Tal vez lleguemos, Santiago

Somos dos, nos es suficiente. Dos jóvenes llenos de sueños y esperanzas no depositadas en conseguir grandes metas, ni fama, ni pasar a la posteridad. Están depositadas en nuestra auto superación, en la implacable necesidad del hombre de vivir aventuras, de no saber qué será de nosotros mañana y maldito lo que nos importa si podemos vivir hoy. Somos dos jóvenes que no quieren ir a un hotel de cuatro o tres estrellas, dónde todo sea previsible. No queremos viajar en veloces aviones en los cuales los viajes parecen menos viajes, ni que el seguro de la unión europea cubra nuestra salud a todo riesgo. No queremos comer todos los días caliente, ni tener agua tibia. No queremos viajar a otra ciudad europea, igual o muy parecida a la que vivimos. Al fin y al cabo todas las ciudades acaban asemejándose.

Estamos hartos de llevar caras maletas, llenas de cosas inútiles. De pasar controles de aduanas, de ir a los lugares turísticos aparecidos en las guías de mala muerte.
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Una pequeña historia

En cierta ocasión, en un lavabo de un parque natural irlandés, hice el tonto. Ante mi repentino amor por el teatro me puse a representar un comando de asalto en el baño de dicho parque natural. Oí un ruido procedente de la entrada y ante la posibilidad de hacer una broma a algún amigo, me encaré a la puerta con un paraguas como única arma. Vi la sombra de alguien entrando y sin pensármelo dos veces hice:

¡Bang! ¡Bang!Con tal mala o buena suerte de que la persona que entraba no era un amigo. Sino un abuelete con ganas de mear. Y en vez de decirme ¿Qué coño estas haciendo? Se puso las manos en el pecho con gesto solemne e hizo como que le había dado. Ósea soldado abatido.

A continuación no pude reprimirme una sonora carcajada, ante la majestuosidad del gesto y su humor.

Los viejos

Los ves ahí, encorvados con su bastón. Caminando por la calle a la velocidad de una procesión. Cogiendo aire a cada paso. Con sus prendas de franela y pelo blanco al aire y piensas:
-Joder, parece que se va a desmontar- Pero no. No se desmontan. Aunque veas que escupen gajos al suelo para no ahogarse, no se desmontan. Aunque pienses que necesitan tu ayuda. No la necesitan. Estos no. Estos abueletes de gorra, sombrero y piel de cuero, son los supervivientes de las grandes guerras y depresiones. Aunque cuando tú hables con ellos pienses:
-Son gilipollas…- No. No lo son. El gilipollas eres tú, ellos te hablan de cosas que tu no entiendes, y por tanto desprecias: el hambre, el horror, la guerra e incluso a veces el amor. Mientras tú eres un niñato mal criado con oportunidades y de todo, a tu edad, él era un hombre. Ya mantenía una familia, e incluso ya tenía a tu padre o madre. Ese viejo dependiente de las pastillas y con insomnio, seguiría viviendo después de ti, si no fuera porque el paso de los años corre en su contra. No te extrañes si algún día te entierra.
Ese anciano al que tanto odias en las comidas de navidad y chochea, es el mismo que con valor y arrojo mato con sus manos en la guerra, es el mismo que sale en películas yankees viviendo historias de amor como Casablanca. Sí con tu abuela.
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El pequeño Joe

Mamá Ann piensa que no hay ningún peligro en dejar al pequeño Joe solo en casa. Mamá Ann tendría razón si no tuviera al pequeño Joe como hijo. Sí, a ese mamoncete soplapollas. Un maniaco sexual adicto a las drogas. Ese canijo de trece años que la putea pese a que es madre soltera y tiene que trabajar todo el día.

Lo que el pequeño Joe no sabe, es que mamá Ann tiene que estar todo el día en un bar trabajando como una esclava de camarera, dejando que gordos camioneros la soben el culo para que la dejen propina. Una hipoteca no se paga sola.

Pero esto el adolescente Joe no lo sabe, y aunque lo intuye, le da igual. Mientras obtenga su dosis diaria. Ese llorón con espinillas. Ese capullo indefenso con gafas. Ese, es el mayor traficante de su barrio. Ya entenderán la preocupación de Ann cuando ve al niño por la calle, con una consola en cada mano, cuyo precio es superior a su sueldo. La excusa del mocoso:
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Sabor suicida

Bicicleta RotaAlgunas veces no era él. No me refiero a un cambio físico ni a una doble personalidad. No. Solo que se cansaba de pertenecer a esta sociedad, de seguir unas reglas y de llevar el rol de estudiante mediocre y aplicado. Entonces le daba por destruir algo bonito. Sí, esa cosa dictada por cánones inútiles de belleza. Simplemente lo destruía y disfrutaba de ello.

Por ejemplo, un castillo de naipes. Se tiraba horas y horas montándolo. Se paraba. Reflexionaba, y cuando estaba completamente relajado…lo destruía del modo más cruel y retorcido posible, y joder, se sentía bien. No sabía porque era, pero tenía que destruir algo que le había costado mucho, destruir una hoja de papel por ejemplo no tenía ninguna emoción.

Así que era un hobby con peligro, claro está. Un día le dio por destruir una relación. Ella no sabía nada de su hobby, pero él no se podía controlar. Ella era sin excepción la mejor persona que él había conocido nunca. Y lo mejor de todo, le quería. Creo que ha sido la única persona que le ha querido sabiendo como era, y creo que será la última. Porque conoció su faceta antisocial, destructora y no le importo, le quiso por lo que era, no por lo que aparentaba ser.
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