Lourdes

Virgen de Lourdes

Virgen de Lourdes

Había pasado mucho tiempo desde entonces. O por lo menos él había vivido mucho. El castillo de aquella ciudad francesa quedaba insignificante al lado de la majestuosa catedral, que se atisbaba a inicios del camino. Había pasado una semana desde que abandonara la frontera con España y se internara por las verdes praderas del sur francés. El viaje había sido cómodo. Todo lo cómodo que es un viaje a pie. Ya todo importaba poco. La comodidad siempre fue para él un segundo plano.

Su nombre era Tomás, llevaba un pañuelo morado en la cabeza y viajaba solo. Nadie sabía dónde estaba. Muchos le creían escalando, o de aventuras como siempre hacía. Pero esta vez algo dentro de él le impulsaba a realizar un viaje que desechaba todo lo que había buscado o creído importante anteriormente. Este era un viaje diferente. Un viaje hacía sí mismo. Un viaje a su interior.

Avanzaba por la estrecha carretera sin querer ir al santuario de golpe. Prefería conocer antes la ciudad y si podía ser el castillo. Los coches le venían de frente. Iba por el carril contrario porque así era más fácil ver el vehículo. Extraña paradoja. A unos pocos metros empezaban las primeras casas. En una de ellas un pintor remataba la fachada.

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Las peras del olmo

Samurai haciendose el Harakiri

Samurai haciendose el Harakiri

Cargo tintas. A mí me gusta decir más afilar la espada, escribir es un oficio de samuráis que ya tengo asumido pese a todavía ser un discípulo. Y ya sé que siempre estoy con la misma cantinela. Me llaman judío converso (de forma amistosa en clase) y me lo he puesto yo porque en esto de joder me han jodido bastante y no me avergüenzo. Voy por delante. Pero llevo tiempo meditando algo que tenía que soltar ya. En una línea general lo podría resumir así: <<El pensamiento caduco de la mente occidental>>. Preocupada en construir la casa con el tejado más alto, descuidando todo tipo de cimiento. Y así nos las dan, mientras yo tengo que aguantar profesores memos y lloricas, sabiendo “algo” de lo suyo y nada de la vida. Utilizando la memoria hasta para recordar cómo se limpian el culo. Y soltándome frases copiadas de la televisión. Con su ego desmesurado paseándose por la clase, dictando apuntes de personalidades que son importantes porque un libro dice que lo son. Pero a estos ya les jodió el sistema educativo anterior y yo lo noto. Podríais afirmar que yo no soy quien para criticar al profesor (que no maestro). Bien, no lo soy. Pero ellos tampoco son nadie para criticar mis exámenes o pensamientos. Solo aventajan al alumnado en edad. Ya en clase me evalúan y me joden. Pues bien ahora les toca a ellos poner el culo. Amarraos a la silla.
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Enemigos

Foto: Rimbaud

Existe en el Japón una escuela filosófica que ánima al discípulo a tener enemigos. Yo no sé si por mis inclinaciones del alma, o mi sangre caliente, típica de un castellano mediterráneo, con mucha mala leche, poca paciencia y peor lengua, que abogo también por la misma idea que la de los sabios orientales. Es de sabido que tengo enemigos por doquier y como el domador que alimenta al tigre que después le ataca yo alimento así a mis enemigos. No tengo miedo a hacérmelos. Me ayudan a estar vivo. Saber que esperan el mínimo error para saltar a cuchilladas sobre mi coleto, me mantiene vivo. Saber que están detrás de cada esquina esperándome, me hace más humano y me aleja de la pompa en la que nos asume esta sociedad.
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Principes y princesas

Féminas de este país, yo estoy con vosotras. Sé que estáis hartas, yo también. Vosotras que habéis crecido con la Cenicienta, la Sirenita, La Bella Durmiente y otras tantas princesas más que se derretían a manos de un príncipe azul, y habéis llorado al ver como Blancanieves se despertaba de su sueño eterno a través del beso de su caballero. Vosotras que en los carnavales os disfrazabais de lo que tanto anhelabais y mirabais a las esquinas a ver si aparecía el príncipe de corcel blanco. Vosotras en fin, que sustentasteis el amor sin fin, ideal, e ilimitado como el universo, sin ninguna clase de dogma o prejuicios. Vosotras sí, a vosotras, os han quitado las ganas de ser princesas a capones.
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Vergüenza generacional

Pido perdón. Acepten mis disculpas. A diferencia de los demás yo asumo la culpa. Dos historias, ahora sabrán por qué.

Caminaba yo más feliz que unas castañuelas con una bella rubia al brazo, por el metro de Madrid. Los dos vestidos correctamente nos dirigíamos a la zona de Madrid que más me agrada; la que rodea el Palacio de Oriente. En esto que ambos divisamos a una muchacha de una veintena de años, que caminaba con tacones negros y un vestido ibicenco que transparentaba todo. En efecto se le veía el tanga, se le transparentaba es el término correcto. Mi acompañante me lo comento a modo de curiosidad. Y yo asentí diciendo, que cada cual podía llevar lo que quisiera. Y si ella se sentía cómoda así, por mi parte no había ningún problema. Seguimos caminando cuando oigo unos bufidos de becerros. Tres chavales de edad universitaria, con bolsas verdes repletas de alcohol pasan raudos por nuestro lado y empiezan a emitir su ritual de cortejo:
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