco y veinticinco, había quedado con ella a la media. Perfecto, llegaba a tiempo, entre tanto y tanto me miraba en los espejos de los coches, si, iba bien vestido. A lo lejos vi la rotonda donde habíamos quedado. En ella estaba una preciosa chica de cabellos otoñales, ojos vivos y pequeñas pecas en la cara. Era un poco más bajita que yo, tenía abundantes senos y voluminosas curvas, pero lo que más me atraía era su infinita dulzura y su sonrisa. Esa sonrisa que cautiva, ciega y enamora, me sentía hechizado ante su invisible encanto. Pero ella no lo sabía, todavía…

Me vio a lo lejos y me saludó con la mano, se acercó corriendo.

-Hola, me dijo.

-Hola, ¿qué tal?-contesté.

-Vamos nos están esperando, y me señaló el parque. Allí estaban nuestros amigos.

Por supuesto sabía el momento oportuno de declararle mis sentimientos y no era ese desde luego, tenía que ser paciente como un cazador esperando a su presa. Los acontecimientos se sucedieron rápidamente, pero vamos a lo que interesa. Pasaron cuatro horas de risas y bromas con nuestros amigos. A las diez de la noche llegó la hora de volverse a casa. La suerte se puso de mi lado y ella me pidió que la acompañara a su casa. Yo me hice de rogar, argumentando que tenía muchas cosas que hacer. Me encantaba que me convenciera, pero con una condición y aquí empezaba mi plan, quería una recompensa, ¿Cuál? me dijo ella. Yo le contesté que se lo diría al final. El lector a estas alturas debe comprender, que yo atisbaba sentimientos de deseo en ella, nadie se declara si no se siente aceptado para hacerlo, y quién haga esto no solo es un loco, sino que además es un imbécil, no hace falta que se lo explique a vuestras mercedes. Por esto lances andaba cuando por la mitad del camino empecé a dar pistas, no es algo material dije. Ella no me entendía pero todavía no era el momento. Llegamos al final del tramo entre conversaciones, cuando se puso en frente y me dijo:

Sigue leyendo

Caminante, no hay camino

Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Desde siempre intensamente, o al menos eso pensaba yo. Caminando me he dado cuenta, que mi vida siempre estaba regida por el materialismo. Mis únicos objetivos en la vida han sido: sacar buenas notas, tener muchas cosas, contentar a mis padres, caer bien, etc. Me acuerdo que cuando era pequeño y todavía creía en
los Reyes Magos, mi alma siempre quería poseer muchos y grandes regalos. Entonces ya dije que era superficial y media los regalos por su volumen y no por si contenido, cuanto más regalos y más grandes fueran, más feliz era yo. Puede que fuera pequeño, pero os aseguro que podía entender el valor de las cosas. En realidad todos lo entendíamos, quizás nos hiciéramos un poco los tontos ya que conseguíamos lo que nos proponíamos. Poco a poco te das cuenta de lo superficial y lo interesada que es la gente, les envuelve y atrapa, como la niebla espesa que no deja ver más allá de tus pies. A medida que el tiempo pasa, me voy sintiendo como un cirujano operando a corazón abierto con una llave inglesa, impotente, torpe, sabiendo que no hay nada por hacer. Me siento infeliz, triste y desdichado. Tengo todo lo que quiero y nada me llena. Las personas fallan, faltan a sus promesas, no tienen honor, justicia, dignidad. Todo esta corrompido y asqueado. Gea se muere ahogada en nuestros humos. Los animales se extinguen, los chips nos sustituyen, las empresas nos controlan, el amor ya no enamora. Todo está sometido a cánones de belleza, superficiales e injustos. Sin más dramatismos casi todo es una mierda. Sin duda es la mejor época que ha vivido el hombre respecto a la ciencia, medicina, avances científicos, calidad de vida, etc. Pero posiblemente sea la peor respecto a sentimientos y bienestar. Hemos pagado un precio demasiado al querer tanto lujo y comodidades superfluas. No quiero convencerte, respeto tus creencias, pero mi mente ahora es libre .

Los Vencejos revoloteaban por encima de su cabeza, estaba sentado en un banco de madera. Los rayos anaranjados del atardecer hacían aparecer lágrimas en sus ojos. Era la primera cosa hermosa que había visto desde hace una semana. Sentía tanta felicidad que se había olvidado por completo de todos los regalos sin abrir que había en su cuarto. Si, hoy era su cumpleaños. Repentinamente, el cielo se oscureció y se sintió qué volvía al mundo. Antes de irse, pensó en que no abriría sus regalos, este caminante no quería seguir caminando.

Corriendo al anochecer

Anochecía en la gran ciudad, el viento frío de aquella época del año hacía que se le enrojecieran las orejas y la nariz, no tenía prisa, lo que hacía era más que un hobby y un deporte. Era un estilo de vida. Corría más de diez kilómetros al día. Era su momento agradable de la jornada, el momento en el que sus problemas se deshacían con la misma rapidez con que sus zapatillas dibujaban huellas en el suelo. Corriendo reflexionaba, pensaba. Encontraba paz, la vida era fácil, solo tenía que escoger un camino, sin temores, no había lugar para la equivocación. Su carrera era constante, con ritmo, parecía premeditaba para una canción. Comparaba la vida con la carrera, su carrera con su vida. Si encontraba algún obstáculo en su camino lo saltaba o bordeaba, nunca entendió porqué era tan difícil saltarlo en la vida real, si solo se necesitaba lo mismo, voluntad. Se preguntó porque era tan difícil amar y ser amado. Porque nunca tuvo el valor suficiente para pedir una oportunidad a tantas mujeres, que sin dudarlo lo hubieran hecho muy feliz, seguro, más feliz. Se preguntó el por qué de la distancia y de el tiempo, de la verdad y la mentira, de lo real y lo superfluo, de la paz y de la guerra. Entonces comprendió el dolor de la lucidez. Se preguntó que habría más allá de los diez kilómetros.